Un rotundo no a la guerra
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Se han soltado los demonios invocados por líderes autocráticos que defienden una territorialidad ajena a su propia soberanía
Durante la Revolución Islámica en Irán, que tuvo su origen en los conflictos socioeconómicos de la década de los años setenta y se agudizó entre 1977 y 1979 –ocurriendo en este par de años dicha revolución–, yo era estudiante de la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Y por usar barba, mi entrañable amigo y condiscípulo Eleazar Estrada Quintero me apodaba “El iraní”; aquello era una broma hacia mi persona. Sin embargo, lo que no era motivo de risa era el creciente odio hacia lo occidental. Este odio fue creciendo en aquel país asiático que tuvo como cuna originaria a la gran Persia, cuya cultura milenaria sigue presente, pero ahora en una población fanatizada.
En el plano mundial se han soltado los demonios invocados por líderes autocráticos que defienden una territorialidad ajena a su propia soberanía. Israel y Estados Unidos soltaron los primeros golpes contra Irán, acabando materialmente con el ayatola Alí Jamenei, su máximo líder, pero no con su estructura de poder.
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Desconocidas armas iraníes están por hacer presencia para llegar a donde puedan causar más dolor y muertes. Ellos demostraron que atacaron bases militares estadounidenses con una precisión brutal. El general Ebrahim Jabbari ha declarado que las cosas no se quedarán así. El olor de la venganza fortalece a los fundamentalistas, mientras que la organización terrorista Al Qaeda pretende sumarse a la guerra apoyando a Israel.
Quienes están de plácemes son los dueños de las fábricas de armamento en el mundo, porque harán grandes negocios; pero también Rusia disfrutará del aumento en el precio del petróleo y sus derivados, porque se elevarán sus ganancias.
Los países involucrados “se traían ganas”, como adolescentes que se esperan a la salida de la escuela para liarse a golpes, ante gente enardecida que busca ver sangre. El rubio platino que aún se hospeda en la Casa Blanca sigue jugándose su reputación y la de su partido político dentro de la Unión Americana. Ya vendrán los resultados de las elecciones intermedias para conocer si continúa gozando de la misma aceptación que lo encumbró.
900 millones de dólares al día le cuesta al gobierno norteamericano mantenerse en esta guerra. Por lo visto, Trump no ha logrado la paz a su modo con la organización de países que integró y de la que el Papa evitó ser parte.
¿Y la ONU? Como real mediador, la otrora organización que fue capaz de “parar” guerras parece inerte. Cada vez tiene menor influencia real, por lo que –me consta– muchos de sus programas, como el de la UNESCO y ONU Medio Ambiente, están desmembrándose, lo que mucho me preocupa.
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De niño acudía con mis compañeros y maestros a la Plaza de las Naciones Unidas –lugar venido a menos– y escuchaba los discursos de fraternidad que ahí se ofrecían. Inspirado en el espíritu de la paz, soñé un día con ser diplomático y a punto estuve de inscribirme en El Colegio de México para iniciar mi preparación formal.
Los avatares que sufrirá la humanidad por una posible guerra mundial afectarían la soberanía y el orden, y trastocarían a todas las economías domésticas de los países. Algunos ricos lo serían más y uno que otro empresario mexicano se “colaría” para fortalecer sus negocios. ¿Qué pasaría con las remesas de mexicanos en el exterior? ¿Con el turismo? ¿Con los pueblos originarios? Se formarían bloques de países y las autoridades mexicanas deberán elegir si aliarse con el vecino del norte o no.
Soy parte de la Universal Peace Federation y sé que, aunque haya instrumentos como la Carta de la Tierra, serán inútiles ante la avaricia de los empresarios de la guerra que podrán volver a mover el mundo. ¡Un rotundo no a la guerra!