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Reloj sin manecillas

Opinión
/ 15 octubre 2021

A mí –lo digo con mucha pena- no me gusta mucho la obra de Julio Torri. Y estoy seguro de que si alguna vez la leyera me gustaría menos.

Alguien me tachará de hereje por decir lo que acabo de decir. Pero el arte no es religión: en él no hay herejías. Si puedo decir que no me gustan Milton, Tasso, Camoens, Racine y don Joseph Quintana, con la misma regalada gana e igual desfachatez puedo decir que no me gusta Torri. “De gustibus non est disputandum”, decían los escolares del medioevo.

Don Julio Torri era un paciente relojero que construía relojes a los que no ponía carátula ni manecillas. Ejerció una especie de poquedad literaria consistente en escribir lo menos posible por temor a la responsabilidad.

No soy partidario del arte por el arte. Soy partidario del arte por el darte. Y Torri -igual que todos sus Contemporáneos- no se dio. La pasión estuvo de cuerpo ausente en él. Era tan frío como un solterón sin amor. Sabía acomodar las palabras, eso es cierto, pero para que no dijeran nada. También las costureras saben acomodar chaquira y lentejuelas, y nadie las exalta ni sublima.

La generación literaria de Torri estuvo muy influida por ingleses. Cosas muy raras salen cuando se injerta inglés con mexicano. Sale alguien -o algo- que desfallece ante la idea de parecer cursi, pero que muestra en secreto un libro de versos encuadernado por él mismo con tela del vestido de novia de su madre. Eso hizo y eso hacía Julio Torri.

Mal profesor –eso no lo digo yo; lo confesaba él mismo-, pudo mantenerse en la cátedra hasta llegar a la jubilación sólo porque dejaba que los alumnos hicieran lo que les pegaba la gana en su salón, desde tirarle gises al maestro –es decir a él- hasta escribir poemas. En la clase de Torri hizo Leduc su celebérrimo soneto sobre el tiempo. “Sabia virtud de conocer el tiempo...”.

Torri sostuvo con Alfonso Reyes -otro señor que a pesar de su vasta erudición no me entusiasma demasiado- una larga correspondencia de años y años que terminó bruscamente cuando ambos riñeron por un mezquino pleito de comadres. El regiomontano hizo su propio retrato moral cuando escribió a propósito de esa desavenencia:

“... Yo no le debo servicios (a Torri) y él me debe varios a mí. Sospecho que he contribuido a darle nombre, cuando nadie le hacía caso. El pobre ha venido juntando rabia contra mí gratuitamente. Tal vez porque le molesta que siempre le pongan como en mi séquito, y en eso tiene razón...”.

De cualquier modo la correspondencia, artificiosa y esnobista correspondencia, de Reyes-Torri y Torri-Reyes alcanza a llenar varios volúmenes. Entiendo que se va a publicar, y ya me dispongo a no leerla. Los de esa generación pensaban que cada una de sus cartas merecía la posteridad, cuando la verdad es que muchas merecían más bien la parte posterior. Así, se enviaban a cada rato largas epístolas que escribían con el cuidado y aplicación de un lapidario. No es de extrañar entonces que sus pergeños resultaran fríos y falsos.

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