Nudo Gordiano: La transformación no admite simulaciones
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Cambiar un país implica modificar instituciones, leyes, costumbres y, sobre todo, la manera de pensar de la sociedad
Las grandes transformaciones de un país nunca ocurren de la noche a la mañana. Todos lo sabemos. Sin embargo, cuando nos toca vivir una de ellas solemos perder la paciencia y exigir resultados inmediatos. La historia demuestra que los cambios profundos siguen otro ritmo.
Basta recordar lo ocurrido en Turquía. Cuando Mustafa Kemal Atatürk fundó la República en 1923, heredó un imperio derrotado, con instituciones incapaces de responder a los desafíos de su tiempo. Decidió cambiar casi todo: separó al Estado de la religión, reformó la educación, sustituyó el alfabeto árabe por el alfabeto latino, impulsó las universidades y abrió espacios antes cerrados a las mujeres. No fue un proceso democrático en el sentido en que hoy entendemos. Sus métodos fueron severos y siguen siendo motivo de debate. Pero nadie puede negar que el país cambió profundamente.
Algo parecido ocurrió en China. Su transformación económica tampoco fue inmediata ni estuvo exenta de enormes costos sociales y políticos. No se trata de justificar esos métodos, sino de reconocer una realidad histórica: los cambios de fondo requieren tiempo. No se decretan y, mucho menos, pueden juzgarse al término de un solo sexenio.
México lo sabe bien. La Independencia no resolvió de inmediato los problemas nacionales. La Reforma necesitó décadas para consolidar la separación entre la Iglesia y el Estado. La Revolución tampoco terminó con la Constitución de 1917; durante muchos años persistieron la violencia, el caciquismo y viejas prácticas políticas. Cambiar un país implica modificar instituciones, leyes, costumbres y, sobre todo, la manera de pensar de la sociedad.
Hay otro cambio del que se habla poco, pero quizá sea el más importante. Durante buena parte del siglo pasado la mayoría de los mexicanos veía la política como algo lejano. Se hablaba poco del presidente, casi nada del Congreso y menos aún de las decisiones del gobierno. Hoy ocurre exactamente lo contrario. En los hogares, en los centros de trabajo, en las universidades y en las redes sociales se discute todos los días sobre política. Se cuestiona, se critica, se defiende y se participa. Se podrá estar de acuerdo o no con el gobierno, pero es difícil negar que existe una ciudadanía mucho más involucrada en los asuntos públicos. Esa revolución de las conciencias puede convertirse, con el paso del tiempo, en uno de los cambios más importantes de esta etapa.
También vale la pena mirar el cambio desde otra perspectiva. Los jóvenes que hoy estudian la preparatoria o la universidad conocen principalmente el México que les ha tocado vivir. El país de hace cincuenta años les resulta tan lejano como a nosotros nos parecía el México de principios del siglo XX. Cuando ellos sean adultos, recordarán estos años como una etapa decisiva; sus hijos crecerán viendo muchas de estas transformaciones como algo natural y sus nietos quizá ni siquiera entiendan por qué alguna vez provocaron tanta confrontación. Así ha ocurrido siempre: una generación impulsa los cambios, otra los vive y las siguientes los consideran parte de la normalidad.
Pero todo proceso de transformación enfrenta un riesgo mayor que el de la oposición: perder la congruencia que le dio origen.
Negar que existe corrupción dentro de Morena sería tan equivocado como afirmar que todo sigue igual. Hay corrupción y debe reconocerse. Pero cuando un militante de Morena incurre en esas prácticas, el daño es mayor, porque ese movimiento nació prometiendo precisamente combatirlas. No basta con denunciar la corrupción del pasado; también hay que impedir que vuelva a reproducirse en el propio movimiento.
Quizá uno de los errores más serios fue abrir las puertas, sin mayores filtros, a políticos provenientes de proyectos ideológicamente opuestos. En democracia cualquiera puede cambiar de partido; eso forma parte de la libertad política. Lo difícil es demostrar que también cambiaron las convicciones y no solo las circunstancias. Cuando el oportunismo sustituye a los principios, comienza un desgaste silencioso que termina debilitando cualquier proyecto desde adentro.
Si la Cuarta Transformación aspira a convertirse en un verdadero cambio histórico, tendrá que demostrar que la ley se aplica sin excepciones. La corrupción debe combatirse con la misma firmeza cuando provenga de un adversario como cuando aparezca entre sus propias filas. Solo así conservará la autoridad moral que reclama.
Pero tampoco debemos engañarnos. La corrupción no desaparecerá únicamente con leyes, impuestos o tribunales. Es un problema cultural que se ha transmitido de generación en generación. Por eso su solución comienza mucho antes: en el hogar, en el jardín de niños, en la escuela y en la formación cotidiana de ciudadanos que entiendan la honestidad no como una obligación, sino como una forma natural de vivir.
La historia enseña que los grandes proyectos rara vez fracasan por la fuerza de sus adversarios. Con frecuencia se debilitan porque olvidan los principios que les dieron origen. Atatürk necesitó cerca de dos décadas para transformar Turquía. China requirió varias generaciones para consolidar su desarrollo. México apenas inicia un camino cuyo verdadero alcance solo podrá medir el tiempo. Transformar un gobierno puede lograrse en una elección; transformar la cultura política de una sociedad exige toda una generación.
Porque las grandes transformaciones no mueren cuando pierden una elección; mueren cuando pierden sus principios.