¿Soy otrovertido?
COMPARTIR
No todas las personas necesitan pertenecer a grandes grupos para sentirse completas. Para algunos, el valor no está en tener muchas relaciones, sino en tener pocas, pero auténticas
Durante muchos años, la psicología popular clasificó a las personas en introvertidos y extrovertidos. Ante esta clasificación, en lo personal, no encajaba en ninguno de los dos, ya que mi personalidad combina un poco de introversión y de extroversión. Sin embargo, hoy brota un concepto nuevo que constituye un punto intermedio: “otrovertido”, propuesto por el psiquiatra Rami Kaminski, autor de “The Gift of Not Belonging: How Outsiders Thrive in a World of Joiners” (El don de no pertenecer: cómo las personas que no encajan prosperan en un mundo que exige pertenecer).
Hay personas que, a pesar de ser sociables y empáticas, no sienten la necesidad de pertenecer a grupos o comunidades estructuradas. En un mundo que no deja de invitar –o incluso de presionar– a unirse a clubes, ideologías, partidos políticos, religiones o movimientos sociales, estas personas tienen una sensación constante de ser “diferentes”.
El otrovertido descrito por Kaminski no es una persona que esté sola ni que sufra un aislamiento extremo. Por el contrario, pueden ser amables, empáticos y conectar con facilidad con las demás personas. Pueden intercambiar palabras con naturalidad en una reunión, estar en distintas situaciones sociales o mantener una conversación animada. No obstante, hay un sentimiento interior de que no encajan del todo en la socialización del grupo. Suelen hablar de que tienen la sensación de ser observadores de la situación y no de necesitar pertenecer a ella. Parecen estar allí; se encuentran en la escena social, pero se mantienen emocionalmente distantes respecto del grupo.
Este aspecto los distingue de quienes padecen problemas sociales o trastornos en las relaciones. En este caso, el problema no es ser incapaz de relacionarse con otros, sino no desear, de forma consciente, formar parte de las estructuras sociales. Una de las características más claras de los otrovertidos es su preferencia por relaciones más profundas y humanas, en lugar de las interacciones más orientadas al grupo en términos generales. Un ejemplo de ello sería que muchas personas disfrutan de participar en clubes sociales, asociaciones, grupos religiosos o ligas deportivas, pero un otrovertido preferiría una conversación íntima con un amigo a participar en una reunión de grupo.
Otro rasgo habitual es la independencia de pensamiento. Los otrovertidos son propensos a tener opiniones sólidas y convicciones firmes, y suelen ser menos propensos a sucumbir a la presión colectiva del grupo o a las tendencias de la cultura mayoritaria. A menudo, no sienten necesidad de seguir modas, ideologías populares o corrientes de la cultura de la mayoría. Esto no quiere decir que sean rebeldes por naturaleza, sino que otorgan mayor valor a la autenticidad personal que a la conformidad social. También en el ámbito laboral, muchos otrovertidos prefieren trabajar en solitario, desarrollar sus propios proyectos o tener mayor libertad en su trabajo.
Más allá de los debates teóricos, la idea de otrovertido resulta interesante, pues supone que la cultura contemporánea puede hacerla propia. Vivimos en una sociedad en la que pertenecer a grupos (ideológicos, sociales, digitales, etc.) parece una obligación. La psicología científica ha demostrado que el bienestar emocional depende en gran parte de contar, al menos, con dos o tres relaciones en las que la persona se sienta escuchada y valorada por otro u otros.
En conclusión, el concepto de “otrovertido” nos recuerda algo muy sencillo: no todas las personas necesitan pertenecer a grandes grupos para sentirse completas. Para algunos, el valor no está en tener muchas relaciones, sino en tener pocas, pero auténticas. Estas personas sienten conexión con los demás a través de una relación más profunda, en la que pueden ser ellas mismas. Y, al mismo tiempo, valoran la libertad de estar solas sin echárselo en falta.