La pasión no se hereda, se contagia
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Don Leo tiene una particularidad: no es una familia que lleva cien años produciendo vino de la misma manera, sino la historia de una familia empresaria que honró sus raíces atreviéndose a innovar hasta posicionarse en la industria del vino
El sábado pasado estaba trabajando en Saltillo cuando me enteré de que se celebraba la onceava Vendimia de Viñedos Don Leo, en Parras. Ya conocía la bodega y no me la quería perder.
El problema fue que me enteré con muy poca anticipación: las entradas estaban completamente agotadas.
Llamé a mi amigo Juan Ramón Cárdenas, chef y fundador de Don Artemio, para ver si podía ayudarme. Hizo algunas llamadas y finalmente apareció una entrada de una persona que no podría asistir.
Así fue como terminé viajando a Parras con Juan Ramón y con su hijo Rodrigo.
Mientras recorría el lugar, entre casi 2 mil personas, pensaba en algo que veo permanentemente en mi trabajo con empresas familiares.
Muchos pueden fabricar un buen producto. Pocos consiguen crear una experiencia. Y, muchos menos, lograr que la gente quiera ser parte de ella.
Porque lo que vi ese sábado iba mucho más allá del vino.
Vi familias de Coahuila y Monterrey que habían viajado para pasar el día juntas. Amigos reencontrándose. Empresarios conversando fuera de sus oficinas. Padres e hijos compartiendo una mesa. Personas que habían reservado su lugar con anticipación para ser parte de una celebración que ya se ha convertido en un verdadero punto de encuentro.
Y ahí hay, para mí, una enseñanza empresarial interesante.
Innovar no siempre significa inventar un nuevo producto o incorporar la última tecnología. A veces significa entender que alrededor de un producto se puede construir una experiencia, contar una historia y generar un espacio al que las personas quieran regresar.
Don Leo tiene, además, una particularidad que hace que el caso sea especialmente interesante para quienes trabajamos con empresas familiares. No estamos hablando de una familia que lleva cien años produciendo vino de la misma manera. Estamos frente a una familia empresaria que, honrando su origen y su historia, se animó a construir algo nuevo y, en relativamente pocos años, logró ocupar un lugar relevante en la industria del vino mexicano.
Y esto toca uno de los grandes desafíos de cualquier empresa familiar.
Una empresa se hereda. Las acciones se heredan. Un apellido se hereda. La pasión, no.
No existe protocolo familiar, testamento ni estructura societaria capaz de garantizar que la siguiente generación sienta por la empresa lo mismo que sintieron quienes la construyeron.
La pasión funciona de otra manera. Se transmite viendo. Se despierta participando. Y, fundamentalmente, se contagia.
Ese sábado hubo un pequeño detalle que me hizo pensar justamente en eso.
Durante el día tuve la oportunidad de conversar, en distintos momentos, con Arturo Mendel y con sus hijos Arturo, David y Sofía.
Los vi trabajando. Los vi disfrutando. Y, sobre todo, los vi siendo anfitriones.
Lo curioso fue que los cuatro, cada uno por separado, terminaron haciéndome prácticamente la misma pregunta:
“¿Cómo la estás pasando?”.
Al principio no reparé demasiado en eso. Pero cuando escuché la misma pregunta por cuarta vez, entendí que ahí había algo.
No estaban juntos. No se habían puesto de acuerdo. No parecía existir un guion que indicara qué había que preguntarle a cada invitado.
Simplemente les salía.
Después de tantos años trabajando con familias empresarias, aprendí que los valores más importantes de una familia rara vez son los que aparecen escritos en una pared.
Los verdaderos valores se reconocen en las conductas.
Los hijos observan cómo su padre recibe a una persona, cómo trata a un colaborador, cómo enfrenta una dificultad, cómo habla de un cliente o cuánto orgullo siente por aquello que construyó.
Y muchas veces, sin que nadie organice una reunión para explicárselo, empiezan a hacer lo mismo.
Eso es cultura familiar.
Pero también es la manera en que se contagia la pasión.
Es muy difícil que un hijo se apasione por una empresa si durante toda su infancia escuchó a sus padres quejarse de ella; si la empresa fue siempre el problema que llegaba a la mesa familiar; o si crecer significaba simplemente prepararse para cargar algún día con esa responsabilidad.
La pasión aparece más fácilmente cuando los hijos ven a sus padres disfrutar de lo que hacen, cuando perciben orgullo, cuando participan, cuando conocen la historia, pero también cuando sienten que tienen espacio para construir la propia.
Tal vez por eso me resultó tan interesante que una celebración alrededor del vino terminara haciéndome pensar mucho más en las personas que en el producto.
Esa tarde había llegado con Juan Ramón y Rodrigo Cárdenas, padre e hijo. Sin buscarlo, terminé compartiendo una gran celebración con una familia empresaria mientras observaba a otra.
Y a nuestro alrededor había cientos de familias haciendo exactamente eso: encontrándose.
Quizás ahí esté una de las claves de las empresas familiares que consiguen trascender.
No se trata de pedirles a los hijos que continúen lo que hicieron sus padres. Tampoco de esperar que amen automáticamente una empresa simplemente porque llevan el mismo apellido.
Se trata de construir algo de lo que quieran formar parte.
De permitirles encontrar su lugar. De dejarles espacio para innovar. De compartir una historia sin obligarlos a repetirla.
Cuando me fui de Parras, pensé nuevamente en aquella pregunta que había escuchado cuatro veces durante el día:
“¿Cómo la estás pasando?”.
Cuatro personas. Dos generaciones. La misma preocupación genuina por la persona que tenían enfrente.
Hay patrimonio que se hereda. Hay responsabilidades que se transmiten. Hay valores que se enseñan con el ejemplo.
Pero la pasión funciona diferente.
La pasión no se hereda; se contagia.
Y cuando algo sale del corazón, es difícil que no tome vuelo.