México, tres doritos después...

Opinión
/ 28 septiembre 2021
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Hoy hace doscientos años nacíamos como nación independiente.

El 28 de septiembre de 1821 se redactó el documento fundador del Estado Mexicano, en la primera mañanera de la Historia de esta trasnochada Nación.

Y es que fue allí mismo, en el inmueble que hoy alberga al clan humorístico favorito de México después de la Familia P. Luche, los López, justo en el Palacio Nacional donde se emitió el Acta de Independencia de México en original y copia.

Así es, dos ejemplares del documento se emitieron porque es de gente previsora y sensata tener siempre copia, original o certificada, del acta de nacimiento y otra de la hoja rosa del Seguro Social, nomás por lo que se pueda ofrecer.

El destino de ambas actas, sin embargo, resultó casi profético de lo que la suerte le deparaba al País y a todos sus preciados bienes y recursos: una estuvo en resguardo en la Cámara de Diputados (era más prudente dejar al coyote cuidando de las gallinas que algo valioso a nuestra caterva legislativa) y se supone que fue destruida en un incendio acaecido en 1909.

La otra ya se la habían robado en 1830, ni pasada una década desde la fundación de esta Patria suave y chicha. Recuperada luego por el Santo Patrono de los whitexicans, Maximiliano de Habsburgo y a su muerte sustraída del País, comenzaría un peregrinaje de mano en mano entre particulares, anticuarios y gente rancia aficionada a los artículos de colección (¡pobre México! Andaba como Bart Simpson cuando perdió su alma en un trozo de papel que le vendió al Milhouse).

Finalmente uno de estos señores se apiadó de esta pobre Nación sin partida de nacimiento y se la entregó al presidente Adolfo López Mateos en 1961. Un peritaje determinó que era auténtica y ya mejor la guardaron debajo de un colchón, en el Archivo General de la Nación.

¿Por qué decía que estas actas resultaron premonitorias del devenir de la República en ciernes? Pues porque justo como todo lo bueno que tiene este País, lo que no destruyó la negligencia -del pueblo o de sus autoridades- se lo chingó, para su muy particular beneficio, alguien más vivo que los demás. ¡Dígame si no es el periplo de estas actas la síntesis de la Historia de México!

Total que en eso estaba muy ocupado México en su primer día de vida, en la redacción y firma del certificado que acreditaba su nacimiento como nación independiente:

-¿Y qué fue? ¿Un País o una Nación?

-De momento es un Imperio, pero vamos a ver si lo convertimos luego en algo más incluyente, digamos “Une Repúblique”.

-¿Y cómo le piensan poner?

-México, pero de cariño le diremos “la mera chingonada”, ¿cómo la ves?

-¡Ah!... esteee... ¿Y cuánto pesó?

-Mira, no sé qué pueda significar eso... A decir verdad no sé quién eres tú, ni quién soy yo. Creo que sólo somos una excusa narrativa para poner voz a los desvaríos del autor de esta columna.

El caso es que Iturbide muy contento y emocionado salió a dar su acostumbrada conferencia matinal (bueno, era el primer día, pero lo quería hacer costumbre) y anunció:

-¡Estamos llevando a cabo la Primera Transformación de México!

Y todos se quedaron con cara de ¿“what?” y una pregunta atorada en el gaznate (¿Cómo que “la primera”? ¿Pos con cuántas más nos van a transformar?).

-Pero eso sí les aseguro -agregó Iturbide sin que viniera al caso y sin que nadie se lo preguntará: -Que no me autonombraré Emperador.

-¡Pues debería, oh, excelso y apuestísimo don Agus!, -intervino zalamero el señor Partícula, cronista de la época.

-¡No, nada de eso! Eso es lo que andan diciendo nuestros adversarios conservadores. Pero ya pronto se les va a borrar la sonrisa, ahora que hagamos un plebiscito para enjuiciar a los virreyes.

La historia, potable lectora, lector chimengüenchón, ya la conoce usted: El tal Iturbide sí se hizo emperador y ningún pinche Virrey fue jamás enjuiciado por ningún exceso o atropello cometido durante La Colonia.

Y aquí estamos, doscientos años y tres transformaciones después, parados como entonces, en el punto de partida y sin saber bien a bien pa’ónde chingados ganar.

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