Mario sabía de Aikido. Nomás no le avisaron
No podemos escoger todos los obstáculos que aparecerán en el camino. Pero sí podemos decidir qué hacemos cuando aparecen
Hoy les quiero contar un gran descubrimiento que hice; no sé la verdad si algún otro personaje pensante lo haya hecho antes, pero no me importa. Para mí, descubrí algo interesante, mágico, curioso y muy, muy chingón.
Verá usted, existen personas que creen que el Aikido se relaciona solamente con tratados japoneses, estudiar filosofía oriental durante años, mirar solemnemente hacia el horizonte mientras una hoja de cerezo cae lentamente y muchas, pero muchas caídas algo divertidas.
Y luego está Mario.
Un señor italiano de bigote que se dedica a saltar sobre hongos, tortugas y plantas carnívoras mientras intenta rescatar a una princesa que, por alguna razón, no entiendo cuál carajo es, siempre termina en otro castillo.
Y es que, aunque parezca absurdo, Super Mario Bros. tiene algunas lecciones sorprendentemente aikidokas. No porque Nintendo haya contratado a un maestro de Aikido para diseñar los niveles, sino porque Mario tiene algo en común con cualquiera que pisa un tatami: se cae muchísimo antes de aprender a moverse bien.
Y es que todo empieza desde la primera lección: no todo se resuelve de frente. Mario encuentra un Goomba, esa criaturita café, medio pendeja, con forma de champiñón, que normalmente camina de un lado a otro. ¿Qué hace? No se queda parado frente a él pensando: “Este conflicto debe resolverse mediante una confrontación directa”. Salta. Problema resuelto.
En Aikido ocurre algo parecido. Cuando una fuerza viene hacia nosotros, no necesariamente tenemos que enfrentarla con otra fuerza. Podemos cambiar el ángulo. Entrar. Girar. Desplazarnos. Utilizar el movimiento que ya existe. Eso forma parte de la lógica de Irimi y Tenkan.
Y aquí aparece una idea bastante interesante: a veces el problema no es que el obstáculo sea demasiado grande; es que estamos intentando atravesarlo exactamente por donde está. Mario no necesita ganarle una pelea al Goomba. Necesita dejar de estar en su trayectoria.
Y luego viene otra lección: el ma-ai (間合い). En Aikido existe el concepto de ma-ai, que podemos entender sencillamente como la relación adecuada de distancia y tiempo entre dos personas. Esto también existe en el Reino Champiñón. Mario sabe que no puede saltar desde cualquier lugar. Tiene que calcular distancia, velocidad y momento. Si salta demasiado pronto, cae. Si salta demasiado tarde... también cae. Mario no piensa: “Voy a establecer correctamente mi intervalo espacial y temporal”. Simplemente... salta. Después de suficiente práctica, el aikidoka busca algo parecido: que el cuerpo empiece a reconocer el momento sin tener que convocar una reunión extraordinaria del cerebro antes de mover un pie.
Otra lección que me encanta es que en Mario morir no significa que terminó el juego. Si Mario se cae. Otra vida. Lo intenta nuevamente. Se vuelve a caer. Otra vida. Y otra. Y otra.
En algún momento uno empieza a sospechar que el verdadero enemigo no es Bowser, sino la dignidad. Pero cada intento proporciona información. Ahora sabemos dónde estaba el agujero. Sabemos cuándo aparece el enemigo. Sabemos que esa plataforma aparentemente inocente es una trampa.
En Aikido pasa exactamente lo mismo. La técnica no sale. La repites. No sale. La repites. Sigue sin salir. Entonces el sensei dice: “No empujes”. Y uno piensa: “Pero si no estoy empujando...”. La repites. Y descubres que llevabas tres meses empujando. Eso también es aprendizaje. El error no siempre es fracaso. Muchas veces es información.
Pero sin duda alguna, las dos cosas más importantes que nos enseña son la gran diferencia entre saber el movimiento y saber hacerlo. Puedes saber perfectamente que Mario tiene que saltar. Pero eso no significa que puedas pasar el nivel.
En Aikido ocurre igual. Puedes aprender que ikkyo es una técnica. Que existe omote y ura. Que irimi significa entrar y tenkan implica girar. Puedes memorizar veinte nombres japoneses y pronunciarlos con una seguridad que impresione hasta al perro del dojo. Pero cuando llega el momento... el pie va para un lado, la mano para otro y el cerebro presenta su renuncia. Porque conocer una técnica y tenerla incorporada son cosas diferentes. La repetición convierte la información en experiencia. Y la experiencia, con tiempo y práctica, puede convertirse en respuesta.
Y la otra es que maravillosamente aprendemos que todo el nivel cambia cuando uno cambia. Lo interesante de Mario es que el escenario no se adapta a él. Mario tiene que adaptarse al escenario. Y eso también es una de las grandes enseñanzas del Aikido.
No controlamos todo lo que ocurre. No podemos decidir qué ataque llegará, qué persona tendremos enfrente, qué problema aparecerá mañana. Ni podemos hacer que Bowser, por fin, consiga una afición nueva. Pero sí podemos trabajar nuestra capacidad de responder. A veces habrá que entrar. A veces girar. A veces esquivar. A veces esperar. Y a veces aceptar que acabamos de caer de una plataforma por quinta vez consecutiva.
Pero... ¿qué tiene que ver esto con la vida? Aunque nunca hayas practicado Aikido y jamás hayas tocado un control de Nintendo, probablemente conoces la sensación. Hay días en que la vida parece un nivel diseñado por alguien que nos tiene bastante mala voluntad. Aparece un problema. Después, otro. Luego alguien dice algo que no debía. Se rompe algo. Sale mal un proyecto. Y uno piensa: “¿Por qué todo me pasa a mí?” Tal vez no siempre podamos cambiar el nivel. Pero podemos aprender a jugarlo mejor. A no luchar, a buscar otra solución, a esperar y también a buscar el momento adecuado, y sobre todo a no rendirse, a aprender siempre, hasta de los errores.
Eso es lo que comparten Mario y el Aikido: no se trata de evitar todos los obstáculos, sino de aprender a relacionarte con ellos de una manera diferente.
Porque quizá madurar no consiste en llegar a un punto donde nada nos derribe. Quizá consiste en aprender a caer, mirar dónde estuvo el error, levantarnos y volver a intentarlo. Mario tiene vidas limitadas. Nosotros tenemos una sola. Por eso vale la pena aprender a movernos. No podemos escoger todos los obstáculos que aparecerán en el camino. Pero sí podemos decidir qué hacemos cuando aparecen. Y si hoy la vida te puso un Goomba enfrente... no tienes que destruirlo. Quizá solamente tengas que aprender cuándo saltar. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?
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