Mi réplica a Layla, Leticia y Óscar
Los espero para el segundo round
Usted se preguntará, apreciado lector: ¿quiénes son esos personajes? Le respondo: Layla y Leticia son consejeras del Instituto Electoral de Coahuila (IEC). Óscar también y, además, su encargado provisional. Nosotros pagamos, con nuestros impuestos, sus salarios para cumplir a cabalidad con “la función de organizar, desarrollar, vigilar y validar –con imparcialidad, transparencia y equidad– los procesos electorales locales en Coahuila”.
El 9 y 11 de marzo pasados, publiqué dos columnas de opinión tituladas “¿La morenización del IEC?”, que provocaron en los tres, como bien lo precisa mi compañero de página, Carlos Arredondo, un “ataque de nervios” de pronóstico reservado (VANGUARDIA: 11-04-2026).
Su respuesta, por esa misma excitación descontrolada que les obligó a jalarse los cabellos hasta sacarlos de su raíz, fue descabellada.
Los tres negaron la obviedad de su parcialidad por Morena y lamentaron el impacto de mis artículos en su inmaculada investidura institucional. Intentaron, por tanto, descalificar mis opiniones por subjetivas, irresponsables o carentes de sustento. Y me acusaron, en el colmo de su barbaridad, de “agraviar su persona, honor, imagen y reputación”. Layla, más sincera, sugirió que mis editoriales afectarían de manera directa “su desempeño institucional”.
¿Qué culpa tengo, me pregunto, de haber soplado con la ligereza del aletear de un colibrí sus delicadas personalidades? Sobre todo en un ámbito en el cual la crítica al funcionario público –desde cualquier trinchera editorial– es el pan democrático de cada día.
Por ello, en un ejercicio de autocrítica sana, con sesión de yoga previa para no afectar la etérea fragilidad de sus personalidades, les sugiero interrogarse a los tres:
¿Por qué yo, Lety, fui acusada de utilizar mi poder para “ofrecer cargos de primer nivel en el IEC a cambio de apoyo para que mi esposo, Ernesto Alfonso Rosales Arcaute, accediera al Consejo de Participación Ciudadana” del Sistema Estatal Anticorrupción?
¿Por qué yo, Óscar, decidí imponer placas para honrar a los presidentes del IEC en la Sala de Sesiones sin mencionar a ninguno de los presidentes anteriores? ¿Por qué eliminé mi carácter provisional para autoencumbrarme como consejero presidente en la placa? ¿Por qué, en el colmo de mi amor gatuno, enmarqué esa misma placa con imágenes de gatitos?
¿Por qué yo, Óscar, no me animo a publicar los nombres de mis diez asesores, con sus currículums, funciones y responsabilidades para justificar su presencia en el IEC?
¿Por qué yo, Layla, al tercer día de mi llegada al IEC y contraviniendo toda normativa institucional, solicité con carácter inmediato el análisis del desempeño de los directores ejecutivos del instituto para despedirlos y reemplazarlos con otros afines –a la trinca infernal– de la que soy parte (guiño, guiño, a Lety y a Óscar?
¿Por qué los tres alargamos el periodo de convenios de coalición –del 15 de diciembre de 2025 al 30 de enero– para dar tiempo suficiente a que Morena configurara su alianza con el PT?
¿Por qué, ante evidencia fotográfica que lo demuestra, en el momento de la entrega de dichos convenios mostramos un rostro institucional jubiloso ante Morena y sus aliados, y otro fúnebre ante el PRI y la UDC?
¿Por qué no sancionamos de inmediato a Morena por el uso de figuras públicas –la silueta de Claudia Sheinbaum– detrás de la propaganda de sus candidatos? ¿Por qué no castigamos a Morena por las precampañas de sus candidaturas únicas?
¿Por qué tuvo que venir el consejero del INE, Jorge Montaño, a Coahuila para darnos un coscorrón y ubicarnos en nuestra realidad?
¿Por qué el INE adelantó la convocatoria para desplazar a Óscar de su provisionalidad y nombrar una presidenta mujer este 2026?
Es evidente, por sus escritos enviados a VANGUARDIA, que Layla, Lety y Óscar son prófugos del pensamiento abstracto por su manera tan literal y elemental de concebirse a sí mismos y su realidad. Obvio, no hay nada de qué avergonzarse. Por ello, sin embargo, son incapaces de pensar en metáforas, ironía y/o sarcasmo para entender el estilo de mis editoriales.
Pensando en ello, fui al Mercado Juárez a comprar unas peras, manzanas y naranjas para explicarles que el periodismo editorial objetivo es un mito (tanto como su imparcialidad institucional, hasta la llegada de Montaño). Y que mis escritos editoriales, por ser de opinión, me permiten utilizar todas las figuras literarias para interpretar una realidad, influir en la opinión pública y generar debate.
Los espero para el segundo round. O, si prefieren, les hago llegar las peras, las manzanas y las naranjas.