¿Está el sistema financiero mundial agravando la crisis del estrecho de Ormuz?
La economía mundial no solo es más volátil que en el pasado, sino que también es estructuralmente vulnerable a los conflictos geopolítico
Por Hanan Morsy, Project Syndicate.
ADÍS ABEBA- El cierre del estrecho de Ormuz ha provocado fuertes subidas de precios, que están afectando con mayor dureza a las personas más vulnerables del mundo. Desde principios de este año, el precio del crudo Brent ha subido al menos un 41 % (superando los 100 dólares por barril), el de la urea (un componente de los fertilizantes) alrededor de un 50 %, y las tarifas de transporte en contenedores un 21 %. Las primas de los seguros marítimos se han multiplicado por nueve, y 29 monedas africanas se han depreciado. Y por si estas crisis no fueran ya suficientemente graves, la respuesta del sistema financiero mundial ha empeorado aún más la situación.
Justo cuando muchas economías necesitan liquidez, las condiciones de financiación se han endurecido, las primas de riesgo se han ampliado y está previsto que se eliminen gradualmente las herramientas clave para este tipo de emergencias. Los mecanismos diseñados para absorber las tensiones, en cambio, las han amplificado. La economía mundial no solo es más volátil que en el pasado, sino que también es estructuralmente vulnerable a los conflictos geopolíticos, la fragmentación comercial, las crisis climáticas, los cambios tecnológicos y otras fuerzas generales que se superponen y se agravan en tiempo real.
Se suponía que la arquitectura financiera actual garantizaría la estabilidad proporcionando liquidez cuando el capital se retira, amortiguando el impacto en las economías cuando se producen perturbaciones y fomentando la inversión cuando aumenta la incertidumbre. Pero acabamos de ser testigos de lo contrario. A medida que el capital ha huido hacia activos seguros, los costes de financiación han subido y muchos países se han visto con aún menos capacidad fiscal para responder a la crisis.
Por ejemplo, en África, las condiciones de financiación se endurecieron a medida que los importadores netos de petróleo se enfrentaban a facturas cada vez más elevadas por la importación de combustible y alimentos. Sin embargo, uno de los pocos instrumentos diseñados para tales ocasiones, el Servicio de Crédito Rápido del Fondo Monetario Internacional para países de bajos ingresos, va a eliminar gradualmente los límites de acceso más elevados que se implementaron durante la pandemia de COVID-19. Mientras tanto, los países de ingresos medios que solicitan préstamos en situaciones de estrés siguen pagando un recargo adicional en virtud de la política de recargos del FMI.
Aunque el FMI defiende esta política como necesaria para fomentar el reembolso y salvaguardar sus recursos, la política es procíclica porque los recargos se aplican a los saldos pendientes más elevados, que invariablemente corresponden a las economías que se encuentran bajo mayor presión. Investigaciones recientes ponen de manifiesto los efectos regresivos de esta dinámica. Justo cuando los países necesitan aplicar medidas anticíclicas (como estímulos ante una contracción), la red de seguridad se reduce y el coste de la absorción de la crisis se dispara.
Además, el coste del capital ha aumentado. Tras situarse en una media del 2.4 % a lo largo de la década de 2010 y tocar fondo cerca del 0.6 % durante la pandemia, el rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años ha subido hasta aproximadamente el 4.36 %, un nivel que parece cada vez más estructural en lugar de temporal. Para las economías emergentes y en desarrollo que soportan una elevada carga de deuda, esto eleva la tasa de rendimiento mínima (el rendimiento mínimo esperado de la inversión) para todos los proyectos de energía, infraestructura, sistemas alimentarios y resiliencia climática. Una vez más, el sistema está endureciendo las condiciones financieras precisamente en el momento en que debería estar relajándolas.
Pero esto no es una consecuencia involuntaria. El sistema está funcionando tal y como fue diseñado. Se construyó para un mundo de crisis episódicas y recuperaciones ordenadas, no para uno caracterizado por fuentes de perturbación persistentes y superpuestas. En este nuevo mundo, la prociclicidad ya no es un defecto menor; es una restricción vinculante para el crecimiento y la estabilidad.
África es la que más sufre estas dinámicas, debido a sus grandes necesidades de inversión, sus limitados colchones fiscales y su continua dependencia de la financiación externa. A medida que las crisis climáticas, geopolíticas y de otro tipo aumentan la carga de la deuda en todo el continente, el gasto en salud y educación se ve desplazado. Muchos países están impulsando reformas internas prudentes y que favorecen el crecimiento, pero estas fuerzas externas socavan los resultados.
La situación exige no solo más financiación o un desembolso más rápido, sino también estabilizadores integrados para eliminar las fuentes más evidentes de prociclicidad. En el caso del FMI, eso significa mantener los mecanismos de financiación de emergencia, reactivar la Ventanilla para Crisis Alimentarias y eliminar los recargos procíclicos a los prestatarios que dependen de estos mecanismos.
Del mismo modo, para el Banco Mundial, minimizar la prociclicidad significa adelantar la financiación de la Asociación Internacional de Fomento, ampliar las líneas de crédito contingentes (con límites más amplios) y otros recursos para los países vulnerables de ingresos medios-bajos, y ampliar los préstamos en moneda local para reducir los desajustes cambiarios que hacen que los episodios de depreciación sean más dolorosos. Y para los bancos de desarrollo regionales y las instituciones financieras, significa utilizar la financiación del comercio y las cartas de crédito para mantener en funcionamiento las cadenas de suministro de energía y fertilizantes.
En términos más generales, los responsables políticos deben empezar a reformar la arquitectura financiera mundial para incluir instrumentos predecibles y basados en normas que se activen automáticamente cuando se incumplan los indicadores acordados, en lugar de esperar a las decisiones del consejo de administración meses después de que se haya desatado una crisis.
Al reorientar los activos de reserva internacionales del FMI, los Derechos Especiales de Giro, hacia los bancos multilaterales de desarrollo como capital híbrido, podemos convertir las reservas ociosas en inversiones que refuercen la resiliencia de las economías vulnerables. Al aplicar la Revisión Independiente de 2022 del G-20 sobre los marcos de adecuación de capital de los bancos multilaterales de desarrollo, podemos liberar entre 300 mil y 400 mil millones de dólares adicionales en préstamos durante la próxima década sin necesidad de nuevo capital de los accionistas. Y al revisar la estructura de la participación accionarial, la representación y las cuotas en las instituciones financieras internacionales, podemos dar a los países más expuestos a las crisis mundiales una voz significativa en el establecimiento de las normas.
El problema no es una falta de financiación o de liquidez. En un mundo marcado por perturbaciones persistentes, seguimos dependiendo de un sistema diseñado para crisis temporales. Pero la resiliencia no se puede improvisar; debe integrarse en el propio sistema. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Hanan Morsy es secretaria ejecutiva adjunta y economista jefe de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para África y miembro del Panel de Expertos Africanos del G20.