Los caprichos sexenales

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Opinión
/ 8 febrero 2026

Aunque injustamente se endilga a las mujeres, es un adjetivo que podría utilizarse para muchos hombres que han ostentado una figura de poder

Por caprichos se han derrumbado economías y ocurrido guerras. Capricho, de acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, es: “La determinación que se toma arbitrariamente inspirada por un antojo, por humor o por deleite en lo extravagante y original”.

Ya en 1799, el pintor Francisco de Goya había satirizado los pecados sociales en una serie de 80 grabados que mostraban, bajo su visión crítica, la decadencia y los vicios de la sociedad española de finales del siglo 18.

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Hablemos de algunos de los caprichos de Antonio López de Santa Anna, quien cuando gobernaba Veracruz “iba y venía” a conveniencia para retirarse a descansar o trabajar en sus haciendas, o simplemente a no hacer nada, al estilo de Cristian Castro.

Cómo olvidar que en su última dictadura, en 1853, exigió que se le llamara “Alteza Serenísima”. Antes, en 1838, organizó un funeral de Estado para enterrar la extremidad que perdió en la Guerra de los Pasteles. ¿Qué habría pasado con el territorio mexicano si no hubiera sido derrocado por la Revolución de Ayutla de 1855? Pues ya había vendido el territorio de La Mesilla.

¿Y qué decir de los caprichos políticos sexenales? Vaya que los ha habido en México por parte de expresidentes, incluyendo al más reciente de los varones que han ocupado la presidencia de la República. Caprichos políticos que se manifiestan en decisiones unilaterales que ignoran estudios técnico-financieros o términos legales, con el objetivo de cumplir promesas de campaña o para hacer uso ilimitado del poder.

Recordemos a José López Portillo, y a su hijo, “orgullo de su nepotismo”, quien fungió como subsecretario en la nómina federal. Las acciones de sus mujeres llenarían un libro. Su hermana Margarita, que dirigió Radio, Televisión y Cinematografía, cuyos gustos personales influyeron en la política cultural, o a su primera esposa Carmen Romano, quien por capricho hizo gastar mucho dinero público en remodelaciones innecesarias en Los Pinos. La nacionalización de la banca que promovió este expresidente y que provocó una ola de suicidios, así como su frase “No te pago para que me pegues”, dirigida a los medios de comunicación, quedaron para la posteridad. Y es que esta persona caprichosa provocaba el capricho en su esposa Carmen Romano, con las remodelaciones en Los Pinos y la nacionalización de la banca. Y, por si fuera poco, su boda con la actriz de cine de ficheras, Sasha Montenegro.

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Luis Echeverría Álvarez decidió que la economía se iba a manejar desde la residencia presidencial de Los Pinos. Al final de su sexenio, el peso se devaluó fuertemente, con acciones previas como comprar empresas en quiebra para el sostenimiento de empleos.

Como promesa de campaña en 2018, el entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador prometió cancelar el proyecto del aeropuerto NAIM en Texcoco, que ejecutó ya como presidente tras una “consulta ciudadana” y que generó el pago de 100 mil millones de pesos en indemnizaciones. O la Refinería Olmeca, en Dos Bocas, para “apoyar la soberanía energética” –aunque globalmente las naciones que buscan ser sustentables apuestan por las energías limpias–, un proyecto que triplicó su costo inicial estimado. Y finalmente el Tren Maya, que se construyó con sobrecostos y sin estudios de impacto ambiental, sin pasar por alto la venta y rifa sin avión de la aeronave José María Morelos y Pavón.

Debo decir que la presidenta Claudia Sheinbaum me ha parecido prudente en sus decisiones político-económicas y ha salvado, hasta el momento, a México de un literal bombardeo por parte del presidente Donald Trump. Sin duda ha habido hombres caprichosos al frente de nuestra nación; entonces, el adjetivo “caprichoso” no está en el campo de las mujeres cuando ellas tienen la disposición de liderar la moral, economía y bienestar, y eso no es capricho: eso es algo heroico.

Columna: Mundo sustentable

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