Morena: El precio de cerrar filas
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Sheinbaum tiene un mandato propio y necesita ejercerlo también frente a los suyos. Los dirigentes que le ofrecen lealtad deberían facilitarle esa tarea
Hay lealtades que le están saliendo muy caras a Morena. Y buena parte de esa cuenta la está pagando Claudia Sheinbaum: defender al movimiento, sostener la unidad y responder por personajes que invocan al fundador cada vez que necesitan respaldo. El partido pide cerrar filas, pero queda pendiente una pregunta: ¿alrededor de la Presidenta o de los intereses que cada grupo quiere conservar?
En 2018, la posibilidad de llegar al poder alcanzaba para reunir a trayectorias distintas. En 2021, los gobiernos y las posiciones ganadas multiplicaron los compromisos. En 2024 cambió la titular de la Presidencia. Lo que no cambió al mismo ritmo fue la relación de cada grupo con López Obrador. Ahí comenzó una transición que las urnas, por sí solas, no podían resolver.
AMLO sigue teniendo un peso que no depende de un nombramiento. Está en las carreras que impulsó, en las lealtades que construyó y en la utilidad de presentarse como alguien cercano a él. Sheinbaum ha rechazado que decida por ella. La pregunta es cuánto pesa su nombre entre quienes ocupan cargos y encuentran en esa cercanía una autoridad propia.
El apoyo del expresidente a Sheinbaum tampoco significa que todos los que se dicen obradoristas estén dispuestos a aceptar cualquier decisión de su gobierno. Acompañarla resulta sencillo mientras nadie tenga que ceder. La dificultad aparece cuando toca revisar una candidatura, corregir una decisión heredada o pedir explicaciones a alguien del mismo grupo. Entonces la defensa del legado puede volverse una defensa de intereses mucho más personales.
Andy López Beltrán es el caso más incómodo. Su aspiración a una diputación coincide con los señalamientos sobre su entorno y los negocios de Amílcar Olán. Las responsabilidades legales tendrán que acreditarse, pero el problema político ya existe: cada controversia obliga al partido a salir en su defensa y a explicar por qué ese respaldo no responde al apellido.
En percepción, ahí está el daño que Andy le hace a Morena. Un movimiento que llegó ofreciendo terminar con los privilegios tiene que dedicar parte de su credibilidad a defender al hijo de su fundador. La discusión se aleja de lo que el gobierno hace por los ciudadanos y se concentra en lo que el partido debe hacer por una familia. Esa cuenta también termina en la mesa de la Presidenta.
Adán Augusto López ha defendido a Andy desde una amistad de años. El senador también está cuestionado por su gestión en Tabasco. La amistad se entiende. Lo que merece examinarse es hasta dónde esas relaciones personales condicionan la respuesta del partido. Si ante cada controversia la primera obligación es proteger al compañero, habrá que explicar cuándo empieza la responsabilidad de responder a la sociedad.
La fragmentación se ve también en las candidaturas. Tatiana Clouthier cuestiona la designación de Clara Luz Flores en Nuevo León y, al mismo tiempo, ratifica su respaldo a Sheinbaum. El episodio muestra que el partido, la Presidenta y cada grupo ya no son, para todos, una misma referencia. Se puede respaldar al gobierno y combatir una decisión de la dirigencia. La unidad admite, por lo visto, distintas interpretaciones.
Por eso las coordinaciones de 2027 importan más allá del adelanto electoral. Cada nombramiento reconoce a un grupo y obliga a otro a calcular cuánto está dispuesto a ceder. Resolver temprano puede ayudar a ordenar las diferencias; también puede darles más tiempo a los inconformes para organizarse. Una lista de coordinadores dice quién ganó. Todavía falta ver quién acepta haber perdido.
Sheinbaum tiene un mandato propio y necesita ejercerlo también frente a los suyos. Los dirigentes que le ofrecen lealtad deberían facilitarle esa tarea. Defender a la Presidenta implica algo más que acompañarla en un acto: supone aceptar que sus decisiones pueden afectar posiciones, relaciones y expectativas construidas durante el gobierno anterior. De otro modo, el respaldo termina sujeto a que todo siga igual para quienes lo ofrecen.
Desde la oposición conviene mirar esto con seriedad. Morena conserva fuerza electoral y sus diferencias internas no anuncian, por sí mismas, una derrota. La interlocución institucional con la Presidenta debe mantenerse; la crítica al partido tiene sus propias razones. Confundir ambas cosas sólo empobrece la discusión y dificulta defender los intereses de los estados.
Morena tendrá que decidir si su unidad sirve para respaldar a quien gobierna o para conservar excepciones. El respeto al fundador puede convivir con la autoridad de su sucesora. Lo que debe ponerse a prueba es la disposición de sus grupos a aceptar esa autoridad cuando les resulte incómoda. La prueba de lealtad será aceptar que la Presidenta también puede decirles que no.