¿Por qué la guerra? Diálogo entre Hesíodo y Freud

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Opinión
/ 1 marzo 2026

Quien derrota con violencia termina por caer violentamente. Lo único que brota de estas formas radicales de sometimiento es la Furia, es decir, la venganza

“En primer lugar existió el Caos”. Hesíodo inició así su narración cosmogónica. Del Caos nació Gea (Tierra), quien parió a su hijo Urano (Cielo). Posteriormente, Gea y Urano engendraron a distintos hijos, entre ellos los Cíclopes, a quienes su padre temía que lo derrocaran, por lo que los exilió al Tártaro.

Después del exilio, la pareja dio vida a los titanes, de los cuales Cronos fue el más joven, deidad del tiempo y “de mente retorcida, el más terrible de los hijos, (quien) se llenó de un intenso odio hacia su padre”. Urano –un padre tiránico– mantenía aprisionados a todos sus vástagos. Gea, harta, forjó una hoz e ideó un plan con su hijo Cronos, quien sorprendió a su padre mientras dormía y usó la hoz para castrarlo. De las gotas de sangre que salpicaron de la mutilación brotaron las Erinias –también conocidas como Furias–, quienes representan la venganza.

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Con el tiempo, Cronos se volvió un déspota que devoraba a sus hijos por el pavor que tenía de ser destronado por alguno de ellos. Finalmente, Zeus lideró una rebelión en su contra y logró relevarlo.

Hay muchas lecturas universales posibles para este mito. Una interpretación acorde a la coyuntura bélica actual es que el dominio que se ejerce en contra de la voluntad de una persona o un pueblo suele tener un desenlace fatal, aunque éste tarde en llegar. También podemos agregar que quien derrota con violencia termina por caer violentamente. Lo único que brota de estas formas radicales de sometimiento es la Furia, es decir, la venganza.

En julio de 1932, Albert Einstein inició un intercambio epistolar con Sigmund Freud; el tema a tratar: ¿Por qué la guerra? “Querido profesor Freud: (...) ¿Existe algún medio que permita al hombre librarse de la amenaza de la guerra?”. El padre del psicoanálisis, quien durante la Primera Guerra Mundial vivió la angustia diaria de tener a dos hijos en combate, le contestó con una larga reflexión a manera de ensayo, apoyándose en su teoría de las pulsiones.

Esta teoría freudiana consiste en que hay dos grandes pulsiones por las que podemos explicar los fenómenos vitales, incluidos los psicológicos: una pulsión de vida o libidinal –relacionada con Eros, el dios griego del amor– y una pulsión de agresión o destrucción, a la cual relaciona con Tánatos, la personificación griega de la muerte.

La primera tiende a unir mediante lazos –no necesariamente sexuales, pero sí afectivos o por identificación o afinidad– a personas o grupos de personas, desde una pareja o una amistad, hasta conjuntos más grandes como la familia o una nación. La segunda, por otro lado, tiene una tendencia a la desvinculación de lazos (en su plano menos agresivo) y a la destrucción (en el más agresivo), ya sea hacia el interior de la propia persona (autodestructiva) o exteriorizada hacia los otros por medio de la violencia.

Según Freud, a pesar de ser conceptualmente opuestas, toda acción humana integra ambas pulsiones en mayor o menor medida para la conservación de su vida. Yéndonos a los extremos, en un estado primitivo, el humano requiere de vínculos sociales para sobrevivir, pero también requiere de la capacidad de reaccionar ante agresiones, sean animales o de otros humanos. En el mito Hesiódico, Cronos (y después Zeus) necesita acabar con el padre para sobrevivir. Ambas pulsiones se integran en el acto.

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Con el desarrollo cultural, las pulsiones destructivas se buscaron contener institucionalmente por medio de la moral, la religión y el derecho, pero es imposible suprimirlas por completo. Este proceso histórico provocó que las pulsiones libidinales fueran ampliando su campo de aplicación progresivamente: si antes una persona podía identificarse con unas decenas o cientos de su clan o tribu, ahora se puede identificar con millones de su país. Como consecuencia, aquellos que quedan excluidos de ese campo afectivo, por contraste, serán objeto de las pulsiones destructivas de una sociedad. Estas diferencias pueden ser nacionales, religiosas, étnicas o incluso preferencias deportivas –pensemos en la violencia entre hinchas de equipos de futbol–.

A este fenómeno, que vincula a millones por medio de la identidad y que ejerce simultáneamente una “reacción de igual magnitud, pero en sentido contrario”, creando antagonismo entre “otredades”, Freud lo denominó “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Hoy este fenómeno es palpable en la guerra en Medio Oriente.

El reto actual que tenemos como humanidad es: ¿cómo construir, dentro de la diversidad humana, un mundo que tienda a la concordia?

X: @areopago480

Correo electrónico: areopago480@gmail.com

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