Revistas literarias
Leí muchas revistas literarias a lo largo de mi vida- huelga decir que me suscribí a varias de ellas en una época en la que no existía ni barrunto de la red digital
Llegué al fascinante espacio de lectura que proporcionan las revistas literarias mucho después de haberme iniciado en la lectura de los libros. En la biblioteca de mi padre, y esparcidas por la casa, me tropezaba seguido con ellas. Él las adquiría en esos pequeños y atiborrados puestos de periódicos, revistas y libros traídos de ultramar (de la madre patria), que pululaban en el centro histórico de la ciudad donde crecí. Recuerdo todavía, nebulosamente, el primer ejemplar que leí recogido del sillón donde él solía leer. Era Plural, suplemento cultural del periódico Excélsior (todos recordamos el penoso episodio de prepotencia del presidente Echeverría en contra del rotativo). Ya olvidé qué fue lo que leí, pero sí recuerdo la sensación de asombro y deleite que me produjo, en un breve espacio de páginas, leer poemas, cuentos, artículos, entrevistas. En Plural descubrí el rigor intelectual de los escritores, la vasta variedad de los géneros literarios, el mundo de las ideas que en ese momento se estaban gestando, la árida crítica literaria, en fin, toda una experiencia literaria que me subyugó. Pocos años después desaparece Plural (1976), y su creador, el poeta Octavio Paz, funda ese mismo año la revista Vuelta (que a mí me pareció mucho mejor), en la que, recuerdo, descubrí a Roger Caillois, Emil Cioran, Roberto Juarroz, Karl Popper, Isaiah Berlin, Mircea Eliade, Ida Vitale, Ulalame González de León, Gabriel Zaid y una pléyade de escritores-pensadores.
Leí muchas revistas literarias a lo largo de mi vida- huelga decir que me suscribí a varias de ellas en una época en la que no existía ni barrunto de la red digital; ahora se puede leer una cantidad ingente de revistas literarias en el “Océano Internet”-, y en todas percibí el aliento de la literatura que creía que sólo se encontraba en los libros. Fue en el estudio de mi primera maestra de piano- alumna del icónico compositor mexicano José Rolón (1876-1945)- en Guadalajara, donde tuve el primer contacto con la revista de música Heterofonía, fundada en 1968 por la pianista, musicóloga y académica mexicana Esperanza Pulido Silva (1901-1991), revista adscrita al Centro Nacional de Investigación Documentación e Información Musical (CENIDIM) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Me deslumbró su hechura y el contenido que, a la postre, me aclaró una cantidad ingente de dudas que tenía con respecto a los aspectos áridos de la música. También fue a través de la lectura de Heterofonía que valoré a la Musicología como ciencia musical encargada de dilucidar y ponderar la historia y el arte musical de México. En los 80 apareció la revista Pauta, fundada en 1982 por los desaparecidos Mario Lavista y Nacho Toscano, publicación que ampliaba los derroteros de la investigación y la crítica musical en México. Ambas revistas mencionaban eventualmente a otra publicación de música fundada en 1946, cuyo primer director y editor fue el músico y compositor transterrado español Rodolfo Halffter (1900-1987). En ella escribieron músicos de la talla de Carlos Chávez, Blas Galindo, José Pablo Moncayo, Jesús Bal y Gay, Adolfo Salazar, entre otros no menos notables. Abandonaban por una brevedad el piso de la imaginación sonora para mudarse a la habitación de la palabra y describir- y descubrir- el mundo de los sonidos, los hallazgos musicales encontrados en las serranías y pueblos de México, las conexiones invisibles que se pueden gestar entre la música y las otras bellas artes. En suma, la esencia de una nación.
CODA
Consideramos “nuestra”, primeramente, la música que escribimos nosotros mismos y, luego, aquélla que admiramos. Bien por su contenido, por su tendencia estética o bien por su perfecta realización técnica. Aquélla que ofrece, en suma, modelos imperecederos de música superior.
Rodolfo Halffter. (Editorial al primer número de Nuestra Música. Marzo, 1946).