PAN Coahuila: El arte de quebrar la sucursal
COMPARTIR
TEMAS
Personajes
Organizaciones
Este llamado a la alianza es tan obvio que se antoja pésimo
Quizás, si no es usted oriundo de o avecindado en Coahuila, la noticia de que el PAN perdió el registro estatal luego de las últimas elecciones locales le tenga sin el menor cuidado.
Pero lo cierto es que a los habitantes de esta árida comarca también nos viene muy guanga la desaparición de Acción Nacional.
Y ya veo venir al sabihondo a aclararnos con tecnicismos que, por tratarse de un partido nacional, “no puede perder el registro, por lo que seguirá teniendo presencia y contendiendo en el Estado...”.
Sí, sí, lo que sea... El caso es que en Coahuila el azul estaba ya tan deslavado y paliducho que perdió su acreditación en lo local y ya no podrá acceder a recursos estatales, como tampoco tendrá derecho a tener diputados de representación proporcional (pluris), y eso sí duele.
Y si les parece inexacto afirmar que el PAN perdió el registro en Coahuila, digamos, pues, que el PAN aquí se murió.
Honestamente no creo que a ninguno de los lugareños le extrañe dicha situación, pues la torpeza con que históricamente se administró en la entidad esta franquicia (la fuerza de oposición por antonomasia en México) la hizo pasar del descrédito a la total irrelevancia.
La receta para tronarlo fue muy sencilla y fácil de replicar: convertirlo en un partido de cúpula, el negocio de unos pocos que siempre estaban en la boleta cuando había manera de sacar algo de la elección... Pero cuando el escenario era adverso y no había manera de competir, mandaban al infeliciaje a asolearse y a morir agitando la banderita albiazul.
Esto, sin embargo, le alcanzó para vivir cómodamente a una camarilla de ilustres panuchos coahuiltecos que se creyeron que el privilegio de darse vida de realeza sin hacer nada sería eterno, pero quebraron la sucursal y eso es algo que sólo los juniors más zopencos e irresponsables hacen con el negocio que les dejó papá.
Su peor pecado, sin embargo (además de Guillermo Anaya), fue su pésima manera de hacer política, de no servir en absoluto como contrapeso al poder hegemónico local tricolor (que se supone era la razón de su existencia).
No pudieron ni supieron (quizás ni quisieron) encarar al moreirato avasallador, que de por sí los dejó tullidos; y no conforme con ello, buscaron luego hacer un frente común para “detener a la avanzada de la 4T en Coahuila”, aliándose ni más ni menos con el que se suponía era su némesis: el PRI.
Le costó muy, muy caro al PAN dicha sociedad, que sólo dejó dos cosas al descubierto: 1) en este desierto, Morena se cuida solo; la Transformación no tiene brújula ni cantimplora y el electorado en Coahuila es tan amplio, disperso y agreste como su territorio; y 2) como aliado del tricolor, el PAN cosechó todavía menos votos que si hubiera contendido por su cuenta, exhibiendo su nulo peso en dicha alianza, en la que sólo iba ya trepado al Revolucionario; como un enanito colgado del poderoso megalosaurio tricolor.
Entonces, si para el elector ya era una broma ver al PAN en la boleta, creo que a partir de ese momento la propia militancia entendió que, como chiste, el partido ya había dado de sí.
Bueno... Y si el deceso del PAN Coahuila es tan irrelevante, tan intrascendente, tan intramuscular... ¿a qué viene ahora a cuento?
Trascendió hace un par de semanas la fotografía del expresidente panista Vicente Fox con el líder no biodegradable del PRI, Alejandro “Alito” Moreno, en lo que se entendió como un llamado a la unidad de todas las fuerzas de oposición del país en torno a un esfuerzo común con miras a derrotar o al menos equilibrar un poco mejor las cosas con respecto al hoy partido gobernante, Morena.
Chente hasta tuvo el gesto de portar una corbata roja, que es para un priista lo que los tenis fosfo para los deficientes neuronales.
Este llamado a la alianza es tan obvio que se antoja pésimo. Quizás cautive a algunos cuantos desesperados que consideran que es la ruta lógica para romper con la actual hegemonía morenista, pero sólo es otra quimera.
Estos mismos partidos ya han demostrado como oposición que, si el oficialismo les garantiza impunidad y continuidad para sus líderes, se presentan en las elecciones (alianza o no alianza) a medio gas, de capa caída, a hacer el mínimo posible, a jugarle al loquito nomás.
¿Cómo? Postulando una candidatura irrelevante, que ni siquiera es de primera división (¡saludos, Xóchitl!), a la cual ni arropan, ni asesoran, ni le invierten apenas el mínimo, sólo para hacer creíble la pantomima y sacar los suficientes votos para no desaparecer y conservar sus prerrogativas mínimas, que no por mínimas dejan de ser lujos.
En la “histórica” y jurásica foto, además de Fox y Moreno, figura el copropietario (copro-pietario) de la franquicia revolucionaria, el hijo nada predilecto de Coahuila, Rubén Moreira (alias “el otro Moreira”).
¿Es en serio que semejantes impresentables son no sólo los que hacen el llamado a la unidad y la alianza de las fuerzas de oposición, sino también los absolutos dueños y franquiciatarios del partido tricolor? ¿En qué momento el priismo lo aceptó como normal?
Y luego, por la esquina albiazul, es precisamente la momia del expresidente Fox quien, renegando de lo que se supone eran los principios no negociables del partido que lo llevó a la Presidencia, se funde en un abrazo con las tepocatas y víboras prietas que juraba haber erradicado con su arribo al poder.
Tan patéticos los unos como los otros y, pese a que el partido oficial parece implosionar y resquebrajarse al mismo tiempo, por la presión externa y las disputas intestinas, estos llamados a la unidad opositora nomás juegan a favor del oficialismo.
Mucha gente ya no se pregunta cuándo podremos retomar las riendas del país para recobrar el orden y la cordura institucional, sino si ello simplemente será posible ya.
Lo es, pero lejos de lanzarse en una encarnizada lucha contra el poder, lo más razonable sería, antes de la recuperación de los partidos políticos, arrebatárselos a estos mafiosos caraduras y levantarles el perfil que, viendo a sus voceros y representantes, tampoco es como que la vara esté tan alta.
Y es que, de llegar a desaparecer, no es que alguien vaya a soltar una lágrima por ellos, pero entendidos como un recurso político que, en principio, debería ser el vehículo mediante el cual los ciudadanos accedan al poder e influyan en la vida nacional, sería un lamentable desperdicio, tal como ocurrió con el PAN aquí en el desierto norestense.