¿Estás escuchando, Claudia Sheinbaum?
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El contagio entre los jóvenes por la educación no ha llegado a plasmarse como en el resto del mundo, aunque vale la pena recordar que en 1968 México fue el último de los países con revuelta estudiantil
En un sólo fin de semana, el pasado, hubo movilizaciones, protestas y actos de violencia en decenas de ciudades francesas, incluidas las cinco principales del país. Entre 550 mil y 800 mil personas salieron a las calles y los choques con la policía fueron tan severos –casi mil resultaron lesionados– que tan sólo el sábado fueron detenidas 2 mil 400. Más de tres mil comercios resultaron vandalizados y un centenar de vehículos quedaron destrozados. Un manifestante murió de un infarto en París y un joven de 17 años perdió una mano en los suburbios por una granada policial. Ayer se estableció un toque de queda nocturno en la Plaza de la República y la zona de Les Halles, donde se encuentra el centro cultural Georges Pompidou, mientras el gobierno de Emmanuel Macron se tambalea.
El contagio del octubre francés se extendió a ocho países. La protesta en Francia comenzó hace casi dos meses y medio en un liceo de los suburbios de París debido a las condiciones en las escuelas –de saturación y mantenimiento–, las cuales galvanizaron la inconformidad de múltiples sectores de la sociedad. Los jóvenes de secundaria, preparatoria y universitarios fueron el pretexto de una rebelión callejera.
Los primeros en seguirlos fueron los belgas, quienes protestaron contra la calidad de la educación y los recortes presupuestales. En Austria también salieron a las calles por las reducciones al presupuesto. En Grecia y Argentina, por el financiamiento educativo. Italia, por la educación, los servicios públicos y el costo de la vida. En Alemania, por el sistema educativo, el gasto público y el rearme. En España y Portugal, por el alto costo de la vida y la vivienda que ha detonado los alquileres. Finalmente, en Albania, las protestas se dirigieron contra la corrupción y las decisiones del gobierno.
La síntesis de la inconformidad se centra en tres puntos: la crisis de las expectativas juveniles, las presiones económicas y la desconfianza en los gobiernos. El sábado, Federico Rampini argumentó, en la sección editorial del influyente diario milanés Corriere della Sera, que se vive una forma de protesta generacional que atraviesa países con sistemas políticos y económicos diferentes, sin ideología ni objetivos similares, pero que expresan la pérdida de confianza en que ni con estudio, trabajo y esfuerzo garantizarán que tendrán una vida mejor que la de sus padres.
Rampini sitúa el comienzo de la revuelta en Estados Unidos, donde las manifestaciones contra la guerra en Gaza evolucionaron en movimientos que cuestionaron la desigualdad, el costo de la vivienda y las condiciones de vida, los fenómenos que podrían costarle al presidente Donald Trump el control en el Capitolio en las elecciones intermedias en 14 días, identificando al antisistémico alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, como el epítome de la nueva politización de la juventud. Plantea ahí, en China, India y Europa, que hay una ruptura del pacto entre generaciones, recordando que las anteriores pudieron confiar en una relación estable entre educación, empleo y progreso social.
Francia, posiblemente el país más estatista de Europa, está inmerso en una crisis con compromisos muy altos –pensiones y costes sociales–, dificultades fiscales crecientes –su gasto público representa el 57.2 por ciento del PIB, mientras sus ingresos equivalen al 52.1 por ciento– y una deuda que ronda el 115 por ciento de su producto interno bruto. Fue un Estado que atendió a su población con políticas públicas de coyuntura: más gasto social y pensiones a los 65 años –se ha reducido a 62–, diseñadas para darle espacio a los jóvenes que recién entraban al mercado laboral.
Esta reforma la realizó el presidente François Mitterrand en los ochenta, cuando la expectativa de vida estaba entre los 70 y 78 años; hoy está entre los 85 y 86. Ya llegó el momento en el que el dinero no alcanza y esa gran vocación social está en crisis. Macron quiso modificar la edad para pensionarse, pero los sindicatos lo impidieron. Esta falta de capacidad de negociación política es otra de las debilidades expuestas por Rampini en su gran artículo sobre la rebelión de los jóvenes.
El debilitamiento de la legitimidad del gobierno ha favorecido la polarización. Macron acusó al líder de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, de ser el causante de las protestas, pero parece ser que la acción la detonó la creencia de que la extrema derecha, que encabeza Marine Le Pen, ganará las elecciones presidenciales el próximo año. El partido de Le Pen cuenta con el 35 por ciento de preferencia del electorado, mientras que el de Mélenchon se sitúa en 16.6 por ciento, y el de Macron tiene apenas el 10 por ciento de la intención de voto, y junto con sus coaligados, no supera el 17 por ciento.
Lo que sucede en Francia y en el mundo tiene grandes analogías con los movimientos estudiantiles y sociales de 1968, que en realidad comenzaron un año antes en Alemania, Estados Unidos y la extinta Checoslovaquia. Fue otra rebelión de los jóvenes, los baby boomers, contra el sistema imperante, que comenzó en las escuelas y terminó con demandas concretas por las libertades, problematizando la crisis de legalidad política, económica y social. En aquel entonces fue una protesta contra los autoritarismos de los gobiernos, un fenómeno que hoy renace en un rechazo a los diferentes modelos económicos vigentes porque, como entonces, no resuelven sus temores e incertidumbres.
Lo que sucede en el mundo se replica también en México. El gasto educativo representa el 3.4 por ciento del PIB, por debajo del mínimo ideal del 4 por ciento. Al mismo tiempo, se siguen inyectando recursos a programas sociales, sin tener crecimiento económico para sostenerlo y sí gastos onerosos en estos momentos coyunturales, como los megaproyectos que heredó el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Mientras, la deuda sigue avanzando y los presupuestos deshidratándose. La presidenta Claudia Sheinbaum parece vivir en una isla, porque sigue metiendo presión al sistema que, como se ha visto con las protestas en las calles del país por múltiples inconformidades, está crujiendo.
El contagio entre los jóvenes por la educación no ha llegado a plasmarse como en el resto del mundo, aunque vale la pena recordar que en 1968 México fue el último de los países con revuelta estudiantil. Hay una rebelión de batas blancas, como en 1965, y los recortes en educación pueden ser el catalizador, como en Europa. Hay negociaciones salariales en la UNAM, que son el referente nacional, por lo que deben estar atentos en cuánto quedará el aumento a los trabajadores del Seguro Social.
El gobierno mexicano también ha perdido legitimidad y fuerza, pese a tener un Congreso controlado. La corrupción está carcomiendo a Morena y no quiere ni puede detenerla. La pregunta que sirve de título a esta columna, “¿Estás escuchando, Claudia?”, sí tiene respuesta. Y no, no está escuchando.