Las cámaras de eco... cuando escuchamos lo que queremos

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Opinión
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Cuando un gobernante confunde la crítica con una ofensa y los ciudadanos equiparan la lealtad con la razón, la democracia pierde su capacidad de deliberar

Hay una costumbre cada vez más extendida en la política: escuchar únicamente a quienes nos dan la razón y descalificar a quienes se atreven a pensar diferente. Si bien no es un fenómeno nuevo, las redes sociales le han dado una dimensión extraordinaria. Hoy podemos vivir rodeados de información, opiniones y argumentos, sin exponernos realmente a una idea que contradiga nuestras convicciones.

A este fenómeno se le conoce como cámaras de eco, espacios informativos donde las personas reciben, comparten y refuerzan principalmente ideas que coinciden con sus propias creencias. Los algoritmos pueden contribuir a reforzar estas preferencias, pero también interviene nuestra propia disposición a escuchar aquello que nos resulta cómodo.

La opacidad de los gobiernos en México

El problema comienza cuando confundimos la repetición con la verdad y la coincidencia con la razón. Las cámaras de eco no implican necesariamente que toda la información que circula en ellas sea falsa. El riesgo aparece cuando dejamos de contrastar fuentes, rechazamos las opiniones contrarias sin examinarlas y convertimos nuestras convicciones en certezas incuestionables. En política, esta dinámica puede ser especialmente perjudicial: la afinidad partidista termina imponiéndose sobre el pensamiento crítico. Los aciertos del gobernante se celebran, sus errores se justifican y las críticas se interpretan como ataques personales. ¿Le late?

Un ejemplo reciente lo encontramos en la controversia sobre el Rodeo Saltillo. Ante los cuestionamientos, aparecieron expresiones como “acomplejados”, “mediocres” y “grillos” para referirse a quienes manifestaron su desacuerdo. Más allá de las posibles ventajas económicas o turísticas del proyecto, conviene preguntarse: ¿desde cuándo cuestionar una decisión gubernamental se convirtió en motivo de descalificación? En una “democracia a la mexicana”, el agravio y la imposición son normales; en una democracia plena, los ciudadanos tienen derecho a exigir transparencia y rendición de cuentas.

Una inversión pública puede ser conveniente o inconveniente. Puede generar beneficios o resultar cuestionable por sus costos y prioridades. Precisamente por eso debe discutirse. Pero los gobernantes en México no tienen esa costumbre. El consenso no entra en su horizonte existencial; la imposición es lo suyo.

Los gobiernos tienen derecho a defender sus iniciativas, pero también la responsabilidad de explicar sus decisiones. Y los ciudadanos tienen la facultad de cuestionarlas sin que sus opiniones sean reducidas a una supuesta incapacidad para comprender el desarrollo. Esa es la democracia, o algunos no la entendimos bien. Si un proyecto representa una oportunidad económica, corresponde exponer sus beneficios, justificar sus costos y presentar elementos que permitan evaluar sus resultados esperados. Si existen objeciones, deben examinarse por sus argumentos, no descartarse por la identidad o las motivaciones que se atribuyen a quienes las expresan.

El episodio no demuestra por sí solo la existencia de una cámara de eco, pero permite observar un riesgo para la deliberación pública: que la discusión sobre las razones a favor o en contra de una decisión termine desplazada por la descalificación de quienes participan en ella.

La pregunta deja de ser si un proyecto está suficientemente justificado y se transforma en una disputa sobre quién tiene legitimidad para criticar y quién merece ser escuchado. El asunto adquiere especial relevancia al recordar el artículo 6 de nuestra Constitución, el cual protege la libre manifestación de las ideas y garantiza el acceso a la información pública, gubernamental, oportuna y plural. No se trata de una concesión de los gobernantes ni de un privilegio reservado para quienes coinciden con ellos; es un derecho fundamental que permite cuestionar al poder, confrontar decisiones y participar en los asuntos públicos.

Aquí encontramos una paradoja: defendemos la libertad de expresión, pero con frecuencia nos incomoda que otros la ejerzan para contradecirnos. Queremos pluralidad, siempre que las opiniones ajenas no cuestionen nuestras certezas. Celebramos el pensamiento crítico, excepto cuando se dirige contra el partido, el gobernante o la causa con la que simpatizamos.

Las cámaras de eco no constituyen automáticamente una violación de la libertad de expresión. Su peligro es más sutil: podemos tener el derecho de escuchar múltiples voces y, al mismo tiempo, encerrarnos voluntariamente en entornos donde sólo admitimos las que confirman nuestras ideas. La posibilidad de expresarse no garantiza, por sí sola, una cultura de escucha, apertura y deliberación.

El principio de explicabilidad en las democracias modernas

Conviene recordar –a quienes hoy gobiernan– que la democracia no exige unanimidad. Por el contrario, necesita discrepancias, argumentos y ciudadanos capaces de cuestionar incluso aquello en lo que creen. La crítica no demuestra necesariamente que alguien tenga razón, pero tampoco pierde legitimidad porque incomode al poder. Su valor debe juzgarse por los argumentos, no por la simpatía o antipatía que provoque.

El verdadero desafío no consiste en conseguir que todos coincidan en sus ideas, sino en aprender a convivir políticamente con quienes piensan diferente. Eso exige algo más difícil que defender nuestras convicciones: estar dispuestos a revisarlas.

Cuando un gobernante confunde la crítica con una ofensa y los ciudadanos equiparan la lealtad con la razón, la democracia pierde su capacidad de deliberar. Y cuando disentir se convierte en motivo de descalificación, el problema ya no es quién tiene la razón, sino quién está dispuesto a escucharla. Y sólo para aclarar: no soy grillo, ni mediocre, ni acomplejado. Así las cosas.

Profesor-investigador del Departamento de Estudios Humanísticos del Tecnológico de Monterret, campus Monterrey.

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