José García Rodríguez: dos pasiones

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/

Ese quehacer de ser maestro no cesó sino con su muerte, en 1948, siendo director por tercera ocasión del Ateneo, la institución que más amó

Dos fueron las actividades principales a las que don Pepe consagró su vida: la educación pública y los libros. No sólo fue un gran lector, sino un hacedor de libros, un escritor y poeta. Una y otra fueron las pasiones que normaron su vida y las cultivó con tesón y ahínco.

Sus servicios a la educación pública de Coahuila rindieron fruto extraordinario. En ese ámbito, obtuvo innumerables logros y beneficios, así como los consiguió para las instituciones que tuvo a su cargo, los maestros que trabajaron en ellas y los estudiantes que formó. Don Pepe fue maestro porque su vocación fue la enseñanza y a ella consagró su vida. Asumió por primera vez la cátedra en 1893, en el Ateneo Fuente, cuando tenía su sede en el lado sur de la placita de San Francisco.

https://vanguardia.com.mx/opinion/las-escuelas-de-verano-para-extranjeros-en-saltillo-IB21201090

Ese quehacer de ser maestro no cesó sino con su muerte, en 1948, siendo director por tercera ocasión del Ateneo, la institución que más amó. Sirvió durante 55 años a la educación coahuilense. En ella dejó su simiente, y hoy todavía el Ateneo levanta su cosecha año con año, en cada generación ateneísta. Aun cuando no alcanzó la fundación de la Universidad Autónoma de Coahuila, la visión y los méritos del antiguo director del Ateneo Fuente debieran merecerle, con toda justicia, el título de precursor de la misma.

Vayamos ahora a su otra pasión: la vocación literaria. José García Rodríguez es uno de los mejores creadores de la literatura coahuilense del siglo 20. Prosista de expresión clara y sencilla, poeta de expresión sincera y mesurada, ejemplo y guía para la pléyade de escritores que, bajo su sombra, se formaron en el Ateneo Fuente en la última década del siglo 19 y las primeras del 20: Margarito Arizpe, Felipe Sánchez de la Fuente, Salvador González Lobo, Jesús Flores Aguirre, Federico González Náñez, el Abate Gámez, Fidencio Flores, Raymundo de la Cruz López, Florencio Barrera Fuentes, Rafael del Río, Agustín Isunza Aguirre, José Rodríguez Garza, Santiago Roel, sólo por nombrar algunos.

Políticos, universitarios, maestros, historiadores, poetas, todos los intelectuales de entonces, dedicaron al Maestro palabras que lo describen con exactitud. No necesitaron muchas el poeta Jesús Flores Aguirre y el primer rector de la Universidad, don Salvador González Lobo, para retratar a don Pepe con una pincelada: “Impacto de luz, espejo de amistad, palabra justa, camino y verdad fuente de vida”, escribió Flores Aguirre. Y González Lobo, entre muchas otras, le dedicó estas palabras: “García Rodríguez alcanzó la condición del hombre y la dimensión del sabio”.

Del estudio de su vida y su obra literaria se desprenden dos lecciones fundamentales. La primera se resume en la expresión: “Lo mejor de ser maestro es enseñarle al alumno a no necesitar del maestro”. La segunda lección es relativa al oficio del escritor, mucho más cuando se es de estilo costumbrista: “Los personajes no tienen que ser inventados por el escritor: en su entorno están los mejores tipos para hacerlos protagonistas de una obra literaria; a nuestro alrededor están los personajes que necesitan una novela, un cuento, una obra de teatro y, desde luego, una anécdota de la vida cotidiana en una pequeña ciudad de provincia, tal como fue el Saltillo de la primera mitad del siglo pasado”.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/el-hombre-que-dejo-su-vida-en-el-ateneo-fuente-de-saltillo-YK6084076

Termino con algunas palabras de las que ante su tumba pronunció otro gran maestro, Ildefonso Villarello Vélez, al día siguiente de su partida, durante su inhumación: “Abierto el corazón, el alma alerta, nada quiso guardar para sí mismo, y su vida entregó, su pensamiento, su esperanza, su fe, y derramó sus bienes en las riberas de su vida para, en otros seres, en otras vidas, prolongarse en el eterno devenir de la Creación. Así vivió el Maestro. Así, abnegadamente, entregóse el amigo. Así, calladamente, cumplió el hombre”.

El peso de esas palabras: “hombre, amigo, maestro”, dedicadas por un maestro a otro, Villarello a García Rodríguez, las vuelve más que calificativos, epítetos cabales.

Profesora de Lengua y Literatura Española. Dirigió el departamento de Difusión Cultural de la Unidad Saltillo de la UAdeC. En 1995 fue invitada por la Universidad Tecnológica de Coahuila, unidad Ramos Arzipe, para encargarse del área cultural, que incluía la formación del Centro de Información y cuatro años más tarde vendría la fundación del Centro Cultural Vito Alessio Robles, recinto que resguardaría la biblioteca de su padre, y donde hasta hoy labora.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM