Genealogía de una farsa: La paz como premio para la amenaza
COMPARTIR
La verdad que emerge aquí es incómoda, no estamos ante una lucha entre democracia y autoritarismo, sino ante una disputa por quién administra mejor los símbolos que legitiman el poder
Para Michel Foucault, el filósofo que analiza el concepto de poder y al tiempo reflexiona sobre su propuesta denominada “biopolítica” –donde el ejercicio del poder no se centra únicamente en la ley, el castigo, la soberanía, el sometimiento o la dominación, sino en la gestión de la vida de los demás–, preguntarse si el presidente norteamericano merece o no el Premio Nobel de la Paz sería una pregunta ingenua, casi irrelevante. La pregunta verdaderamente política sería otra: ¿qué régimen de verdad hace posible que esta idea circule sin provocar escándalo? ¿Qué forma de poder necesita nombrarse a sí misma como “paz” para poder operar?
Desde esta perspectiva, la disposición de María Corina Machado a compartir simbólicamente con Trump ese galardón no constituye una torpeza discursiva ni un error de cálculo; es un acontecimiento revelador –de su persona, de su idea sobre la democracia y de su visión política–, un punto de condensación donde se cruzan poder, discurso, moral y geopolítica. Una escena que merece ser analizada no desde la ética política, sino desde la genealogía del poder.
TE PUEDE INTERESAR: No siempre lo legal es justo
El Premio Nobel de la Paz no funciona aquí como reconocimiento, sino como dispositivo –un galardón que, en la persona de Machado, ha sido fuertemente cuestionado–. El Nobel de la Paz produce legitimidad, clausura debates y redistribuye prestigio. No distingue entre justicia y dominación; distingue entre lo que puede ser dicho como “bueno” y lo que queda fuera del campo de lo pensable. Foucault (1976) insistió en que el poder no reprime: produce realidades, sujetos pacificadores, enemigos necesarios, causas justas y violencias aceptables.
La acción de Machado, al compartir el premio con Trump, no redefine la paz: la vacía, la neutraliza, la vuelve operativa. Trump encarna una forma específica de poder contemporáneo: no el poder soberano clásico, sino una combinación de poder disciplinario, biopolítico y espectacular. Su “paz” no se basa en la eliminación de la violencia estructural, sino en su administración diferencial. No busca reconciliar, sino ordenar el conflicto: decidir quién amenaza, quién merece castigo, quién puede ser descartado, como lo hemos visto hasta el momento con las amenazas constantes a quienes lo apoyan o no en sus devaneos como emperador americano.
En esta lógica, Venezuela no es una sociedad herida, sino un objeto pedagógico: un ejemplo útil para advertir, disciplinar y movilizar miedos. El sufrimiento real de millones de personas se convierte en materia prima discursiva. Foucault lo diría sin ambigüedades: aquí no hay ideología en sentido clásico; hay producción estratégica de verdad.
Que María Corina Machado se inscriba en este régimen discursivo no es accidental; su sometimiento convenenciero lo hemos visto de tiempo atrás. Su gesto revela una comprensión profundamente foucoliana –aunque no consciente– del poder: no importa quién tenga razón, sino quién define el marco desde el cual la razón es reconocida como tal. Compartir simbólicamente el Nobel con Trump significa aceptar su gramática del conflicto, su forma de nombrar la democracia, sus caprichos, su cosmovisión del mundo y su definición de la paz.
Aquí ocurre el verdadero desplazamiento político: la democracia deja de ser procedimiento y se convierte en resultado prometido. Y cuando la democracia es sólo un fin abstracto, todo puede sacrificarse en su nombre: la pluralidad, el disenso, la legalidad, incluso la coherencia ética, y da la impresión de ser lo último que importa.
Foucault advertía que el problema del poder moderno no es su brutalidad, sino su capacidad para presentarse como virtud. La paz, en este contexto, no es lo opuesto a la violencia, sino su forma más sofisticada. Una violencia que no se reconoce como tal porque habla el lenguaje del bien, del orden, de la salvación.
La relación entre Trump y Machado es profundamente asimétrica, pero no por ello menos reveladora. Trump ejerce poder produciendo discurso desde el centro del sistema global. Machado traduce ese discurso a una lucha local, aceptando que la legitimidad venga de afuera, que la verdad sea certificada por el poder que domina. Foucault fue claro: el poder circula, pero no de manera equitativa.
La paradoja alcanza aquí su punto máximo. Machado se presenta como antítesis del autoritarismo venezolano, pero se vincula con un líder que negó elecciones, debilitó instituciones y convirtió la sospecha en método de gobierno. Desde una lógica liberal clásica, esto sería una contradicción. Desde Foucault es algo más inquietante: es coherencia funcional dentro de un mismo dispositivo de poder. No importa cómo se gobierna, sino qué relato logra imponerse como verdad.
TE PUEDE INTERESAR: María Corina Machado entrega a Trump su medalla del Premio Nobel de la Paz; Trump lo presume
El episodio del Nobel no escandaliza porque ya hemos aceptado que los símbolos morales sean intercambiables, que la paz pueda ser reclamada por quien amenaza, que la democracia pueda ser defendida desde prácticas que la erosionan. Este es el triunfo del poder del que hablaba Foucault: cuando ya no necesita imponerse, porque los sujetos lo reproducen voluntariamente, convencidos de estar del lado correcto de la historia.
Tal vez la pregunta final no sea política, sino filosófica: ¿qué queda de la democracia cuando adopta el lenguaje de sus enemigos para sobrevivir?
¿Y qué queda de la paz cuando necesita ser certificada por el poder que vive del conflicto? La verdad que emerge aquí es incómoda: no estamos ante una lucha entre democracia y autoritarismo, sino ante una disputa por quién administra mejor los símbolos que legitiman el poder.
Cuando la paz se vuelve un premio posible para la amenaza, ya no estamos frente a una crisis política, estamos frente a una crisis del sentido mismo de lo político, en concreto estamos ante la genealogía de una farsa. Así las cosas.