Un matrimonio inocente
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Candidito era un joven inocente, ingenuo, carente por completo de ciencia de la vida... Se hizo novio de Pudentina, que compartía su misma personalidad. También ella había conservado a los 30 años la gala de su doncellez
“¡Tú estás siempre mirándome las bubis!”. Ese reproche le hizo Tetonina a su novio Galateo. “No es cierto” –negó el muchacho–. “Sí que lo es –ripostó la bien dotada chica–. A ver: ¿de qué color tengo los ojos?”. Arriesgó él: “¿36 B?”... Algunos hombres se resignan al matrimonio con tal de tener sexo, y algunas mujeres se resignan al sexo con tal de tener matrimonio. Leovigildo le pidió a la linda Dulcibella que se casara con él. Acotó la muchacha: “Si me caso contigo, ¿renunciarás al cigarro?”. “Sí”. “¿Renunciarás a la bebida?”. “Sí”. “¿Renunciarás a esas comilonas en restorán de lujo donde gastas tanto dinero?”. “Sí”. “¿Renunciarás al dominó de los sábados con tus amigos?”. “Sí”. “¿Renunciarás al trato de las pelanduscas con las que has andado?”. “Caramba –ponderó él tras ese exhaustivo interrogatorio–. Ahora que lo pienso, creo que mejor voy a renunciar a ti”... Astatrasio Garrajarra, ebrio con su itinerario, le preguntó lleno de ansiedad al médico: “¿Está usted seguro, doctor, de que lo único que tengo es que estoy crudo?”. “Así es –respondió el facultativo–. No tiene usted nada aparte de una resaca de órdago”. “¡Alabado sea el Señor! –profirió el temulento–. ¡Pensé que tenía derrame cerebral, infarto al miocardio, poliomielitis, pérdida de la visión, dislalia, desprendimiento de vejiga, artritis, tuberculosis, distrofia muscular, ciática, gota, lepra y meningitis cerebroespinal!”. (Nota lírica: “Debe inscribirse la cruda / entre los mayores males. / Ahí no sirven mejorales / ni la celestial ayuda”)... Terebinto casó con una chica que era oficial de tránsito. La noche de las bodas ella lo multó por exceso de velocidad, por no usar casco y por equivocar la ruta... Entró en la peluquería “Rizos de oro” un señor muy correcto acompañado por un niño. El peluquero –“tonsorial artist”, se decía él– le cortó el pelo al señor. “Córteselo también al niño” –pidió el cliente–. Y en seguida le indicó al pequeño: “Ahorita vengo, hijito. Voy a la tienda de la esquina a comprarme un café”. El fígaro acabó de cortarle el pelo al niño y le comentó: “Se está tardando mucho tu papá”. “No es mi papá –respondió el chiquillo–. Estaba yo en la esquina y me dijo: ‘Ven, chamaco. Vamos a que nos peluqueen gratis a los dos’”... “Tengo problemas en mi matrimonio –le comentó la ciempiés hembra a una amiga–. Cuando mi marido acaba de quitarse los zapatos, a mí ya se me pasaron las ganas”... El encargado del cementerio se sorprendió al ver que una mujer vestida de negro depositaba un ramo de flores en una tumba, y luego se alejaba de ella caminando hacia atrás sin darle la espalda. La señora advirtió el desconcierto del hombre y le explicó: “Es que mi marido me dijo siempre que tengo unas pompas como para resucitar muertos, y no quiero arriesgarme a que el cabrón vaya a resucitar”... Candidito era un joven inocente, ingenuo, carente por completo de ciencia de la vida. No había tenido más lecturas que “Staurofila”, novela devocional, y “Genoveva de Brabante”, relato de edificación. Contaba ya 35 años de edad y era virgen. Se hizo novio de Pudentina, que compartía su misma personalidad. También ella había conservado a los 30 años la gala de su doncellez, e igualmente nada sabía del mundo y de sus cosas. Sobre todo de sus cosas. En los días previos al desposorio, la mamá de Pudentina no le dijo nada acerca de lo que sucede en la noche nupcial, pues tampoco a ella le dijo nada su mamá. Por su parte, la madre de Candidito le musitó sólo estas lacónicas palabras que pretendían ser orientadoras: “Hijo: el hombre arriba y la mujer abajo”. Tres años han pasado ya del matrimonio y Pudentina y Candidito siguen durmiendo en literas... FIN.