Estados Unidos se ha convertido en una nación peligrosa

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 25 marzo 2026

En lugar de liderar el mundo libre, Estados Unidos va dando grandes zancadas por todo el planeta, aparentemente sin restricciones, planificación o estrategia, ejerciendo su poder porque puede

Por Carlos Lozada, The New York Times.

Tuvimos una buena racha; ocho décadas, más o menos. Pero a estas alturas está claro que Estados Unidos ya no es el líder del mundo libre. No se ha designado a un sucesor para ese puesto, y parece poco probable que la Unión Europea, la OTAN, o lo que sea que estos días constituya “Occidente”, vaya a darle el puesto a uno de sus miembros. El cargo incluso podría desaparecer; otro recorte cortesía del presidente Donald Trump.

En lugar de liderar el mundo libre, Estados Unidos va dando grandes zancadas por todo el planeta, aparentemente sin restricciones, planificación o estrategia, ejerciendo su poder porque puede. En cuestión de meses, el gobierno de Trump ha capturado al presidente de Venezuela y lo ha encarcelado en Brooklyn y ha golpeado a los dirigentes teocráticos de Irán en una guerra que está rebotando por todo Medio Oriente y trastornando la economía mundial; y ahora el presidente dice que, para continuar, tendrá “el honor de tomar Cuba”. Trump en su segundo mandato es como Michael Corleone en El padrino, arreglando todos los asuntos de la familia.

Hace casi dos décadas, el columnista de asuntos internacionales Fareed Zakaria publicó un libro superventas titulado El mundo después de USA, que pronosticaba el relativo declive de Estados Unidos frente a otros países económicamente ascendentes, a lo que él se refería como “el ascenso del resto”. (El senador Barack Obama fue visto con el libro durante su primera campaña presidencial, la influencia de la obra entre las élites). Estados Unidos seguiría siendo preeminente en lo militar y lo económico, sostenía Zakaria, pero podría asumir un nuevo papel político, una especie de presidente del consejo de administración del planeta, apoyado en “la consulta, la cooperación e incluso las concesiones”.

Con Trump, la idea del liderazgo estadounidense ciertamente ha cambiado; pero de la autoridad al dominio, de la persuasión a la intimidación, de alimentar alianzas a destruirlas. (La consulta, la cooperación y las concesiones todavía no se unen a la coalición MAGA). “No necesitamos a nadie”, dijo Trump la semana pasada, molesto, cuando los líderes europeos se negaron inicialmente a ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz. “Somos la nación más fuerte del mundo. Tenemos el ejército más fuerte del mundo, por mucho. No los necesitamos”.

Lanzar una guerra con un solo aliado y luego esperar que todos los demás se alineen es un ejemplo perfecto de las tensiones inherentes al nuevo enfoque de Estados Unidos. El país quiere los beneficios de la hegemonía, pero sin aceptar las responsabilidades —garantizar la seguridad colectiva, promover la apertura económica, cuidar las alianzas clave— que conlleva. A Trump no le interesa ser una superpotencia; simplemente le gusta ejercer el poder de una superpotencia. Quiere actuar en el mundo limitado solo por “mi propia moralidad” y “mi propia mente”, como declaró recientemente al Times.

¿Qué significa esto para el papel y el propósito de Estados Unidos en un mundo que por demasiado tiempo ha estado definido por lo que no es (la era posterior a la Guerra Fría)? Significa que lo que una vez llamamos Pax Americana, ese sistema de alianzas e instituciones dirigido por Estados Unidos que promovía los intereses y valores estadounidenses y ayudaba a evitar conflictos importantes en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ha desaparecido, y de forma irremediable. En lugar de la Pax Americana estamos viendo una especie de Lax Americana, un mundo en el que una superpotencia estadounidense descuidada y desinhibida y poco curiosa se pavonea por el tablero de ajedrez, amenazando a viejos amigos y dando alas a viejos rivales, buscando ganancias a corto plazo sin reparar en los peligros que está creando para sí misma y para el mundo.

Se trata de una aberración histórica: una superpotencia que abdica libremente de su papel de liderazgo porque ha llegado a la conclusión de que el liderazgo es para tontos; que ya no promueve sus valores porque ha decidido que esos valores eran falsos de todos modos; que renuncia a las normas e instituciones que pasó tanto tiempo construyendo, porque asume que ya no valen la pena.

Si Washington sigue imaginando que es líder del mundo libre, eso es porque se está replanteando quién pertenece a ese mundo y porque está minimizando lo que significa liderar.

Para comprender mejor la manera en que opera este nuevo Estados Unidos, me remonté a la última gran transición, cuando pasábamos de un estancamiento de la Guerra Fría a un periodo de primacía estadounidense sin rival, y volví a leer algunos de los libros y ensayos influyentes que intentaron vislumbrar lo que se avecinaba. Entre ellos destaca Auge y caída de las grandes potencias, del historiador de Yale Paul Kennedy, que se publicó en 1987 y rápidamente se convirtió en uno de los textos sagrados de la decadencia estadounidense.

En el curso normal de la historia, escribió Kennedy, las grandes potencias suelen renunciar al liderazgo mundial involuntariamente; ya sea perdiendo un conflicto importante contra un rival advenedizo, desaprovechando alguna innovación tecnológica transformadora, a menudo en el ámbito militar, o erosionándose económicamente hasta el punto en que las cargas de la hegemonía resultan demasiado pesadas. Kennedy advirtió sobre lo que denominó como “sobredimensionamiento imperial” y argumentó que “la suma total de los intereses y obligaciones globales de Estados Unidos actualmente es mucho mayor que el poder del país para defenderlos todos simultáneamente”.

Si desea conservar su estatus, una superpotencia normalmente necesita lograr tres cosas difíciles, dijo Kennedy, y las debe hacer todas a la vez. Primero, proporcionar y pagar la seguridad militar, tanto para sí misma como para sus aliados; segundo, satisfacer las necesidades económicas de su población, por no hablar de sus deseos; y tercero, garantizar un crecimiento económico a largo plazo que alcance para poder acumular armas y sostener el consumo interno.

“Lograr esas tres hazañas durante un periodo prolongado será una tarea muy difícil”, sostenía Kennedy. “Sin embargo, lograr las dos primeras hazañas, o cualquiera de las dos, sin la tercera, inevitablemente conducirá a un eclipse relativo a largo plazo”. Ese ha sido el destino de las grandes potencias del pasado, como la España imperial, la Francia napoleónica y el Imperio Británico cuando dio paso a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Un presidente estadounidense que se jacta de que su ataque militar a Irán puede seguir “por siempre” y que les dice a los niños de su país que se conformen con “dos muñecas en lugar de 30 muñecas” está ejemplificando el argumento de Kennedy. “Los ritmos desiguales de crecimiento económico provocarían, tarde o temprano, cambios en los equilibrios políticos y militares del mundo”, escribió Kennedy. En pocas palabras, mantener una superpotencia es costoso.

Visto así, la obsesión de Trump por la manera en que Estados Unidos está siendo “estafado” por el resto del mundo, ya sea a través del déficit comercial, la pérdida de fábricas o del insuficiente gasto militar de los miembros de la OTAN, no es solo el mantra de un tipo del sector inmobiliario obsesionado con negociar un mejor trato. También es el resentimiento que las potencias dominantes siempre sienten hacia las más débiles, como explicó Robert Gilpin, teórico de las relaciones internacionales, en War and Change in World Politics, su clásico estudio de 1981 sobre lo que hace que las hegemonías surjan y desaparezcan.

Los atenienses querían que sus aliados aportaran más recursos para defenderse de los persas; los británicos querían que sus revoltosos colonos americanos pusieran de su parte para las luchas contra los indígenas y los franceses (aunque los impuestos excesivos sobre las colonias acabaron volviéndose en contra del Imperio británico); y tanto la Unión Soviética como Estados Unidos querían que sus respectivos estados clientes compartieran los costos de la confrontación de la Guerra Fría. “Dado que la potencia dominante defenderá el statu quo en función de sus propios intereses”, escribió Gilpin, “los estados más débiles tienen pocos incentivos para pagar su ‘parte justa’ de esos costos de protección”.

Para Trump, el problema de liderar el mundo libre es que el mundo libre no tiene que aportar nada.

En la década de 1980, tanto Kennedy como Gilpin ya advertían sobre el relativo declive de Estados Unidos, y después de las diversas crisis que hubo en la década de 1970, ¿quién puede culparlos?, pero entonces Washington logró un respiro, y uno grande. “La historia está de nuestra parte”, había dicho en una ocasión el líder soviético Nikita Jrushchov. “¡Los vamos a enterrar!”. Pero ahora, solo unos años después de que Ronald Reagan declarara el amanecer en Estados Unidos, fue la Unión Soviética la que quedó enterrada. La historia parecía estar del lado de Estados Unidos; para algunos, incluso había llegado a su fin.

En el siglo XIX, y principios del XX, muchas grandes potencias lucharon entre sí; durante la segunda mitad del XX, eran solo dos potencias mirándose desde detrás de sus arsenales nucleares. Ahora, en lugar de la rivalidad Este-Oeste, los comentaristas imaginaban un “momento unipolar” de supremacía estadounidense. George H. W. Bush declaró un “nuevo orden mundial” de mercados y democracia; Bill Clinton imaginó un “puente hacia el siglo XXI”.

Pero otros vieron un giro más oscuro en el horizonte. El implacable politólogo Samuel Huntington imaginó un “choque de civilizaciones” basado en la cultura y la fe. En La anarquía que viene, Robert Kaplan, corresponsal en el extranjero, previó catástrofes ambientales y conflictos por raza y tribu. Fue especialmente clarividente sobre Estados Unidos, prediciendo la polarización, la fragmentación y la disfunción política; unos medios de comunicación electrónicos que “adoptarían las aspiraciones de la turba”; y un complejo tecnológico-militar que podría resultar tan peligroso como su predecesor militar-industrial.

“No hay un triunfo final de la razón”, escribió Kaplan, ominosamente.

Más bien, le preocupaba que en ese entorno “líderes y asesores superficiales, precisamente por su falta de sabiduría y experiencia, acabarían cometiendo el tipo de error de cálculo atroz que conduciría a una guerra general”. Del mismo modo que los líderes europeos “que carecían de un sentido trágico del pasado” se precipitaron a la Primera Guerra Mundial, también Estados Unidos podría embarcarse en sus propios fiascos contemporáneos.

La tragedia del 11 de septiembre, y la arrogante respuesta estadounidense, parecieron darle la razón a quienes emitían estas sombrías visiones. Tras los ataques terroristas, Washington se precipitó a Irak, como podría estar haciendo ahora con su “excursión”, como la llama el presidente, en Irán. No hace falta pensar que 2026 se desarrollará exactamente igual que 2003, o que el “creo que la guerra está prácticamente terminada” de Trump es una versión confusa del letrero de “misión cumplida” de Bush, para comprender los peligros de no pensar bien las cosas, de no plantearse preguntas sencillas pero cruciales como “qué pasaría si” y “qué pasa después”.

En The End of the American Era, publicado durante el primer mandato de George W. Bush, Charles Kupchan se lamentaba de que Estados Unidos, enardecido por el triunfalismo del “fin de la historia”, no se hubiera replanteado su propósito y los medios para conseguirlo, su “gran estrategia”, en la jerga especializada, en los años transcurridos entre la caída del Muro de Berlín y la destrucción del World Trade Center. Estados Unidos era “una gran potencia a la deriva”, ajena a la creciente influencia de la Unión Europea, indiferente a la furia de Rusia por la expansión de la OTAN, debatiéndose por cómo adaptarse al inminente ascenso de China.

Kupchan, un profesor de Georgetown que sirvió en los gobiernos de Clinton y Obama, sostenía que el gobierno de Bush, al elevar la acción preventiva a principio rector tras el 11-S, sobrestimó la persistencia de la amenaza terrorista frente al “desafío más peligroso que se avecina: el retorno de la rivalidad entre los principales centros de poder del mundo”.

El gobierno de Trump parece estar consciente de esta renovada rivalidad, y parece haber aceptado esa realidad. Después de todo, ¿qué es la “doctrina Donroe”, sino una reafirmación de las esferas de influencia de las grandes potencias, sino una admisión tácita a Pekín y Moscú de que, si nosotros podemos hacer lo nuestro en el hemisferio occidental, ellos son libres de hacer lo mismo en sus respectivas regiones?

Mucho se ha hablado de la aparente contradicción entre las tendencias intervencionistas de Trump, tan evidentes en este segundo mandato, y sus promesas electorales de evitar guerras en el extranjero. Después de todo, lanzarse a un cambio de régimen en Medio Oriente, si eso es lo que estamos haciendo, no parece precisamente poner a “Estados Unidos primero”. Esta tensión plantea riesgos electorales para el partido del presidente y, estratégicamente, es confusa: tratar de derrocar un régimen solo puede hacer que sus dirigentes se dediquen aún más a la búsqueda de armas nucleares como medio de seguridad y supervivencia. (También indica a otros líderes ávidos de tener armas nucleares que conseguir esas armas es la mejor manera de garantizar su propia longevidad política).

Pero en términos de actitud, hay mucha coherencia en los giros de Trump. “El aislacionismo y el militarismo fanfarrón son muy diferentes en apariencia”, escribió Immanuel Wallerstein en La decadencia del poder estadounidense, publicado en 2003. “Pero comparten la misma actitud fundamental hacia el resto del mundo, los ‘otros’: miedo y desdén, combinados con la suposición de que nuestro modo de vida es puro y no debe mancillarse involucrándonos en las miserables disputas de los demás, a menos que estemos en condiciones de imponerles nuestro modo de vida”. No es difícil, sugiere, que los líderes nacionalistas oscilen entre impulsos aislacionistas e intervencionistas.

Wallerstein, quien era sociólogo y crítico del capitalismo global, escribía sobre el gobierno de George W. Bush, pero su análisis se ajusta bastante bien al equipo de Trump. Si se quiere ver el “militarismo fanfarrón” en forma humana, basta con mirar a Pete Hegseth, el secretario de Defensa más inconcebible.

En su libro de 2024 The War on Warriors, Hegseth se queja de que una “alianza impía de ideólogos políticos y cobardes del Pentágono ha dejado a nuestros guerreros sin verdaderos defensores en Washington”, y sus referencias culturales saltan de Top Gun a Duro de matar y a Equipo America: Policía mundial. Y en sus apariciones televisivas, el medio preferido de Hegseth, promete “letalidad máxima, no legalidad tibia”, se burla de las “estúpidas reglas de enfrentamiento”, promete que no habrá “ni cuartel ni piedad” para las “ratas” del régimen iraní, se jacta de la “brutal eficacia” del ejército estadounidense para hacer llover “muerte y destrucción desde el cielo todo el día”, y lamenta la falta de una verdadera “prensa patriótica” en Estados Unidos, a la que dicta titulares alternativos.

Aquí no hay triunfo de la razón; solo el razonamiento del triunfalismo.

Lo particular de ser “el líder del mundo libre” es que la naturaleza del trabajo depende de cómo se conciba el liderazgo y de cómo se delimite ese mundo. Como suele ocurrir, el gobierno de Trump está redefiniendo términos a medida que desecha principios.

Cuando se creó la OTAN en 1949, el tratado afirmaba que sus miembros iban a “salvaguardar la libertad, el patrimonio común y la civilización de sus pueblos, basados en los principios de la democracia, la libertad individual y el Estado de Derecho”. En un discurso pronunciado el mes pasado en la Conferencia de Seguridad de Munich, el secretario de Estado Marco Rubio aludió igualmente al “patrimonio” común del mundo occidental, pero lo basó explícitamente en la fe, la cultura, la lengua y la ascendencia cristianas. “Formamos parte de una civilización: la civilización occidental”, dijo, especificando que Washington prefiere “aliados que estén orgullosos de su cultura y de su patrimonio, que comprendan que somos herederos de la misma gran y noble civilización”.

Se trata del “Occidente civilizatorio” y no del “Occidente geopolítico”, como escribió el año pasado Stewart Patrick, quien trabajó en el Departamento de Estado con George W. Bush. “Las nociones liberales que sustentaban el Occidente geopolítico eran fundamentalmente universales; las nacionalistas que enarbolan el Occidente civilizatorio están, en cambio, fijadas en la defensa de las fronteras y el miedo a los demás”.

En este contexto, Estados Unidos podría seguir siendo el líder del mundo libre, pero solo si ese mundo libre se redefine como un ámbito cultural, incluso hereditario, más que como uno basado en la adhesión a principios políticos o “abstracciones”, como tienden a desdeñar Rubio y el vicepresidente JD Vance.

Después del mundo multipolar del siglo XIX, el bipolar siglo XX y el mundo unipolar de la era posterior a la Guerra Fría, ¿qué viene ahora? ¿Será un choque de civilizaciones, el retorno de varias grandes potencias, un enfrentamiento uno a uno con China... o se mantendrá el siglo estadounidense?

Es difícil de predecir, pero el indicio más claro de que una superpotencia lucha por mantener su posición es que se empieza a oír mucho sobre “renovación”. En Auge y caída de las grandes potencias, Kennedy señala con ironía que mientras los pesimistas hablan de declive, los patriotas anhelan la renovación. En su discurso en Múnich, Rubio declaró que el gobierno de Trump “asumirá la tarea de la renovación y la restauración”. Dijo que Estados Unidos no quería romper con Europa, sino “revitalizar una vieja amistad y renovar la civilización más grande de la historia de la humanidad”, una que está aquejada por “un malestar de desesperanza y autocomplacencia”.

Pero solo es necesario renovar algo, ya sea una suscripción o una sociedad, cuando corre el riesgo de llegar a su fin. La renovación de la civilización no es algo que preocupe a una superpotencia confiada y próspera.

Trump, por supuesto, llegó a la presidencia hace casi una década declarando que Estados Unidos ya estaba en declive, señalando los desequilibrios comerciales, las fronteras porosas, una base industrial debilitada y las interminables guerras en el extranjero. No se equivocaba al decir que el viejo orden estaba en ruinas, que los beneficios de la globalización se habían sobrevalorado enormemente, que el malestar de los estadounidenses con la elevada inmigración era real y políticamente potente. Pero la segunda vuelta de Trump en la Casa Blanca produjo aranceles ruinosos, una pérdida neta de empleos en el sector manufacturero el año pasado, controles fronterizos más estrictos a costa de una aplicación fatalmente excesiva de la ley de inmigración y, ahora, intervenciones militares arriesgadas en dos continentes.

La ironía es que el camino hacia la renovación y la revitalización podría ser el mismo camino que este gobierno está abandonando, no en Teherán o Caracas, sino en casa. En El mundo después de USA, Zakaria aclamó a Estados Unidos como “la primera nación universal”, un país donde personas de todo el mundo pueden “compartir un sueño común y un destino común”. Dijo que la inmigración era el “arma secreta” de Estados Unidos, porque nos da un hambre y una energía poco comunes en un país maduro y rico. La educación superior es la “mejor industria” de la nación, añadió, pues atrae a las mentes más brillantes a nuestras escuelas y a nuestras costas, ayudando a Estados Unidos a permanecer “a la vanguardia de las próximas revoluciones en ciencia, tecnología e industria”.

Mantenerse en esa vanguardia es precisamente lo que Estados Unidos debe hacer para cumplir los imperativos de supervivencia de superpotencia que Kennedy expuso en Auge y caída de las grandes potencias: producir suficiente crecimiento económico a largo plazo para sostener nuestro poderío militar y satisfacer las crecientes necesidades de la población. Pero la inmigración, la investigación científica y la educación superior se han visto atacadas en el segundo mandato de Trump. Vance advirtió en la conferencia de Munich del año pasado que el reto más grave del continente es “la amenaza que viene desde dentro, el retroceso de Europa respecto a algunos de sus valores más fundamentales”. Lo mismo podría decirse hoy de Estados Unidos.

En las últimas décadas ha habido muchos episodios que supuestamente anunciaban el fin de la primacía estadounidense. El lanzamiento del Sputnik a finales de la década de 1950 marcó el comienzo de la paranoia de la Guerra Fría de que nos estábamos quedando atrás respecto a los soviéticos. En la década de 1970, con Vietnam y Watergate y un embargo de petróleo y estanflación y la crisis de los rehenes en Irán, el país sufría una “crisis de confianza”, como dijo el presidente Jimmy Carter. Una década después, nos dijeron que Japón Inc. nos superaría. Después, el 11 de septiembre echó por tierra nuestra sensación de invulnerabilidad física; la Gran Recesión cuestionó la premisa y la promesa del capitalismo al estilo estadounidense; y el motín del Capitolio del 6 de enero puso al descubierto la fragilidad del modelo democrático que durante tanto tiempo habíamos intentado exportar.

Es posible que las preocupaciones actuales sean solo otro momento Sputnik, otra ocasión en la que los pesimistas se inquietan por pensar que Estados Unidos ha perdido el rumbo. Pero también es posible, como ha argumentado Daniel Drezner, decano académico de la Escuela Fletcher de la Universidad de Tufts, que no se trate solo del “nuevo himno de la Iglesia de la Preocupación Perpetua”, que esta vez de verdad sea diferente.

En el pasado, las tendencias aislacionistas, intervencionistas y multilaterales de Estados Unidos se contrarrestaban mutuamente con el tiempo, gracias a las visiones de seguridad nacional que competían dentro del sistema político estadounidense. Pero a medida que los poderes de política exterior se concentraron en el Ejecutivo y el Congreso se desentendió de su papel en los asuntos mundiales, Estados Unidos se volvió vulnerable al ascenso de un presidente impulsivo e indiferente. “Los mismos mecanismos que dieron al presidente el poder de crear política exterior”, dijo Drezner, “han permitido a Trump destruir lo que sus predecesores pasaron décadas preservando”.

Parte de lo que pasaron décadas intentando preservar era un recurso esencial: la legitimidad internacional. En The End of the American Era, Kupchan afirmó que era el “bien más preciado de Estados Unidos”, y advirtió de que el gobierno de Bush lo estaba malgastando en Irak, sobrestimando enormemente “la autonomía que conlleva la supremacía militar”. Es una advertencia apropiada para nuestro tiempo, cuando el gobierno de Trump está dilapidando igualmente la legitimidad de Estados Unidos, y juzgando mal la libertad de acción que conlleva tener el ejército más fuerte y, como alardea Trump, el “mejor equipo”.

Esa legitimidad es parte de lo que hizo posible la Pax Americana. La Lax Americana, por el contrario, no solo desperdicia la legitimidad de la nación, sino que apenas reconoce su valor.

Cuando Joe Biden se convirtió en presidente, le encantaba decirle al mundo que Estados Unidos había vuelto, dispuesto a liderar y a trabajar con sus aliados una vez más. Pero una preocupación recurrente era: “¿Por cuánto tiempo?”. Esa desconfianza en la capacidad de resistencia de Estados Unidos se ha visto confirmada con el regreso de Trump a la Casa Blanca. Mark Carney, primer ministro de Canadá, dijo en Davos este año que el sistema basado en normas y liderado durante tanto tiempo por Estados Unidos se estaba resquebrajando, y que las potencias intermedias como Canadá tenían que diversificar sus alianzas si querían sobrevivir. “El viejo orden no va a volver”, afirmó. “No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia”.

Para los aliados de toda la vida, el nuevo orden en evolución tiene mucho de capricho e imprevisibilidad estadounidense. La fijación de Trump por adquirir Groenlandia, por ejemplo, aunque fue objeto de comedia nocturna en Estados Unidos, se consideró lo suficientemente seria en Europa como para que Dinamarca preparara planes militares en caso de invasión estadounidense. Incluso ahora, cuando los aliados occidentales parecen dispuestos a ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz, su declaración conjunta de la semana pasada hizo hincapié en la adhesión al derecho internacional, no en el apoyo a Washington. Como dijo Boris Pistorius, ministro de Defensa alemán, cuando Estados Unidos pidió por primera vez apoyo naval a sus aliados: “Esta no es nuestra guerra; nosotros no la hemos iniciado”.

Esto es lo que ocurre cuando se gobierna como si el apoyo mundial y la aprobación democrática fueran algo secundario. El gobierno de Trump no justificó la guerra en Irán, no solo ante el Congreso y no solo ante los aliados extranjeros, sino ante sus propios ciudadanos. Esta indiferencia universal es, de hecho, una consecuencia natural de la política interna estadounidense: si el gobierno no siente la necesidad de dar explicaciones a un Congreso confiablemente sumiso, y si el presidente asume que todo lo que hace en el cargo goza de sanción legal y supervisión limitada, ¿qué necesidad sentirá de dar explicaciones al pueblo estadounidense, por no hablar de la gente más allá de nuestras fronteras? La política interna está facilitando, más que restringiendo, el aventurerismo en el extranjero.

Estados Unidos se está convirtiendo de nuevo en una “nación peligrosa”, como en el título de la historia de 2006 de Robert Kagan sobre la política exterior estadounidense desde la época colonial hasta el siglo XIX. Kagan, en la actualidad investigador principal de Brookings Institution, describía a una potencia joven y emergente, movida por impulsos expansionistas e ideas revolucionarias hacia intervenciones y ocupaciones. Su descripción de Estados Unidos como peligroso tenía algo de admiración. Pero el Estados Unidos peligroso de hoy es una superpotencia envejecida impulsada por el desdén hacia el orden mundial establecido, un orden que Washington ayudó a crear, y un enfoque puramente transaccional del mundo.

Mientras que antes los líderes estadounidenses solían negar estridentemente que sus intervenciones militares en el extranjero estuvieran motivadas por el deseo de asegurar el suministro de petróleo, Trump lo admite alegremente. “Vamos a sacar una enorme cantidad de riqueza de la tierra”, dijo después de que las fuerzas estadounidenses capturaran a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, rica en petróleo. Y si la guerra consiste en apoderarse de recursos, la paz también: los países que deseen convertirse en miembros permanentes de la nueva Junta de Paz de Trump deben desembolsar mil millones de dólares cada uno.

Si Pax Americana significaba fomentar una paz duradera en Estados Unidos, Lax Americana significa que Estados Unidos se lleva su tajada. El policía del mundo está cobrando su parte.

“El poderío estadounidense que sostuvo el orden mundial de los últimos 80 años se utilizará ahora, en cambio, para destruirlo”, advirtió Kagan en enero, unos 20 años después de publicar Dangerous Nation. Un equivalente contemporáneo al mundo multipolar del siglo XIX, escribe, “sería un mundo en el que China, Rusia, Estados Unidos, Alemania, Japón y otros grandes Estados libraran una gran guerra en alguna combinación al menos una vez por década, redibujando las fronteras nacionales, desplazando poblaciones, alterando el comercio internacional y arriesgándose a desatar un conflicto global a escala devastadora”. Y escribió eso semanas antes de que Estados Unidos e Israel empezaran a bombardear Irán.

No estamos entrando en un mundo post-Estados Unidos en el que el país se retirará del escenario o dejará de ejercer su poder militar. Todo lo contrario. Pero sí podríamos estar entrando en un mundo post-Estados Unidos en el sentido de que el significado de Estados Unidos, los principios y valores que el país ha defendido durante mucho tiempo, a veces en la práctica, a veces como aspiración, se están desvaneciendo. Y la pérdida de ese Estados Unidos podría resultar igual de perjudicial, y mucho más duradera, que cualquier daño que las excursiones de Donald Trump puedan causar.

Carlos Lozada es columnista de la sección de Opinión y reside en Washington, D. C. Es autor, más recientemente, de The Washington Book: How to Read Politics and Politicians. @CarlosNYT

Temas



Localizaciones



Personajes



Lee en Vanguardia los mejores contenidos de The New York Times sobre política nacional, internacional, negocios, ciencia, cultura, estilo de vida, opinión y deportes.

El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM