No todo es inteligencia; hay que saber utilizarla

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Opinión
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Vemos cada vez más jóvenes brillantes, pero inseguros. Piensan muchísimo, pero hacen poco. Analizan muchísimas cosas, pero deciden casi nada.

Muchos padres y madres quieren que sus hijos e hijas sean inteligentes, reflexivos y analíticos. Se alegran de que cuestionen, piensen antes de actuar y quieran hacer las cosas bien. Sin embargo, hay un punto en el que esa capacidad de pensar se transforma en todo lo contrario... una trampa.

Vemos cada vez más jóvenes brillantes, pero inseguros. Piensan muchísimo, pero hacen poco. Analizan muchísimas cosas, pero deciden casi nada. Se preparan constantemente, pero no se atreven a lanzarse. Y detrás de esto hay un fenómeno que los padres y los educadores debemos comprender: la sobrecarga cognitiva y el análisis en exceso pueden provocar la falta de acción.

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La inteligencia no es un problema, sino cómo se utiliza. En su reciente artículo, “Why highly intelligent people are often miserable”, Matt Lillywhite describe cómo un buen número de personas con elevada capacidad intelectual pueden quedar atrapadas en ciclos de sobrepensamiento: revisan conversaciones una y otra vez, anticipan posibilidades, hacen comparaciones constantemente, mientras siguen en busca de la decisión perfecta.

Cuando un joven pasa mucho tiempo pensando, su cerebro entra en fatiga decisional o rumiante emocional: investigaciones de psicología cognitiva han concluido que una persona puede tomar miles de decisiones al día, pero la calidad de estas irá deteriorándose a medida que se procesa un mayor número de ellas. El resultado: fatiga, duda de uno mismo y dificultades para tomar decisiones. En otras palabras, no es culpa de la capacidad; es el exceso de control mental.

Desde la neurociencia sabemos que la explosión de las funciones ejecutivas no es producto sólo del pensar, sino también del “hacer”. La toma de decisiones se enriquece a través de su ejercicio constante. Un cerebro que únicamente toma decisiones se convierte en un experto en identificar riesgos... pero en un novato al tener que decidir.

Aquí es donde se produce el cambio de rol de los padres. Antes se pensaba que había que enseñar a los hijos a ser mejores pensadores. Hoy sabemos que también hay que enseñarles a detener esa excesiva forma de pensar y pasar a la acción. ¿Qué pueden hacer los padres?

1) Limitar las opciones; demasiadas bloquean. Ofrece sólo algunas alternativas claras para que puedan decidir mejor.

2) Poner reglas para decidir. Evita que piensen sin parar. Ejemplo: “Si cumplo tres criterios, decides y sigues”.

3) Valorar el intento, no la perfección. No esperes decisiones perfectas. Reconoce el esfuerzo, el proceso y el atrevimiento de intentarlo.

4) Ver el error como aprendizaje. Equivocarse no es fracasar. Es parte del aprendizaje del cerebro.

5) Fomentar la acción. Menos pensar, más hacer. Promueve proyectos, actividades y retos.

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Un hijo no sólo necesita pensar bien... sino que también necesita atreverse a actuar, a decidir, incluso a equivocarse, porque no se vive desde ideas perfectas, sino desde acciones imperfectas que se van repitiendo, corrigiendo y consolidando en el tiempo.

Hoy, más que formar hijos brillantes, necesitamos hijos valientes, capaces de avanzar sin tener todas las respuestas, de soportar la duda, de aprender a lo largo del camino. Como padres, no se pretende hacer del pensamiento un fin en sí mismo... sino enseñarles a no quedar atrapados en él. Porque, al final, lo que realmente transforma una vida no es lo que se piensa, sino lo que se decide hacer.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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