Nunca es tarde para aprender
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El cerebro humano tiene la capacidad de aprender a lo largo de toda la vida, gracias a la plasticidad cerebral
Durante largo tiempo se ha repetido la popular creencia de que los niños aprenden idiomas mucho más fácilmente que los adultos. Dicha creencia, sin embargo, se basa en una teoría muy conocida: el llamado “periodo crítico”, que señala que hay un momento en la vida del ser humano en el cual el sistema nervioso central adquiere una mayor capacidad para aprender una lengua. Algunos padres que se han dejado llevar por esta idea acaban concluyendo que si un niño no aprende un segundo idioma en la infancia, en su niñez, le será mucho más difícil aprenderlo en la edad adulta.
Sin embargo, estudios de investigación muestran que esta realidad no es tan sencilla. Es cierto que hay algunos aspectos que facilitan el aprendizaje en los niños, pero también es cierto que los adultos tienen ventajas importantes, sobre todo en cuanto a la pronunciación. En los primeros años de vida, el cerebro presenta una plasticidad neuronal importantísima, es decir, una enorme capacidad para generar nuevas conexiones entre neuronas. Gracias a esta plasticidad, los niños perciben mejor los sonidos de distintos idiomas y los reproducen con mayor naturalidad. Por esta razón, los niños pequeños pueden asimilar una pronunciación muy similar a la de un nativo.
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La neurociencia ha mostrado que el cerebro es especialmente sensible a los sonidos del lenguaje durante la infancia. Las zonas cerebrales relacionadas con el procesamiento del habla (la corteza auditiva y las áreas del hemisferio izquierdo relacionadas con el lenguaje, por ejemplo) están en plena evolución. Esto facilita la distinción de fonemas que a muchos adultos les cuesta escuchar.
Esto es así, pero no implica que los adultos no puedan aprender un idioma con éxito. Ahora bien, algunos estudios han encontrado un dato curioso: los adultos, a menudo, aprenden más rápido al principio, concretamente en situaciones formales como las del aula. Los adultos, además, tienen una corteza prefrontal más desarrollada, que es la parte del cerebro responsable de las funciones ejecutivas, tales como la organización, la planificación y el control de la atención; funciones que permiten poner en marcha sistemáticamente estrategias más sofisticadas de aprendizaje, comprender las explicaciones gramaticales e incluso reflexionar sobre la lengua.
La investigación en neurociencia aplicada a la adquisición de lenguas muestra que otros factores tienen un impacto absolutamente más determinante. Y entre los más relevantes consideraremos:
– La cantidad de exposición a la lengua. La lengua necesita una exposición directa para fortalecer las redes de circuitos neuronales de la lengua.
– La calidad de la enseñanza. Un buen profesor puede facilitar la comprensión y la práctica significativa de la lengua.
– El compromiso. En el momento en que existen interés y propósito, el cerebro activa los circuitos de la atención y de la recompensa que promueven los procesos del aprendizaje.
– La práctica. La práctica implica la repetición, que fortalece las conexiones de los circuitos neuronales implicados en la memorización y la producción de la lengua.
Es decir, aprender una lengua no sólo depende de la edad, sino también del contexto del aprendizaje y de la implicación de la persona. Además, la neurociencia ha demostrado algo muy esperanzador: el cerebro humano tiene la capacidad de aprender a lo largo de toda la vida, gracias a la plasticidad cerebral. Aunque esta plasticidad sea mucho mayor en la infancia, nunca se pierde por completo. Las neuronas continúan formando nuevas conexiones incluso en la edad adulta.
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Este principio da justo origen al título de mi libro más reciente: “Chango Viejo SÍ Aprende Maroma Nueva”. Con esta frase pretendo recordar una de las verdades que la neurociencia, como ciencia, respalda: el potencial de aprender del cerebro es ilimitado, suceda la edad que suceda.
Para los padres, el mensaje es muy importante: sí, está bien que los niños tengan contacto temprano con otras lenguas. La infancia es, sin duda, la etapa crítica en la que se desarrolla la sensibilidad auditiva y la pronunciación se produce de forma natural. Pero es aún más importante transmitir a los hijos una idea aún más potente, en que la neurociencia tiene mucho que decir: el aprendizaje no tiene fin.
Los padres pueden activar esta forma de pensar mostrando curiosidad por aprender, practicando con frecuencia en familia o simplemente demostrando que el cerebro puede seguir creciendo. Porque, al final, más que la edad, lo que realmente cuenta a la hora de aprender es algo mucho más humano: la curiosidad, el esfuerzo y la constancia. Y gracias a la extraordinaria capacidad del cerebro para adaptarse, siempre será posible aprender algo nuevo.