La alternancia que viene entre inflación y deflación

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 9 abril 2026

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán alteró el tránsito naval por el estrecho de Ormuz, que normalmente equivale a más o menos un 20 % de los 100 millones de barriles que demanda el mundo cada día

Por Dambisa Moyo, Project Syndicate.

LONDRES- Vivimos un momento excepcional, donde dos potentes fuerzas empujan los precios en direcciones opuestas. Los mercados tienen ante sí a un mismo tiempo la amenaza inmediata de un aumento de la inflación como resultado de conflictos y tensiones geopolíticas y el riesgo de que la inteligencia artificial genere deflación en un horizonte temporal más largo.

A principios de este año, la existencia de inventarios de petróleo relativamente abundantes y un amesetamiento de la demanda global llevaban a muchos analistas a predecir precios cercanos a 50 dólares por barril. Pero ahora el mercado de futuros del Brent superó los 100 dólares, y hay quien pronostica precios de hasta 150 dólares.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán alteró el tránsito naval por el estrecho de Ormuz, que normalmente equivale a más o menos un 20 % de los 100 millones de barriles que demanda el mundo cada día. De modo que esta es la mayor crisis de suministro en la historia del mercado mundial de petróleo. En comparación, el embargo petrolero árabe en 1973, la Guerra del Golfo en 1990 y la invasión rusa de Ucrania en 2022 redujeron el suministro mundial un 7 %, 6,5 % y 3 %, respectivamente.

No sólo han subido los precios del petróleo y el gas natural más de un 30 % desde que empezó la guerra, sino que la perturbación se trasladó a todo el complejo de los commodities, con efectos que van de los fertilizantes (de los que un 30 % pasa por el estrecho) y el polietileno (50 %) usado en la producción de plástico hasta el helio (alrededor del 33 %), un insumo crítico para los semiconductores y, por tanto, para la revolución de la IA. También aumentaron enormemente los costos globales del transporte naval y sus pólizas de seguro, lo que convierte a la guerra contra Irán en la mayor amenaza para el comercio marítimo y las cadenas de suministro desde la COVID‑19. Y la destrucción de infraestructuras físicas en curso puede aumentar la persistencia de los efectos. Qatar estima que la reconstrucción de ciertas instalaciones de gas natural licuado puede llevar hasta cinco años.

Las derivaciones a largo plazo de estas pérdidas ya aparecen en las revisiones de las perspectivas de inflación y tipos de interés. La OCDE ahora prevé una inflación del 4.2 % en Estados Unidos, más de 200 puntos básicos por encima de la meta del 2 % de la Reserva Federal. Un aumento de la inflación supone consecuencias negativas evidentes para las empresas, cuyos márgenes se comprimirán, y para los consumidores, que verán una merma de su salario real (deflactado).

En tanto, el mercado pasó de cotizar una o dos bajadas de tipos de interés de la Fed este año a anticipar una posible subida. Claro que la Fed podría considerar esta crisis de precios de la energía como algo “transitorio” y evitar un endurecimiento monetario; pero también será consciente de que la perturbación generalizada del suministro de commodities puede ser prolongada.

En cualquier caso, una subida de tipos incidiría en las decisiones de asignación de capital de las empresas, en la emisión de deuda y en las estructuras de cartera. Estados Unidos ya tiene un cociente deuda/PIB superior al 100 %, y al tener sus títulos públicos vencimientos relativamente más cortos, está más expuesto a una crisis fiscal como resultado del aumento de tipos de interés.

Además, los tipos hipotecarios a 30 años en Estados Unidos ya están por encima del 6 %, de modo que un escenario de mayor inflación puede ser muy perjudicial para el mercado inmobiliario. Los rendimientos de los bonos aumentaron y las cotizaciones de las acciones cayeron, pero hay que ver hasta dónde llegarán estos ajustes de precios (mucho dependerá de la duración del conflicto y del nivel de daño a las infraestructuras).

En última instancia, el efecto de los aumentos de precios a corto plazo y de las concomitantes subidas de tipos sería más destrucción de la demanda (menos gasto), con una recesión como resultado posible. Por supuesto, el grado de impacto dependerá de la respuesta de los gobiernos a las perturbaciones en los mercados de commodities y de la disposición de las autoridades a aceptar una caída de la demanda agregada con los consiguientes efectos macroeconómicos negativos.

Lo que nos lleva a la posibilidad de una deflación a medio y largo plazo. El avance de la IA y de las tecnologías relacionadas puede abaratar la mano de obra, los commodities y tal vez incluso bienes públicos como la educación y la sanidad. De hecho, una variedad de bienes (muebles y accesorios domésticos, televisores, software, servicios de telecomunicaciones, etc.) ya registraba un veloz descenso mucho antes de la llegada de los grandes modelos de lenguaje (como demostró Mark J. Perry, del American Enterprise Institute, en 2018). Ahora la IA promete acelerar la tendencia.

En concreto, la IA y la robótica basada en IA pueden provocar una reducción significativa de la necesidad de trabajadores humanos. Un informe reciente de Goldman Sachs sugiere que dejando a un lado la posibilidad de que la inminente era de la IA cree nuevos tipos de empleo, hay unos 300 millones de puestos de trabajo a tiempo completo que mientras tanto están en riesgo. Asimismo, el capitalista de riesgo Vinod Khosla (inversor en OpenAI) sostiene que la IA podrá hacer el 80 % de los trabajos en 2030, lo que en la práctica supone automatizar buena parte de los 15 billones de dólares que vale el mercado laboral estadounidense.

Incluso si el impacto resultara mucho más pequeño, los efectos de segundo orden alentados por la IA serán en esencia deflacionarios. Un aumento de la productividad impulsado por la tecnología y más sustitución de mano de obra por robots implican disminución de la renta disponible y de la demanda, y tal vez menos tolerancia a márgenes corporativos enormes, en un contexto de gasto social en expansión para los gobiernos.

Aun así, una mayor participación de la IA en la producción de bienes y servicios en áreas como la agricultura, las manufacturas, la sanidad y la educación puede generar una reducción significativa del costo de vida. Por eso Khosla propone imaginar un aumento sustancial del poder adquisitivo, de modo tal que en 2040, alguien con ingresos de entre 10 mil y 30 mildólares pueda permitirse el mismo nivel de vida que con 100 mildólares en la actualidad.

Pero un entorno tan deflacionario supone un enorme aumento de la carga de la deuda pública y privada, lo que señala en dirección a un problema mayor: dejando a un lado las perturbaciones en las cadenas de suministro durante la COVID, los inversores y líderes empresariales en general no han tenido motivos para ponerse a analizar supuestos de inflación o deflación. Si estuviéramos entrando en una era con condiciones radicalmente diferentes, es posible que no estemos preparados.

Frente a cambios de rapidez y alcance tan extraordinarios, los líderes empresariales, los directores ejecutivos y los inversores deben mejorar su comprensión no sólo de la dinámica de los precios a corto y largo plazo, sino también de sus posibles interacciones. Hay que empezar a pensar en el riesgo combinado de un aumento considerable de la inflación a corto plazo y una deflación persistente en los años siguientes. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Traducción: Esteban Flamini.

Dambisa Moyo, especialista en economía internacional, es autora de Edge of Chaos: Why Democracy Is Failing to Deliver Economic Growth – and How to Fix It (Basic Books, 2018).

Project Syndicate produce y distribuye análisis originales y de alta calidad a una audiencia global. Con contribuciones exclusivas de destacados líderes políticos, legisladores, académicos, empresarios y activistas cívicos de todo el mundo, ofrecemos a los lectores análisis e información de vanguardia.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM