¿Qué lleva a los gobernadores a comprometerse con el narco?
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La infiltración del crimen organizado es tan profunda, al grado que para el gobernante que llega al cargo resulta más sencillo corromperse que combatirlo
En los últimos meses, muchos gobernadores se han visto envueltos en acusaciones y señalamientos de colusión con el crimen organizado. Y a juzgar por lo que sucede en sus estados, en donde el crimen organizado opera con abierta impunidad, varios de estos casos deben tener algún soporte.
No se trata de una situación nueva. Las sospechas de colaboración entre gobernadores y organizaciones criminales datan de los años cincuenta, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué razones impulsan a estos funcionarios a darle la espalda a la ciudadanía y a colaborar con el crimen?
La respuesta sencilla se traduce en la frase clásica de “plata o plomo”, es decir, algunos gobernadores se corrompen por ambición, por el hambre del dinero fácil que les ofrece el narco vía sobornos millonarios. Lo peor es que muchas veces este dinero llega incluso antes de que la persona ejerza el cargo; por ejemplo, desde que son candidatos, el crimen organizado llega con aportaciones ilegales y termina comprometiendo a futuro al mandatario.
La otra faceta es el miedo. Un gobernador es una persona poderosa, pero en muchas regiones el narco tiene tanto poder que hasta el mandatario les teme; sabe que pueden atentar contra su vida o la de su familia, por lo que coopera por miedo. Incluso hay casos en los que ambos factores se combinan.
Otra posible respuesta la ofrece el Nobel de Economía, Gary Becker, quien sostiene que las personas delinquen más cuando perciben que hay una probabilidad muy baja de ser castigadas. Y dado que en México existe un gran pacto de impunidad, en el que la mayoría de los políticos corruptos no reciben sanciones, esto ofrece incentivos para portarse mal, porque gran parte se sale con la suya.
En cambio, si hubiera más políticos castigados y encarcelados por sus actos de corrupción, se envía la señal de “el que la hace la paga”, disuadiendo a varios gobernadores de corromperse.
Una tercera explicación es que la infiltración del crimen organizado es tan profunda que la corrupción se ha convertido en algo sistémico, al grado que para el gobernante que llega al cargo resulta más sencillo corromperse y formar parte del esquema que combatirlo.
Esto pasa en entidades como Sinaloa y Tamaulipas, donde el narco lleva años trabajando de la mano con los mandatarios e incluso ha impulsado las carreras políticas de alcaldes, legisladores e integrantes del gabinete, además de controlar a los principales mandos policiales e incluso a los militares desplegados en la zona. Así, al arribar el nuevo gobernador, aun asumiendo que en su campaña no haya tenido contacto con el crimen, se encuentra con una organización que tiene todos sus tentáculos dentro del sector público.
Limpiar la casa en esos casos requiere mucha valentía y la mayor parte de nuestros gobernantes no la tiene; prefieren no enfrentar al crimen y optan por el camino fácil, que es participar en el esquema de corrupción, lo cual perpetúa el problema y hace más difícil erradicarlo en el futuro.