¿Para qué vivimos?

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Opinión
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¡A mi hijo Carlos, felicidades!

El próximo 9 de septiembre se cumplirán 198 años del nacimiento de León Tolstói y, sin embargo, su obra conserva intacta su vigencia: pocos escritores han descendido con tanta lucidez a las profundidades del ser humano.

Nació en 1828, en una familia aristocrática; conoció la guerra, la fama, el privilegio y la angustia. Escribió novelas monumentales, pero su mayor batalla no ocurrió en Guerra y paz ni en Anna Karénina. Sucedió dentro de él, cuando comprendió que el reconocimiento del mundo no basta para responder la pregunta más difícil: ¿para qué vivimos?

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BÚSQUEDA

Tolstói tuvo éxito, propiedades, lectores y prestigio. Sin embargo, todo aquello llegó a parecerle insuficiente. La posibilidad de la muerte desnudó la fragilidad de sus triunfos.

Comenzó entonces una búsqueda espiritual que lo llevó a cuestionar sus privilegios, la violencia, la desigualdad y una civilización fascinada por el progreso, pero indiferente al sufrimiento.

No fue un santo ni estuvo libre de contradicciones. Predicó la sencillez mientras habitaba una propiedad y defendió el amor universal, aunque su familia conoció graves conflictos. Precisamente por eso resulta cercano: luchó contra sus propias inconsistencias.

¿MEJORES?

Si Tolstói observara nuestro tiempo, nuestra cotidianidad, quedaría asombrado por los avances científicos, las comunicaciones y la inteligencia artificial. Pero formularía una pregunta incómoda: ¿todo este progreso nos ha hecho mejores personas?

Podemos comunicarnos al instante, pero nos cuesta dialogar con quien piensa distinto. Nunca tuvimos tanta información, pero carecemos del juicio crítico para comprenderla y utilizarla con responsabilidad.

Vivimos conectados y, paradójicamente, solos: las redes convirtieron la comparación en rutina, la indignación en espectáculo y la apariencia en identidad.

En este sentido, Tolstói advertiría que vivir sometidos a la aprobación ajena termina por alejarnos de nosotros mismos. En La muerte de Iván Ilich, su protagonista adopta las opiniones, el matrimonio y el estilo de vida que su entorno considera correctos. Solo ante la muerte descubre la trampa: había construido una vida ante los demás, pero vacía para sí mismo.

En Anna Karénina, Tolstói profundiza en esta misma idea. Anna vive prisionera de las apariencias y Vronski tampoco consigue liberarse por completo del “qué dirán” de la alta sociedad. Ambos terminan atrapados en un mundo donde importa más parecer que ser.

En contraste, Levín —personaje en quien Tolstói proyectó muchas de sus inquietudes— encuentra, lejos de los salones y cerca del trabajo, la naturaleza y la vida familiar, un camino hacia su verdad interior.

En la actualidad, Tolstói nos preguntaría cuánto de lo que deseamos nace verdaderamente de nuestra conciencia y cuánto fue sembrado por la publicidad, la moda o el miedo a no pertenecer.

CONSEJOS

En este contexto, si hoy preguntáramos a Tolstói qué consejo nos daría, quizá respondería: recuperar el silencio. No como espacio para escuchar la conciencia y preguntarnos: ¿soy congruente?, ¿trato a los demás con dignidad?, ¿Vivo acorde a mi razón de ser? Para él, una vida sin examen puede parecer impecable por fuera, pero estar vacía por dentro.

Quizá el segundo consejo sería buscar la sencillez para distinguir entre lo necesario y lo superfluo, entre poseer las cosas y permitir que nos posean. Acumulamos objetos, compromisos, mensajes y pendientes que nos pueden llegar a vaciar de lo esencial.

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Confundimos una agenda saturada con una vida significativa. Tolstói nos recordaría que la abundancia sin propósito produce otra forma de pobreza: tener demasiado y no saber para qué.

Posiblemente nos pediría mirar de frente a la injusticia y la desigualdad. El escritor ruso abandonaba por momentos su escritorio para trabajar junto a los campesinos porque entendía que ninguna teoría sobre la dignidad sustituye el encuentro con la realidad.

En nuestros días, cuando algunos discuten el futuro desde oficinas confortables y otros sobreviven con empleos precarios, su pregunta conservaría toda su fuerza: ¿qué parte de nuestro bienestar descansa sobre el esfuerzo invisible de alguien a quien nunca miramos?

No propondría una culpabilidad estéril, sino una responsabilidad activa. La riqueza adquiere legitimidad cuando es justa, cuando crea oportunidades, amplía posibilidades y reconoce que todo éxito individual lleva consigo una hipoteca social: contribuir al bienestar de la comunidad.

GOBERNANTES

A los gobernantes les hablaría con mayor severidad. Les advertiría que ninguna causa, bandera o ideología vuelve virtuosa la mentira. Frente a la polarización, rechazaría la tentación de dividir a la sociedad entre puros e impuros, patriotas y traidores, buenos y malos.

Frente al populismo que hoy polariza a México al arrogarse la representación exclusiva del pueblo y convertir en enemigo a quien discrepa, Tolstói defendería una política capaz de transformar las diferencias en diálogo y de servir verdaderamente a los pobres, en lugar de utilizarlos como bandera mientras que en el fondo permanecen intactas las estructuras que perpetúan su abandono.

EDUCACIÓN

En materia educativa, nos recordaría que enseñar no consiste solamente en transmitir conocimientos, sino en despertar la conciencia para formular las preguntas esenciales sobre nuestra existencia.

Tolstói fundó una escuela para los hijos de los campesinos y rechazó una pedagogía basada en la imposición. Frente a la inteligencia artificial (IA), no propondría cerrar las puertas al futuro, sino aprender a cruzarlas sin renunciar al pensamiento crítico, la libertad y la responsabilidad humana.

Aconsejaría utilizarla sin entregarle aquello que nos corresponde decidir: el propósito, el juicio moral y la responsabilidad.

La advertencia resulta esencial. El peligro no consiste únicamente en que la inteligencia artificial se parezca al ser humano, sino en que el ser humano renuncie a pensar y termine pareciéndose a una máquina: eficiente, veloz y obediente, pero incapaz de compasión.

La educación deberá enseñar tecnología, pero también filosofía, arte, historia, conversación y ciudadanía. De otro modo formaremos especialistas capaces de construir instrumentos extraordinarios sin la madurez para decidir al servicio de quién utilizarlos.

LO CONCRETO

Tolstói nos aconsejaría practicar la no violencia cotidiana. No solamente evitar las guerras, sino renunciar a las pequeñas violencias que normalizamos: el insulto, la burla, la descalificación, el abuso de autoridad, la mentira que destruye reputaciones.

Muchos hablan de paz mientras combaten desde una pantalla. Creen defender una causa justa y se conceden permiso para despreciar. Él nos recordaría que ninguna ideal mejora al mundo si para imponerlo deterioramos nuestra humanidad.

También nos pediría amar a las personas concretas: al familiar difícil, al colaborador que se equivoca, al vecino que incomoda, al desconocido que necesita ayuda. Es más fácil conmoverse de lejos que pedir perdón en casa.

Insisto, en La muerte de Iván Ilich, Tolstói mostró la tragedia de descubrir demasiado tarde que una vida socialmente correcta puede haber sido existencialmente equivocada. No esperemos la muerte para vivir auténticamente.

SIGNIFICADO

¿Qué significa vivir con verdad? Significa acortar la distancia entre lo que pensamos, decimos y hacemos; aceptar que no controlamos el mundo, pero sí la calidad moral de nuestra respuesta; comprender que la bondad exige valentía, que el trabajo bien hecho puede convertirse en servicio y que una vida valiosa no requiere celebridad, sino sentido.

COMPLEMENTARIEDAD

Tolstói desconfiaría de quienes pretenden cambiar a todos sin comenzar por sí mismos. Nuestro tiempo produce diagnósticos abundantes y responsabilidades escasas. Siempre hay un culpable disponible: el gobierno, las empresas, los jóvenes, los viejos, la tecnología, el pasado o quienes votaron de manera distinta.

Ciertamente existen estructuras injustas que debemos transformar; pero ninguna reforma será suficiente si quienes la ejecutan conservan la misma codicia, soberbia o indiferencia. La transformación social y la transformación personal no son enemigas: se necesitan mutuamente.

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NO PERMITAMOS...

Al final, León Tolstói no nos ofrecería una receta confortable. Nos invitaría hoy a una rebelión más difícil: la rebelión contra la mediocridad, la superficialidad, el egoísmo y la vida vivida por inercia.

Nos pediría menos discursos sobre los valores y más decisiones valiosas; menos necesidad de parecer buenos y más voluntad de hacer el bien; menos prisa por conquistar el mundo y más atención para no perder el alma durante el camino.

Quizá su mensaje para nosotros podría resumirse así: no permitamos que la velocidad decida el rumbo, que la abundancia sustituya al sentido ni que la tecnología suplante el juicio crítico.

El progreso no se mide solamente por aquello que somos capaces de producir, sino por la clase de personas en que nos convertimos al hacerlo.

Después de todas nuestras conquistas, permanecen intactas las preguntas que atormentaron a Tolstói y que ninguna inteligencia artificial podrá responder por nosotros: ¿somos conscientes de nuestra finitud? Ante ella, ¿sabemos verdaderamente para qué vivimos? Más aún: ¿vivimos de una manera que haga digna nuestra existencia?

cgutierrez_a@outlook.com

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