La fuerza electoral de Morena
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La resiliencia electoral de Morena enlaza el beneficio material, el reconocimiento simbólico y la identidad popular con el liderazgo de Sheinbaum y la debilidad opositora
¿Cómo explicar el poder electoral de Morena, que derrotaría a la oposición en 2027? ¿Cómo entenderlo frente a sus escándalos de corrupción, nepotismo y presuntos vínculos con el crimen organizado?
Las cifras no mienten: Claudia Sheinbaum conserva una aceptación cercana al 70 por ciento; Morena obtiene entre 33 y 41 por ciento en las encuestas legislativas, y en coalición con el PVEM y el PT, entre 41.7 y 46 por ciento. Podría conservar la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. En las gubernaturas aparece como primera fuerza en 15 de las 17 entidades en juego.
¿Bastan los programas sociales y la propaganda oficialista para explicar esa fortaleza? No siempre. La 4T fue más allá: articuló beneficios materiales, reconocimiento simbólico y una identidad política.
La primera dimensión es material. Para millones de personas, Morena representa transferencias económicas directas, becas y aumentos al salario mínimo. No necesita demostrar que resolvió todas sus carencias; le basta con sostener la percepción de que su situación económica mejoró o de que, al menos, el gobierno dejó de ignorarlas como ocurría antaño.
La segunda es simbólica. Morena convirtió el beneficio económico en parte de una narrativa moral. La frase “Por el bien de todos, primero los pobres” coloca al trabajador informal, al campesino, al adulto mayor y a la población marginada en el centro de la comunidad nacional y de un proyecto alterno de nación.
Mediante las “mañaneras” y el aparato propagandístico oficial, Morena comunica que esos sectores son dignos, honestos y fundamentales para la nación. Los resignifica como “pueblo con derechos que exige justicia y dignidad”, no como simple “capital humano” o “población objetivo”, como los identificaba el lenguaje neoliberal.
La tercera dimensión es política: la construcción de una identidad popular. Morena formó una coalición con las mayorías situadas fuera del “círculo rojo” de medios, analistas y redes que nutren principalmente a clases medias y altas.
Lo hizo conforme al manual del neopopulismo: organizó una narrativa sencilla, dicotómica y polarizante. Trabajadores, pobres y adultos mayores contra las élites prianistas; personas olvidadas contra los gobiernos neoliberales; beneficiarios de derechos sociales contra defensores de privilegios; nación y soberanía contra intereses extranjeros; transformación contra restauración conservadora.
Esa simplificación construyó una narrativa culturalmente hegemónica, arraigada en el sentido común de amplios sectores, en la cual el sujeto central es el pueblo; el adversario es la élite conservadora, prianista y aliada de Estados Unidos; la misión histórica consiste en continuar la transformación.
Por ello, cualquier escándalo morenista choca contra una pared ideológica: “Son ataques de la mafia del poder”; “quizá exista corrupción, pero sigo recibiendo mi apoyo”; “Morena no es ideal, pero quieren jodernos a nosotros”; “los conservadores pretenden recuperar sus privilegios”, y “la Presidenta defiende nuestra soberanía”.
La resiliencia electoral de Morena enlaza el beneficio material, el reconocimiento simbólico y la identidad popular con el liderazgo de Sheinbaum y la debilidad opositora. Su verdadera fuerza no depende únicamente de los recursos que distribuye, sino del significado cultural y político que ha conseguido otorgarles para construir una sólida hegemonía política en alianza con “los de abajo”.