Saltillo, la velocidad del presente y la ilusión de la memoria
La nostalgia de lo no vivido no siempre mira hacia atrás: a veces busca objetos, tribus y pausas para soportar la velocidad del presente.
Sin audífonos, camino por el Centro Histórico de Saltillo. Hace unos días perdí el pequeño estuche donde los guardaba y, con él, el dispositivo que me permitía sostener una vieja costumbre: evitar el bullicio de la ciudad.
Ante la falta de música, el ruido se vuelve visible. Aturden las voces de los comerciantes, los motores que insisten sobre las calles angostas y el pregón lejano de un vendedor de conos de cajeta; bueno, ese no tanto. Fue entonces cuando comencé a notar algo que probablemente habría pasado por alto con los audífonos puestos: casi todos llevaban algo en los oídos, como si cada persona cargara su propia defensa frente al ajetreo.
Por las banquetas desfilaban jóvenes y adultos con audífonos blancos, negros, transparentes, diminutos o enormes. Primero lo vi a él. Después, gracias a él, comencé a encontrar a otros.
Era un joven de no más de veinte años. Llevaba audífonos acolchados, de diadema delgada y color naranja. En una mano sostenía un reproductor de casete. No sé si era nuevo, viejo o una criatura construida con partes de ambos tiempos, pero tenía una cualidad cada vez menos común: servía para escuchar música. Nada más.
No recibía mensajes. No tomaba fotografías. No mostraba la ubicación de un repartidor ni vibraba con la notificación de descuento del 50 por ciento de alguna aplicación de delivery. Era una pequeña máquina especializada en una sola tarea, en una época donde los aparatos parecen fracasar si no pueden hacerlo todo.
Creo que lo observé más de lo necesario, en parte porque caminábamos en la misma dirección. Él no se dio cuenta. Avanzaba con la mirada un poco baja y el paso tranquilo. Parecía seguir su propio ritmo mientras atravesaba el Centro Histórico. Por un momento, el extraño no fue el muchacho con el casete, sino yo, que caminaba sin nada que me separara de los motores, las voces y los pasos.
Al principio pensé en su reproductor como una forma de nostalgia, pero no parecía nostalgia en el sentido clásico. Más que recordar una época que no vivió, el joven parecía haber elegido una tecnología con límites.
Esa diferencia importa. Casi todo pasa ahora por el mismo aparato sostenido en la palma de la mano: la música, las fotografías, los mensajes, el trabajo, las compras, el entretenimiento, la orientación, el deseo de aprobación y la ansiedad de estar disponible. Aquel reproductor, en cambio, no podía interrumpirlo con nada que no fuera una canción o el sonido inevitable de la cinta al terminarse.
La escena me dejó una duda. Para explorarla, hablé con David Juárez, con maestría en psicología social. Según explicó, para algunos jóvenes y adolescentes estos objetos pueden funcionar como formas de pertenencia prestada.
Las comunidades digitales son rápidas, fragmentadas y cambiantes. Una estética aparece, recibe un nombre, reúne seguidores y, pocas semanas después, puede ser sustituida por otra. Frente a esa inestabilidad, ciertos objetos del pasado ofrecen códigos visibles y palpables. Unos audífonos con cable, una cámara analógica, un reproductor de casete, una videocasetera o una prenda de otra década no solo se ven: se cargan, pesan, se conectan, se desgastan, se reparan.
Parecen venir de una vida menos mutable. No necesariamente de una vida mejor, pero sí de una donde los objetos tenían bordes más claros.
No se trataría, entonces, de regresar a un tiempo desconocido. Se trataría de encontrar en ese tiempo una tribu más física que la actual. Una forma de decir que se pertenece a algo sin depender por completo del algoritmo, de la tendencia de la semana o de una identidad que puede desaparecer cuando se apaga la pantalla.
Esa idea tiene sentido. En décadas anteriores —al menos dentro de la ilusión de la memoria— uno podía vestirse de negro, decir que era emo y saber dónde encontrar a otros emos. Había una banqueta, una esquina, una plaza, un Centro. La identidad también tenía dirección.
Ahora muchas de esas tribus no han dejado de ser urbanas, pero ya no dependen únicamente de un territorio. Se mezclan con comunidades que viven en TikTok, en un Tumblr resucitado, en Pinterest o dentro de microestéticas que duran lo que tarda en aparecer una nueva tendencia.
Quizá por eso importa tanto un objeto que puede tocarse, desconectarse y permanecer. Una caja que reproduce un número limitado de canciones seguirá ahí cuando la pantalla se apague. Uno puede cerrar una aplicación, pero también puede sostener un casete, darle vuelta y escuchar cómo la cinta comienza otra vez.
Ahora soy un señor más. Incluso eso ya fue convertido en una estética digital: el dadcore, una versión cuidadosamente diseñada del padre estadounidense con tenis cómodos, gorras, camisas amplias y una vida que parece transcurrir entre una parrilla y una camioneta familiar.
La distancia generacional me obligó a buscar a alguien que conviviera diariamente con adolescentes. Hablé con un docente de secundaria en quien ha observado este comportamiento sobre todo entre estudiantes de primero y segundo grado.
En tercero, señaló, algunos comienzan a tomar distancia de ciertos accesorios o a elegir con mayor conciencia cuáles quieren conservar. Pero durante los primeros años de secundaria los objetos todavía funcionan como señales, quizá como ensayos: una manera de decir algo sin saber todavía cuáles son las palabras correctas para que el mundo los lea.
Para la docente, el centro no está siempre en el objeto, sino en el vínculo. Algunos adolescentes no buscan únicamente un casete, un disco compacto, unos audífonos con cable o una cámara vieja. A veces buscan acercarse a alguien que les resultó interesante, heredar una sensibilidad o sostener un vínculo con una persona a la que admiran.
No necesariamente desean vivir en otra época. Buscan tocar algo que pertenece o perteneció a alguien con quien quisieran sentirse cerca.
Esas elecciones también tienen una dimensión emocional. La docente habló de jóvenes que se sienten diferentes o poco comprendidos; estudiantes que se perciben más maduros que sus compañeros o que no encuentran demasiado interés en las bromas del grupo. En ciertos casos, lo nostálgico puede convertirse en refugio. Como si al cargar un objeto pudieran explicarse ante sí mismos y ante los demás.
La pandemia de COVID-19 pudo haber influido, aunque no conviene convertirla en una causa automática. Quienes hoy cursan la secundaria vivieron el encierro cuando todavía estaban en la primaria. Pasaron más tiempo dentro de casa, cerca de adultos, hermanos mayores, canciones que no eran suyas y objetos familiares que permanecían guardados en cajones y roperos.
Cables. Discos. Controles. Fotografías analógicas. Aparatos que habían dejado de usarse, pero no de existir.
Tal vez esa nostalgia por lo no vivido no nació únicamente en las redes. Quizá comenzó en la sala de una casa.
Con el tiempo, y gracias al algoritmo que escucha incluso aquello que uno todavía no ha decidido comprar, comenzaron a aparecerme anuncios de los audífonos. La nostalgia también tiene mercado.
También charlé con un politólogo quien observa el fenómeno desde ahí. La nostalgia puede ser legítima y natural, pero el sistema de consumo aprendió a adelantarla, empaquetarla y venderla como si fuera a morir cuando deja de reinventarse.
Ya no parece necesario esperar veinte o treinta años para extrañar algo. Basta con que un objeto, una canción, una prenda o una estética dejen de circular durante un momento para que regresen como tendencia.
A veces, lo retro ya no es memoria, sino un producto fabricado para parecer memoria.
No vuelve el pasado completo, con su precariedad, su aburrimiento, sus limitaciones o su incomodidad. Regresa una versión más limpia, estética y fácil de comprar: una nostalgia en envase Tetra Pak, ultrapasteurizada y lista para consumirse antes de la fecha de caducidad.
Reproductores nuevos que imitan al Walkman. Audífonos con cable diseñados para parecer de otra época. Cámaras analógicas con Wi-Fi. Ropa dosmilera fabricada en el presente. Aparatos que parecen viejos, pero que fueron construidos específicamente para gustar ahora.
Ahí aparecen las contradicciones más interesantes.
Muchos de esos objetos prometen una fuga de lo digital, pero todavía necesitan regresar a lo digital para adquirir valor social. La cámara analógica promete pausa, textura e incluso accidente, pero la fotografía termina en Instagram. Los audífonos con cable parecen resistirse a la inmediatez, pero también pueden formar parte de una imagen cuidadosamente construida para ser vista por otros.
Lo viejo no sustituye lo nuevo; le da un mejor ángulo.
El politólogo lo llama figureo: usar cosas viejas para mostrarse distinto en las redes sociales. Ser diferente, pero frente a los mismos ojos de siempre. Buscar una salida del consumo acelerado y terminar entrando por otra puerta al mismo camino.
Comprar lo viejito. Intentar repararlo. Tomarse una fotografía con el objeto. Subirla. Esperar a que alguien diga: qué chido, qué raro, qué interesante.
Pertenencia, había dicho el psicólogo.
Yo nunca escuché música con unas esponjas naranjas sobre los oídos, pero mi tía sí. La recuerdo lavando trastes con su Walkman colgado del cinturón. Ella no lo utilizaba para representar una época. No intentaba verse vintage. Simplemente escuchaba música mientras hacía algo más.
Ahora la nostalgia contemporánea rara vez ocurre en silencio. Antes, uno podía extrañar algo sin demostrarlo. Hoy incluso el pasado parece pedir evidencia.
La canción que escuchas. La cámara que utilizas. El disco de vinilo que compras. Los audífonos que dejas colgando del cuello. Cada objeto puede convertirse en una pequeña declaración pública.
También me permito declararme amante de la paca. Ahí la nostalgia deja de ser únicamente una emoción o una estética y se convierte en economía concreta.
Durante los últimos años he visto a jóvenes competir por una prenda a la que llaman pieza. La palabra ya cambia su valor: no es simplemente una camisa usada o una chamarra olvidada, sino algo singular que debe encontrarse antes de que otro lo tome.
Algunas prendas se usan. Otras se reparan, se fotografían y vuelven a circular dentro de bazares vintage. Una pieza comprada por cinco pesos puede ofrecerse después en doscientos. No cambió la tela. Cambió la mirada que la traduce al lenguaje correcto del presente.
Sería necesario hablar con compradores, revendedores y organizadores de bazares para comprender mejor ese circuito. Pero la transformación ya resulta visible: el valor no está solo en la prenda, sino en la historia que alguien consigue colocar sobre ella.
Sin embargo, sería injusto reducirlo todo a una pose.
De verdad hay algo genuino en elegir un aparato que hace menos cosas. Algo casi tierno en preferir botones cuando todo es pantalla. Hay algo comprensible en buscar un objeto que obliga a esperar, tocar, rebobinar o desenredar.
Frente a una vida que se actualiza sola y exige respuestas inmediatas, esa limitación puede sentirse como una forma mínima de control.
La caminata por el Centro Histórico terminó por devolverme a una pregunta. La nostalgia de lo no vivido quizá no busca realmente el pasado. A veces es pertenencia; otras, pausa, vínculo, refugio, mercado e incluso un like.
Pero en medio de todas esas posibilidades queda algo más: ¿qué tan rápido se volvió el presente para que tantos jóvenes busquen en los objetos viejos una forma menos ansiosa de estar aquí?
Quizá por eso el joven de los audífonos naranjas me pareció tan tranquilo.
No puedo saber si aquello era nostalgia, pose, pertenencia o simple gusto personal. Nunca hablé con él. Pero, mientras lo seguía con la mirada, parecía haber encontrado una forma de ponerle límites a su época.
Mientras casi todos cargamos un rectángulo con litio que quiere hacerlo todo, él llevaba un aparato que parecía conformarse con reproducir canciones.
Hasta que la cinta del casete se le reventó.