NUDO GORDIANO: México en construcción

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Opinión
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Quizá México pueda entenderse como un edificio enorme construido a lo largo de generaciones

Un país no se transforma en seis años. Mucho menos México, que acumuló durante décadas desigualdades profundas, corrupción enquistada, violencia generalizada y enormes diferencias entre regiones. Las transformaciones sociales son procesos largos, con avances reales, tropiezos costosos y rectificaciones necesarias. Por eso cuesta aceptar afirmaciones tan tajantes como calificar la llegada de Andrés Manuel López Obrador de «una tragedia para México».

Se puede estar de acuerdo o no con él. Se pueden cuestionar sus decisiones y señalar con precisión qué no funcionó. Durante su administración no desaparecieron la corrupción, el narcotráfico ni la violencia. Hubo sobrecostos que se multiplicaron, retrasos que se acumularon y decisiones que no resistieron el escrutinio. Pero reducir seis años de gobierno a la palabra «tragedia» significa ignorar cambios que también ocurrieron y cuyos efectos apenas comenzamos a entender en su verdadera dimensión.

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Durante décadas México creció de manera profundamente desigual. El norte y el centro se industrializaron e integraron al mercado estadounidense, mientras que amplias regiones del sur-sureste quedaron rezagadas, con menos infraestructura, menos inversión y menor presencia del Estado. Esa brecha no se había intentado corregir con tanta deliberación. Desde esa perspectiva estructural deben leerse las grandes obras del período: Dos Bocas, el Tren Maya, el Corredor Interoceánico y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles.

Ninguna está libre de críticas legítimas. Dos Bocas costó mucho más de lo previsto y todavía debe demostrar que puede operar de manera sostenida cerca de su capacidad. El Tren Maya necesita más pasajeros, mayor carga y menor dependencia del erario. El Interoceánico tendrá que atraer empresas, mercancías e inversión para justificar su costo. Pero un ferrocarril de mil quinientos kilómetros que atraviesa cinco estados, una refinería o un corredor entre dos océanos cuya idea tiene más de doscientos años no se construyen en un sexenio. Son apuestas para décadas. Declararlas fracaso definitivo hoy es tan precipitado como celebrarlas sin condiciones ni evidencia.

La transformación tampoco se mide solo en concreto, acero y kilómetros de vía. El INEGI registró una reducción de 51.9 a 38.5 millones de personas en situación de pobreza multidimensional entre 2018 y 2024; 13.4 millones salieron de esa condición. El alza real del salario mínimo —que casi se triplicó en el período— fue un motor decisivo de ese resultado. Para quien tiene cubiertas sus necesidades básicas, una pensión o una beca puede parecer poco. Para una familia que vive al día, pueden ser la diferencia entre comer o no comer, entre mantener a un hijo en la escuela o sacarlo a trabajar.

Además, hay un cambio menos visible, pero real. En los últimos años, la política se convirtió en una conversación cotidiana. La gente comenzó a discutir políticas públicas concretas, en el transporte, en la oficina o en la sobremesa familiar: el salario mínimo, las pensiones, la reforma judicial, el presupuesto, la distribución de la riqueza. Eso antes no ocurría. Una sociedad que habla y debate sobre lo que hace su gobierno es, en principio, una sociedad más despierta.

Pero ese despertar tiene un lado oscuro que conviene no romantizar. Una sociedad así también puede ser fácilmente desinformada o manipulada por el poder, los medios o las redes sociales. La polarización no es solo el precio inevitable de la democracia activa: también puede ser el síntoma de un debate atrapado en las trincheras, donde importa más el bando que la evidencia. La participación ciudadana vale cuando viene acompañada de información verificada y de una disposición genuina para cuestionar, incluso al gobierno que cada quien apoya.

En esta segunda etapa, el gobierno de Claudia Sheinbaum reporta que el promedio diario de homicidios dolosos disminuyó en un 51 por ciento entre septiembre de 2024 y julio de 2026, de 86.9 a 42.5. Son cifras que no pueden ignorarse simplemente porque contradicen ciertas narrativas. Pero tampoco pueden aceptarse sin contraste: deben leerse junto con los datos de desapariciones, extorsión y percepción de inseguridad, y consolidarse en el tiempo antes de declarar la victoria.

Quizá México pueda entenderse como un edificio enorme construido a lo largo de generaciones. Durante años se deterioraron las tuberías, fallaron los elevadores, envejeció el drenaje y algunos pisos recibieron mucha más atención que otros. Cuando llega un nuevo administrador, no puede arreglarlo todo de golpe. Pero tampoco puede culpar eternamente a quienes estuvieron antes: conforme pasa el tiempo, lo que no se repara también se convierte en su responsabilidad.

Eso es lo que debemos exigir de la transformación iniciada en 2018 y que continúa hoy: conservar lo que funciona, reconocer los errores y corregirlos con eficacia. Hacerlo, aunque contradiga el relato oficial o la narrativa opositora. Las transformaciones verdaderas necesitan algo que nuestra discusión política parece haber olvidado: tiempo. Al final, no serán los discursos de sus defensores ni los adjetivos de sus críticos los que dicten sentencia. Serán los resultados.

Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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