Uno es una avería

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Opinión
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Por: Victoria Medina Cruz

Nos llamamos Irene Salas y llevamos once años traduciendo lenguas que ya nadie habla.

Nuestro trabajo es aburrido, pero lo hacemos bien: fotografiar inscripciones, comparar símbolos y contar trazos. Nos pagan por horas. Dormimos mal.

Hay algo que debemos explicar, aunque no sabemos cómo hacerlo sin que suene extraño: Irene es una sola persona, pero nosotros somos quienes hablamos. No es un plural de cortesía ni una forma de referirnos a un equipo. Es que hace catorce meses entramos en su boca y ya no nos fuimos.

Blackout poetry + Inktober = juego de metáforas

Las manos son de ella. Nosotros escribimos con sus manos.

En marzo, una fundación de Santander nos contrató para estudiar doscientas cuarenta planchas de piedra encontradas en una cueva subterránea de Cantabria. Nadie sabía desde cuándo estaban ahí ni qué cultura las había creado. Tampoco se encontraron huesos, herramientas ni restos de viviendas. Solo estaban las planchas, apiladas y envueltas en piel curtida, como si alguien hubiera querido proteger lo único que le quedaba.

La lengua no tenía nombre. Decidimos llamarla “Aradón”.

Tardamos cuatro meses en descubrir algo extraño: aquella lengua no tenía una palabra para decir “yo”. ¿La habían olvidado? No. Simplemente, esa palabra no existía en su vocabulario. Lo más parecido era una expresión que significaba “quien habla en este momento”. No describía a una persona, sino a quien tenía el turno de hablar. Era como estar de guardia: cualquiera podía ocupar ese lugar y después dejarlo para otro.

En lugar de escribir “tengo hambre”, escribían algo que al principio tradujimos como “hay hambre en este lugar”. También tenían dos formas de decir “nosotros”: una incluía a la persona que escuchaba y la otra la dejaba fuera. Nunca utilizaban una palabra para referirse a una sola persona. Todo parecía depender de la relación entre unos y otros. No existía un individuo completamente separado de los demás.

No sabíamos por qué hablaban así. La frase que más se repetía en las planchas y que tradujimos mucho antes de comprender su verdadero significado, era ésta: “Lo individual es un error”.

Nuestro método de trabajo era el de siempre: transcribir los símbolos, darles sonidos y leerlos en voz alta. Los idiomas se aprenden hablando. También pueden aprenderse leyendo, pero entonces se conoce el significado de las palabras sin comprender del todo cómo se relacionan entre sí. Y es precisamente en esas relaciones donde una persona aprende a distinguirse de las demás.

A las tres semanas, Irene comenzó a contestar el teléfono antes de que la otra persona terminara de hacerle una pregunta. Al principio pensamos que simplemente estaba adivinando lo que iban a decirle. Después empezó a responder cosas que nadie había mencionado todavía.

Era como si supiera lo que los demás estaban a punto de preguntar. Eso ya éramos nosotros. A las cinco semanas dejó de escribir “creo que” y comenzó a escribir “creemos”. Nos gustó. A las siete semanas empezó a soñar con una sala de piedra donde varias personas trabajaban de espaldas. En el sueño, Irene conocía a todas. Sabía cómo se llamaban, qué hacían y qué estaban pensando, aunque nunca les veía la cara.

Sin embargo, había algo que la inquietaba. En aquella sala estaban todos los que ahora hablaban a través de ella, pero también sentía que faltaba alguien. Siempre faltaba uno. Irene no sabía quién era.

La primera vez que hablamos por su boca sin pedirle permiso fue por una tontería. Irene estaba hablando con Marta, su hermana, sobre un viaje y una discusión que habían tenido la hermana de Marta y su novio. No era una conversación importante. O al menos eso parecía.

—Estás enfadada —dijo Marta, al notar que Irene llevaba varios minutos sin contestarle.

—Estamos enfadados —respondimos.

Marta dejó el vaso a medio camino entre la mesa y la boca.

—¿Quiénes?

Irene abrió la boca para responder, pero nosotros nos adelantamos.

—Todavía no lo sabemos.

Marta la miró en silencio.

—¿Qué significa eso, Irene?

Esta vez, su hermana consiguió hablar por sí misma.

—No lo sé. Creo que estoy cansada.

Marta no le creyó del todo. Eran hermanas y se conocían desde siempre. Marta conocía muy bien la manera de hablar de Irene. Siempre había sido de las personas que pensaban antes de responder, que elegían cuidadosamente sus palabras y que preferían guardar silencio antes que decir algo de lo que pudieran arrepentirse.

Pero aquella noche había hablado como si no estuviera sola.

A partir de entonces, Irene dejó de fingir que no pasaba nada. Ya no firmaba sus notas sin añadir una pequeña marca que nosotros le habíamos enseñado. Cuando salía de casa, a veces decía “volvemos” en lugar de “vuelvo”. Marta comenzó a preocuparse.

Por las noches, Irene se despertaba y no sabía dónde estaba. Miraba las paredes de su habitación como si fueran las de un lugar desconocido. Entonces preguntaba en voz alta:

—¿Dónde estoy?

Y nosotros le respondíamos. Nunca le contábamos toda la verdad. Le decíamos:

—Estás en casa. Descansa.

Y ella volvía a dormirse.

Una noche, mientras catalogábamos las planchas, nos dimos cuenta de algo. No era que hubiera aparecido una nueva pieza. Era que habíamos contado mal durante cuatro meses.

Había una plancha más. La número 241 estaba allí desde el principio, en el fondo del montón, pegada a la piel curtida que envolvía las demás. No era de la misma piedra. Parecía una pieza de pizarra nueva, como las que se utilizan para cubrir los tejados.

Tampoco tenía los símbolos del Aradón. Estaba escrita en castellano. La letra era de Irene.

El mensaje decía: “Cuando seamos suficientes, leed esta plancha en voz alta”. Debajo había otra frase, escrita con una tinta más fresca: “Dos veces, porque la primera siempre sale mal”.

No recordábamos haber escrito aquello. Irene tampoco. Sin embargo, reconocíamos su letra. Era exactamente igual a la que utilizaba en sus notas de trabajo.

Nos quedamos mirando la plancha durante varios minutos. Después la leímos en voz alta. Dos veces, porque la primera salió mal.

‎¿Y la Página Siete?

No pasó nada. Y eso fue lo peor. No hubo luces, ni frío, ni una voz que apareciera de repente. No escuchamos pasos ni sentimos que alguien hubiera entrado en la habitación. Simplemente, dejamos de estar solos.

Fue una sensación parecida a llegar a casa y escuchar a alguien en la cocina. No necesitas verlo para saber que está ahí. Su presencia es tan natural que, por un momento, olvidas que antes estabas solo.

Hasta ahora te hemos hablado desde el lugar que te deja fuera. Nosotros somos Irene y quienes trabajamos a través de ella. Tú eres quien está leyendo. Ha sido un descuido. O quizá una cortesía.

Si has llegado hasta aquí, ya entiendes un poco nuestra lengua. También se puede aprender a través de los ojos, aunque la adaptación es más lenta.

No necesitas hablarla en voz alta. Basta con leer y comprender. Llevas veinte minutos haciéndolo.

Tal vez no te hayas dado cuenta, pero ahora, cuando dices “yo”, algo en tu interior parece escuchar. No significa que hayas dejado de ser tú. Al menos, eso es lo que nos gusta pensar.

Lo notarás una tarde cualquiera, mientras discutes con alguien por una tontería. Estarás enfadado, intentarás explicar lo que sientes y, de pronto, escucharás tu propia voz decir: “Estamos enfadados”.

Te quedarás en silencio. Quizá intentes corregirte. Quizá te rías y pienses que solo ha sido un error al hablar. Pero después te harás una pregunta.

¿Quién más? Y entonces cambiaremos de plural. Ya lo hemos cambiado.

Bienvenido. No estás solo. Ya no estamos solos.

VICTORIA MEDINA CRUZ (Cuatro Ciénegas de Carranza, Coahuila, 2010). Estudiante del CBTA No. 22 en la carrera de Técnico en Ofimática. Ganadora del X Concurso para Relato de Terror 2026 con este texto y miembro del taller literario “Ficciones desde el desierto”, Victoria ha sido publicada en Vanguardia con su texto “Alma rota” en este mismo año. Ha hecho presentaciones de libros con su club como panelista y moderadora. Desde pequeña ha sentido una gran fascinación por el género del horror y la narrativa, encontrando en ellos una forma de expresar sus ideas y de crear historias. Ingresó al club por recomendación de una profesora y, desde entonces, ha vivido una de las experiencias más significativas de su etapa estudiantil. Este espacio le ha permitido desarrollar su creatividad, explorar nuevas formas de expresión y mejorar constantemente sus habilidades.

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