Redes sociales y trastornos mentales
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El cerebro de los adolescentes es muy receptivo a la comparación social, a la necesidad de pertenencia y a la búsqueda de aprobación
Desde hace unos años se ha advertido que las redes sociales empeoran el bienestar de los adolescentes, pero lo que viene a continuación es más perturbador: su uso también se asocia con trastornos mentales que requieren tratamiento clínico; no es únicamente una tristeza pasajera.
Un amplio estudio británico con más de 3 mil adolescentes de 11 a 19 años mostró que quienes contaban con un diagnóstico de trastorno mental (depresión, ansiedad, de conducta, TDAH, etcétera) pasaban más tiempo en la red que quienes no tenían ninguno. Estos jóvenes, además, se sentían menos satisfechos con el número de amigos en línea y reportaban una mayor comparación social y respuesta emocional a los comentarios, “likes” y reacciones. Es decir, no sólo las usan más, también les afectan más.
La psicóloga Jean Twenge, de la Universidad Estatal de San Diego, ha enfatizado que, durante muchos años, numerosos estudios se limitaron a medir el “bienestar psicológico”, entendido como estar menos bien o poco satisfecho con la vida, a través de cuestionarios aplicados a los participantes. Parte de la crítica provenía del hecho de que esto no se relacionaba con enfermedades mentales clínicas. No obstante, estudios más recientes demuestran que también se observa una relación al emplear definiciones más formales (diagnósticos, autolesiones, pensamientos suicidas, etcétera). En otras palabras, no estamos hablando simplemente de adolescentes “descontentos”, sino de aquellos cuadros que llegan al consultorio o al hospital tras intentos de suicidio.
En este estudio, los adolescentes con trastornos emocionales (depresión, ansiedad, entre otros) son quienes presentan diferencias más acentuadas: pasan más tiempo en redes sociales, se comparan más con los demás, sienten que la retroalimentación recibida (“likes” o comentarios) afecta fuertemente su estado de ánimo y están menos satisfechos con sus amistades virtuales.
¿De qué deben preocuparse los padres? El cerebro de los adolescentes es muy receptivo a la comparación social, a la necesidad de pertenencia y a la búsqueda de aprobación. Las redes ofrecen una incesante corriente de imágenes idealizadas de vidas “perfectas” que invitan constantemente a compararse; para un adolescente vulnerable, esto se traduce en un aumento de la autocrítica, la insatisfacción corporal, la ansiedad y la desesperanza.
Muchos adolescentes mencionan que sienten que “no pueden dejar” el celular, que pierden el control del tiempo que pasan en línea y que su estado de ánimo parece estar relacionado con las circunstancias de sus redes sociales. Esto no quiere decir que todos los jóvenes que usen redes sociales tendrán un trastorno mental, pero es verdad que un uso intenso y descontrolado incrementa el riesgo, sobre todo en los casos mencionados o en personas con un historial de problemas emocionales. Ni hablar de que hacer la pregunta: “¿Cuántas horas dedicas tú al celular?” no es suficiente para comprender lo que implica el uso de las redes: si una persona colide en la comparación constante, si se siente peor al navegar, si su estado de ánimo depende de la respuesta recibida tras la interacción.
¿Qué pueden hacer concretamente los padres?
• Establecer límites claros de tiempo y horarios (por ejemplo, no usar el celular en la habitación al acostarse).
• Observar cambios: mayor aislamiento, irritabilidad, autolesiones, la aparición de un comentario de peligro (por ejemplo: no querer vivir, sentirse inútil o con ganas de desaparecer). En este caso hay que acudir de inmediato a un profesional.
• Hablar de lo que pasa en las redes (el contenido que ven); de cómo se sienten con respecto a ellas (cuando están presentes, intentan usarlas, se sienten más satisfechas con eso) o qué cosas les hacen mal.
• Ofrecer alternativas: deporte, arte, actividades en grupo, tiempo en familia sin pantallas.
• Proporcionar un ejemplo de uso moderado del teléfono.
La conclusión de esta nueva generación de estudios es contundente: las redes sociales no son una variable neutral en la vida mental del adolescente y, de hecho, en muchos casos favorecen trastornos clínicos graves. Al hablar con los padres, no se nos enseña a vivir con miedo ni a acallar la realidad, sino a acompañar (tal como en este caso), a poner límites razonables y a tener en cuenta con seriedad que algo está ocurriendo.