Privacidad vulnerable en la web

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Opinión
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Muchos progenitores intentaron proteger a sus hijos del peligro físico, pero hoy existe un riesgo mucho más silencioso: la entrega periódica de información personal

Hoy nuestros hijos y adolescentes pasan prácticamente todo el tiempo conectados: suben imágenes, comparten videos, buscan cosas, juegan en línea, utilizan aplicaciones para estudiar, charlar, divertirse y hasta para dejar fluir sus emociones. Pero detrás de cada clic ocurre algo que muchos padres desconocen: todo se convierte en datos muy valiosos para las grandes compañías tecnológicas y para el desarrollo de la inteligencia artificial.

El problema es que la mayoría de las personas no toma conciencia del valor de sus propios datos y los entrega gratuitamente sin pensar en qué se convierten. Fotografías familiares, conversaciones, gustos, hábitos del sueño, emociones, lugares visitados e incluso formas de escribir sirven para alimentar, hoy en día, sistemas de inteligencia artificial cada vez más potentes. Este fenómeno, que algunos expertos ya denominan “nihilismo de los datos”, es la sensación de que los datos personales carecen de valor o control porque creen que “todo ya está expuesto” en internet.

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Muchos progenitores intentaron proteger a sus hijos del peligro físico –no hablar con extraños, no subirse a coches con desconocidos ni caminar solos por lugares peligrosos–, pero hoy existe un riesgo mucho más silencioso: la entrega periódica de información personal, en la que los niños no saben que incluso les puede afectar en el futuro.

Cada vez que un niño utiliza una aplicación “gratuita”, suele decirse, paga con datos personales: las plataformas saben todo lo que le gusta, lo que le hace reír o llorar, cuánto tiempo ha pasado mirando el mismo video o con qué tipo de contenido se engancha más rápidamente. Tal información no sólo está destinada a permitir la venta de publicidad; también posibilita la formación de sistemas de inteligencia artificial preparados para influir en los hábitos, la toma de decisiones y la conducta.

El gravísimo problema es que una gran cantidad de adolescentes ha adquirido una suerte de resignación digital. Piensan: “Ya lo saben todo sobre mí”, “No hay nada que hacer” o “No puedo hacer nada para evitarlo”. Esa sensación de impotencia es sumamente peligrosa porque hace perder el pensamiento crítico y la responsabilidad sobre la propia identidad digital.

Pero existe, además, un riesgo considerable: el de la pérdida de la privacidad emocional. Muchos jóvenes en la actualidad expresan en las redes sociales su ansiedad, tristeza, ira, frustración o soledad. Sin ser conscientes, proporcionan un enorme mapa emocional digital que permanece latente durante, a veces, muchos años. No se trata de vivir como enfermos ni de erradicar toda tecnología. La tecnología es, por otro lado, un medio extraordinario para aprender, comunicarse y ser creativo.

Nuestro objetivo es formar hijos críticos y conscientes, no digitalmente ingenuos. Por ello, más que nunca, la educación digital emocional debe ser tan clara como la física: así como inculcamos cuidar la salud del cuerpo, debemos enseñarles a proteger sus datos, su privacidad y su identidad digital. Algunas estrategias sencillas son realmente útiles:

– Explicarles que “gratis” es un buen término y que, muchas veces, sus datos son el producto.

– Enseñarles que no tienen que compartir absolutamente todo.

– Hablarles de fotos, localización y del cuidado de su privacidad.

– Ayudarlos a distinguir entre la intimidad y el ámbito público.

– Enseñarles los permisos de las aplicaciones.

– Restringir aplicaciones indeseadas que recopilan información en exceso.

– Fomentar los momentos fuera de la pantalla, con la idea de que la vida no debe ser un acto de documentación incesante.

También es significativo transmitir algo básico: su valor no está en los “likes”, los seguidores ni las notificaciones. Muchos adolescentes acaban midiéndose a través de la aprobación digital, y eso los hace emocionalmente frágiles.

Los padres tampoco tendrían que caer en el extremo de la indiferencia. A veces pensamos: “Es la manera del mundo contemporáneo”. Pero la educación consiste también en ayudar a nuestros hijos a interpelar el entorno y no sólo en acoplarse pasivamente a él.

https://vanguardia.com.mx/opinion/detox-de-redes-sociales-solo-necesitan-7-dias-HH20367303

La inteligencia artificial continuará avanzando, modificando drásticamente la educación, el trabajo y la vida cotidiana. Pero el reto no será sólo una cuestión tecnológica; será humano. Hay que educar a los jóvenes para que sean capaces de utilizar la tecnología sin renunciar a su libertad, a su privacidad, a su espíritu crítico y a su sentido de identidad.

El fin no debe ser que nuestros hijos se conviertan en suministradores involuntarios de datos para las grandes plataformas. Hay que ayudarles a captar que sus datos, sus emociones, su creatividad y sus vidas tienen valor. Porque en un mundo en el que parece que todo hay que compartirlo automáticamente, educarlos con conciencia puede ser una de las formas más importantes de proteger su dignidad y su futuro.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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