No es suficiente graduarse
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Las capacidades ejecutivas no surgen por sí solas a los 24 años, cuando alguien obtiene su primer trabajo; se entrenan desde la infancia
Desde hace tiempo, padres y educadores hemos compartido una inquietud: ¿qué necesitan nuestros jóvenes para acceder a un empleo digno? Quizás deberíamos añadir una cuestión más: ¿están preparados para mantenerlo y desarrollarse en él?
Un análisis publicado en Medium en septiembre de 2026 abordó precisamente este dilema bajo el título “Companies Are Firing Gen Z So Quickly. Here’s Why” (“Las empresas están despidiendo a la Generación Z muy rápido. Aquí está el porqué”). El artículo recopiló datos y opiniones de diversos empleadores sobre las dificultades que enfrentan algunos jóvenes trabajadores, entre las que señala problemas de iniciativa, puntualidad, organización, comunicación, colaboración, aceptación de la retroalimentación, resolución de problemas y uso excesivo del celular.
Debo advertir sobre las generalizaciones. La Generación Z (nacidos entre 2000 y 2015) no es un grupo homogéneo, y una encuesta entre empleadores no pone de manifiesto que todos los jóvenes presenten esas características. A su vez, el mundo del trabajo va cambiando y algunas empresas todavía operan con expectativas precisas que requieren ser revisadas.
Un joven puede tener un título universitario y tener dificultades para llegar a la hora, organizar una semana de trabajo, empezar una tarea sin el recordatorio de otra persona, tolerar una corrección, resolver un problema imprevisto o perseverar cuando se aburre.
Las funciones ejecutivas aparecen ahora: planificar, priorizar, controlar los impulsos, mantener la atención, organizar el tiempo, recordar pendientes, cambiar de estrategia, evaluar los errores y concluir lo iniciado.
Y esas capacidades no surgen por sí solas a los 24 años, cuando alguien obtiene su primer trabajo; se entrenan desde la infancia. “Los pequeños se entrenan cuando el niño se organiza para preparar su mochila y no espera a que la madre venga y lo haga por él; cuando tiene responsabilidades en casa; cuando espera; cuando pierde; cuando se equivoca y corrige; cuando termina una actividad a pesar de que haya dejado de ser divertida; cuando escucha un ‘no’; cuando recibe una consecuencia; cuando tiene que hablar con un maestro para resolver un problema y no espera que sus padres acudan al llamamiento inmediatamente”.
Dichas habilidades también se cultivan en la escuela cuando el alumno tiene que organizar un proyecto, cumplir con una fecha aproximada, trabajar con un compañero que no escogió, leer en voz alta en el grupo, recibir una calificación que no esperaba o rehacer un trabajo porque todavía no alcanza la nota requerida. La cuestión es que, con la pretensión de cuidar y proteger a los hijos, hacemos desaparecer demasiadas de esas vivencias.
Si los adultos recordamos, resolvemos, explicamos, justificamos, negociamos y corregimos por ellos, podemos hablar de una educación de jóvenes muy acompañados, pero escasamente entrenados para dar respuesta a lo que la vida les vaya a exigir.
De ahí que, al llegar al mundo laboral, los jóvenes se encuentren con la sorpresa de que el jefe no es un papá hiperresolutivo, quien no les recordará cinco veces la fecha de entrega, no convertirá cada frustración en una excepción, ni va a proponer un paso o el siguiente en cada situación. Por el contrario, va a requerir que el joven que empieza a trabajar sea quien pregunte, proponga, se organice con rapidez, resuelva lo que le toca y se haga cargo de los resultados.
Todo esto en un entorno digital. El hecho de crecer rodeado de notificaciones, videos cortos, gratificaciones inmediatas y expectativas de entretenimiento, que ciñen el comportamiento, puede incluso hacer aún más necesaria una instrucción explícita en la atención sostenida, la espera o la tolerancia al aburrimiento. El celular, por sí solo, no explica los problemas laborales de una generación, pero ser capaz de guardarlo cuando lo que hay que hacer requiere concentración también es una competencia profesional.
Tal vez por eso estemos planteando el dilema equivocado al discutir cómo preparar a nuestros hijos para el futuro. No basta con cuestionar: “¿Qué carrera tiene que estudiar?”. Preguntemos también: ¿Sabe levantarse aunque no tenga ganas? ¿Es capaz de organizarse ante el acoso de las obligaciones? ¿Tolera que le digan que algo no está bien? ¿Es capaz de mantener una conversación? ¿Sabe manejar la relación con personas difíciles? ¿Busca soluciones antes de pedir que alguien lo resuelva por él? ¿Puede dejar el celular y concentrarse? ¿Termina las tareas que comienza?
El mercado laboral del futuro necesitará conocimientos tecnológicos e inteligencia artificial. No obstante, precisamente porque las máquinas han hecho y seguirán haciendo más tareas, las capacidades profundamente humanas serán valoradas aún más: sentido común, responsabilidad, comunicación, iniciativa, autocontrol, adaptabilidad, perseverancia...
Como padres y educadores, nuestra tarea no consistirá en preparar un camino sin obstáculos, sino en capacitar a los propios hijos para que, cuando encuentren uno, sepan qué hacer.
Posiblemente, si así lo desea, le puedo realizar una segunda versión más contundente, provocadora, con el título “Los estamos preparando para graduarse, pero no para trabajar”, conectando todavía más con el tipo de padres que lo resuelven todo, funciones ejecutivas y su concepto de la formación neuroconductual.