Las excentricidades de los emperadores
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La Real Academia de la Lengua Española (RAE) nos comenta sobre el concepto “excentricidad” y dice que consiste en actuar, pensar o expresarse de manera poco convencional, original o extraña respecto a las normas culturales, sociales y políticas dominantes. Quizá usted podría identificar a una buena cantidad de ellos, son muy notorios, su personalidad se los exige.
Su hablar es poco convencional centrados en sí mismos. Utilizan ordinariamente un lenguaje hiperbólico (exagerado), coloquial, frases cortas, repetitivas, enfáticas, apelando a las emociones más que a lo objetivo o real. Hay un desafío abierto a las normas, a los acuerdos y a los protocolos.
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Muestran una aptitud de ruptura frente a las tradiciones (políticas, diplomáticas, institucionales). Hay una referencia constante al “yo”, algo así como “qué lindo soy, qué bonito soy, como quiero, sin mí me muero y jamás me podré olvidar”; a todas luces, son más importantes que el puesto que ostentan o del rol que juegan. Hacen un uso atípico de los medios. Utilizan conductas simbólicas que responden a una lógica comunicativa y estratégica consistente. Se sienten graciosos y por supuesto, hacen y dicen lo que se les viene en gana.
En la antigüedad –particularmente en el imperio romano– las excentricidades eran de la misma proporción que el poder del que gozaban los emperadores, en el fondo, esto se debía al tema de la ausencia de contrapesos y un afinado culto a la personalidad.
Por ejemplo, Cayo Julio César Augusto Germánico –Calígula– nombró cónsul a su caballo Incitatus, le mandó construir una villa y una caballeriza de mármol y marfil y siempre lo engalanaba de piedras preciosas. Exigía al pueblo que le adoraran como dios –no al caballo, a él– y ordenaba que le hicieran sacrificios. Sus estatuas estaban a la entrada de los templos. Organizaba banquetes para los senadores con el fin de ridiculizarlos. Nombraba y destituía magistrados a su antojo. Organizaba fiestas, espectáculos y orgías exageradas; y por si algo faltara, tenía relaciones incestuosas con sus hermanas. Castigaba y ordenaba ejecuciones solo por el hecho de castigar, su frase: “Que me odien, con tal de que me teman”.
Haciendo un parangón, por 1938 Albert Camus comenzó a escribir su texto Calígula, donde refiere que los motivos de estas actitudes las sitúa en la muerte de su hermana Drusila que era su amante, de ahí su sed de venganza y su demostración fehaciente de su sin sentido por la vida (nihilismo) –retomando la crónica de Suetonio–. A raíz de esto: mata, saquea, viola, castiga y siembra el terror en el Imperio y lo compara con el nazismo de Hitler.
Más allá de su crueldad, para Camus, Calígula representa el desprecio por los valores que prevalecen en la sociedad romana de su tiempo y la adhesión a la práctica nihilista, que en realidad es lo que les ocurre a los poderosos, cuando el poder se ejerce sin límites, los resultados son un nihilismo recalcitrante cuyo sentido es la negación de toda norma, principio o valores que la sociedad ha consensuado. Una obsesión que tenía era: tocar la luna con sus manos y cambiar el curso del sol.
Otros, como Nerón, se presentaba de forma pública como actor, poeta y músico, obligando al pueblo a escucharlo. Organizaba juegos (olímpicos) donde generalmente era el triunfador. Mandó construir un palacio llamado la Domus Aurea –Casa Dorada– con lagos artificiales, paredes de oro en contraposición con la pobreza generalizada. Su forma de gobernar era lo más parecido a representaciones escénicas.
Otros como Iván el Terrible combinaban su profunda religiosidad con violencia extrema o Napoleón Bonaparte, que se coronó a sí mismo o que cuidaba obsesivamente su imagen y personalidad; o el mismo Hitler, que por su parte tenía un miedo excesivo a ser envenenado, nunca admitía interrupciones, tenía ideas fijas y todo el tiempo pensaba que conspiraban en su contra. Cuidaba obsesivamente su imagen pública entendiendo la política como una puesta en escena; era supersticioso y devoto de la astrología, el destino y el misticismo.
Haciendo un parangón con lo que hoy vivimos, la excentricidad, cuando se ejerce desde el poder, rara vez es inocente y funciona como una forma de afirmación del “yo” por encima de la ley, de las instituciones y de los acuerdos comunes. El asunto, en este caso, es que esa excentricidad ya no necesita del terror directo ni de la violencia abierta para imponerse, le basta el espectáculo permanente, el insulto, la agresión, la ironía, la burla y el desprestigio.
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Lo que se ha vivido en Davos, Suiza en esta semana, fue el escenario perfecto para seguir afirmando lo excéntrica que es la personalidad del presidente de los Estados Unidos que algunos han colocado en el marco de la desestabilidad mental; en el entendido de que la amoralidad, el nihilismo, los excesos, su forma de hablar hiperbólica y centrada en el desprecio por los acuerdos están a la base de su forma de actuar.
A diferencia de Calígula, Nerón o Iván el Terrible, quien hoy representa al país más poderoso del mundo, somete, ironiza y se aprovecha de la fuerza que representa su país y de su posición hegemónica. La personalización extrema del poder y la convicción de estar por encima de toda mediación institucional es la marca de la casa. Sus excentricidades no destruyen la ley por la fuerza, sino que la vacían de contenido mediante la burla, la exageración y la deslegitimación sistemática del otro.
Como advirtió Camus al releer a Calígula en tiempos de Hitler, cuando el poder se ejerce sin respeto por los límites, los valores y el sentido común compartido, el resultado no es libertad, sino un nihilismo político que convierte la vida pública en un escenario donde todo se vale, es lo que ahora vivimos, el riesgo estriba en que en el futuro próximo se normalice. En relación con las excentricidades de los personajes de los que por aquí se habló, cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia. Así las cosas.