La utilidad de lo inútil: En defensa del sosiego y la cultura
El humano moderno, al ir con prisa y urgencia por la vida, no tiene tiempo para escuchar atentamente una obra que requiere de más de 10 minutos de su concentración
Ante la incesante vorágine utilitaria de la rentabilidad económica en Occidente, que infesta cada vez más a las distintas áreas de la experiencia humana, el filósofo italiano Nuccio Ordine (1958-2023) reaccionó con su libro “La Utilidad de lo Inútil” (2013). En su ensayo, Ordine nos invita a reflexionar sobre el valor de aquellas actividades que realizamos sin que medie un lucro, como la cultura, el disfrute del arte en todas sus formas y la contemplación de la naturaleza.
El pensador italiano medita sobre el extravío cultural del humano contemporáneo, ya que debido a la urgencia que tiene por resolver las faenas cotidianas, omite pausar el ajetreo, aunque sea por unos momentos al día, para gozar de las delicias estéticas de la vida: “El hombre moderno, que ya no tiene tiempo para detenerse en las cosas inútiles, está condenado a convertirse en una máquina sin alma”.
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Para ejemplificar el valor de lo “inútil” (entendido económicamente), el ensayista recurre al caso literario del joven Jim Hawkins, protagonista de la novela de piratas “La Isla del Tesoro” (1883), de Robert Louis Stevenson. En su disquisición, Ordine comenta que una vez que Hawkins ha encontrado el tesoro escondido, su reacción es sorprendente y contrasta con la naturaleza pecuniaria del dinero y sus efectos más comunes en las personas. En lugar de excitarse por la riqueza adquirida, se maravilla por la belleza de la plétora de monedas de distintos orígenes que tiene ante sí. No es su valor de cambio lo que lo apasiona, sino los méritos históricos y artísticos de éstas:
“Creo que pocas veces he tenido mayor placer que el que me proporcionó la clasificación de aquellas monedas. Inglesas, francesas, españolas, portuguesas, del rey Jorge, luises, doblones, y guineas de a dos, moidores y cequíes, retratos de todos los monarcas europeos durante los últimos cien años, raras monedas orientales que mostraban extraños haces de cuerdas o trozos de tela de araña, monedas redondas y cuadradas, monedas con un agujero en medio, como para llevarlas colgadas del cuello; todas las monedas del mundo, según creo, estaban representadas en aquella colección”.
La conclusión es evidente: es el ser y no el tener lo que enriquece. En este tenor, merece la pena comentar dos hechos recientes.
La compositora mexicana Gabriela Ortiz ganó el Grammy en distintas categorías por segundo año consecutivo, incluyendo a la “mejor composición clásica contemporánea” por “Dzonot” (“abismo” en maya y de donde se deriva la palabra “cenote”). Esta obra evoca la mística de los cenotes y en la coyuntura actual cobra un significado ecológico frente a la destrucción desmedida de nuestro patrimonio natural, provocada por la insaciable maquinaria de la industria turística en el sureste mexicano. El único otro compositor que ha sido galardonado en años consecutivos en este rubro es Ígor Stravinski (1961 y 1962).
Sus otros dos Grammys fueron por “Yanga”, como mejor álbum en su género y como mejor interpretación por un coro. Esta composición usa percusiones africanas para darle vida a su tema extramusical: la lucha por la libertad encabezada por el esclavo africano Gaspar Yanga en Veracruz. Con estos galardones, suma seis Grammys entre 2025 y 2026.
En Spotify, “Yanga” cuenta con 32 mil reproducciones y el primer movimiento de “Dzonot” (el más escuchado de los cuatro que lo componen), 15 mil reproducciones. Prácticamente, nada.
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Mientras tanto, la Orquesta Filarmónica de Boca del Río –compuesta por 60 músicos y fundada en 2014 por el director Jorge Mester– está a punto de extinguirse por la negligencia de las autoridades municipales. El contrato para su funcionamiento y el pago de los músicos, en el cual colaboraban tanto el municipio de Boca del Río y el de Veracruz, se venció y ninguna de las dos alcaldías tiene el interés de renovarlo. De ahogarse en la burocracia presupuestal, se privaría a cerca de un millón de personas de una oferta musical sinfónica de alto nivel.
Aludo a estos hechos para reflexionar sobre lo que Ordine nos mostró bajo su pluma: el humano moderno, al ir con prisa y urgencia por la vida, no tiene tiempo para escuchar atentamente una obra que requiere de más de 10 minutos de su concentración, para advertir las sutilezas, el desarrollo y los cambios en el lenguaje musical con los que un compositor busca provocar emociones o compartirnos su mensaje sin necesidad de palabras. Asimismo, existe una apatía cultural en algunas autoridades que evitan el desarrollo de una política cultural.
¡Escuchemos!
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