La Transformación... para principiantes
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Murió Rius un año antes del triunfo obradorista, por lo que ya no alcanzó a confirmar que sus suspicacias estaban más que justificadas
Más de una vez me he preguntado qué pensarían mis difuntos héroes de antaño sobre las cosas que hoy nos toca atestiguar, tanto las que disfrutamos como las que padecemos.
¿Qué pensarían Kubrick o Kurosawa –por ejemplo– de las pelis de Marvel o de los servicios de streaming?
¿Qué diría Lennon... no de la música actual (si aguantaba los gritos de Yoko seguro soportaría los peores berridos del reggaeton), sino como activista? ¿Qué pensaría del clima político internacional?
Pero sobre todo... ¿Qué opinaría el maestro Eduardo del Río, Rius, del desgarriate nacional que nos traemos, del México de hoy, de lo devaluada que está en el mundo la noción de la izquierda (sólo la noción, no sus principios) gracias a los gobiernos populistas?
¿Qué le causaría saber en qué acabó el suelo bolivariano y el delirio de la Revolución Cubana y, sobre todo, en qué derivó aquella “esperanza obradorista”?
Identificado durante décadas con los principios del comunismo y siendo un incansable promotor del pensamiento “rojo”, Rius hizo lo que muy pocos hombres se atreven: rectificó.
Admitió, con la humildad que sólo los grandes se permiten, que le vieron la cara. Que todas esas visitas que realizó a los países del bloque comunista eran un espejismo manufacturado en cada caso por el partido en el poder. Que les compró esa cara amable que se ofrecía a los afines detrás de la Cortina de Hierro, para devolverlos luego al mundo occidental convertidos en los más convencidos voceros de la doctrina de Marx y Engels. Entendió que sólo lo anduvieron paseando por las alegres “aldeas Potemkin” de la propaganda.
Admitir, reconocer, no es poca cosa para un hombre de mediana edad, sobre todo cuando ha sido tan exitoso en su labor como autor y divulgador. Tan sólo imagine lo que se necesita para confesar que todo lo publicado hasta entonces, todo lo defendido, se sustentaba en una gran mentira medular.
Nadie hace eso... o muy pocos, si usted quiere. Y es que, pasada cierta edad, nuestros conceptos se vuelven pétreos, inamovibles. Es más fácil ver la deriva continental que a una persona mayor someter a prueba aquello en lo que ha creído desde su juventud.
Y le repito, agregue el factor del éxito. Siendo un “best seller” garantizado, con más de cien títulos y una historieta que alcanzó un tiraje de un cuarto de millón de ejemplares por semana, cualquier otro se habría refugiado en ese mismo éxito para repeler a quien retara o cuestionara sus postulados.
Sin embargo, don Eduardo tuvo el valor de tragarse su orgullo y el buen gusto de detallar por qué la utopía comunista era... pues eso, una jodida utopía. Por no mencionar que mientras la farsa comunista se sostuvo, fue a costa del sufrimiento, las privaciones y no pocas veces de la muerte de la población que padeció a estos regímenes (y hasta el día de hoy, si consideramos a Cuba como el último fétido aliento de las dictaduras del círculo soviético); además del desmantelamiento de los sistemas productivos de cada país.
En cada caso, la élite del partido, del buró, del oficialismo, vivió como realeza mientras lanzaba puntuales arengas a su población para que “resistiera”... Resistir las carencias (“son culpa del capitalismo, no de la incompetencia del régimen para manejar la economía”); resistir la propaganda (“no consuman la cultura enajenante de EU”); resistir la falta de democracia (“no la necesitan por ahora... Ya nomás que se muera el líder –a los 100 años– y nombre a su sucesor por otros 40, entonces sí, ¡elecciones libres!”).
Y aquí es donde se vuelve necesario aclarar (porque parece que a muchos les escuecen las neuronas sólo de considerarlo): calificar al comunismo como el fracaso que es, uno que cayó por el peso de los errores de su propio diseño, no significa adorar al modelo democrático-capitalista incondicionalmente. ¡Si hasta la democracia es imperfecta y falible, que no lo vaya a ser el capitalismo!
Mucho menos significa rendición absoluta hacia las políticas estadounidenses (lo que a su vez tampoco quiere decir que haya que abrazar un antiyanquismo de secundaria). ¡Carajo! Es que pareciera que si no militas en algún extremo radical, simplemente no estuvieses en la discusión.
Ni tampoco quiere decir que esté peleado con la izquierda, en tanto que significa política social (no clientelismo), libertad de pensamiento (no propaganda), justicia social, no mariguanadas comunistas revolucionarias.
¿En qué estábamos? ¡Ah, sí!
Volviendo a Rius, fue en los noventa que fundó El Chamuco, como un esfuerzo de sátira política abiertamente de izquierda e identificado con el PRD, concretamente con el Cardenismo del “Inge” Cuauhtémoc.
¿Qué hacía entonces? Criticar al poder, desde luego: a un régimen priista que se negaba a ceder espacios, a democratizarse, a transparentar el ejercicio público, a ciudadanizar las elecciones y el órgano electoral. Lo haría cualquier comunicador honesto entonces y ahora, vaya.
Y aunque apoyó al movimiento que a la postre llevó al poder a López Obrador (por un natural anhelo de alternancia y la identificación con los valores de izquierda que se supone abanderaba el macuspano), el monero no tuvo empachos para expresar la desconfianza que le provocaba aquel eterno candidato, sobre todo por los dos rasgos que mejor lo definían y marcaron su sexenio: terquedad y autoritarismo.
Murió Rius un año antes del triunfo obradorista, por lo que ya no alcanzó a confirmar que sus suspicacias estaban más que justificadas.
No me imagino a un Rius hoy respaldando al régimen, avalando la indignidad rastrera de sus colegas de El Chamuco, justificando la línea editorial de La Jornada, la dupla propagandística de Jenaro Villamil y Jesús Ramírez o celebrando ese despropósito de desinformación que es cada Mañanera.
No me lo puedo imaginar hablando, como hacen tantos medios y “comunicadores” de cualquier pendejada como no sea la narco-cracia. Tampoco lo imagino apelando al “antiyanquismo” (que vaya que don Eduardo fue el crítico número uno del imperialismo) para plañir intervencionismo con tal de mantener a salvo a la élite criminal morenista.
No lo veo olvidando tan fácil Teuchitlán, la Línea 12 o el Tren Interoceánico.
No me lo creería celebrando la “Ajolo-Brugadización” de una CDMX que adolece por falta de mantenimiento en toda su infraestructura.
No lo concibo quemándole incienso al terrateniente de La Chingada, ni ciego ante el enriquecimiento sospechoso de todos sus allegados, menos aún justificando que se le provea oxígeno (miles de millones en combustible, mercancías y transferencias) a la dictadura cubana para mantener con vida al decrépito régimen, si él mismo abjuró de éste desde el siglo pasado, en 1994, con la publicación de “Lástima de Cuba”, donde confesó todo su desencanto y decepción por esas cosas en las que con más convicción creyó en su vida.
El viejo monero me sigue dando lecciones de congruencia, a casi una década de su partida.