Besos, abrazos, pasión y despecho, el amor inmortalizado en el arte

Klimt, Munch, Magritte, Chagall, Toulousse- Loutrec, Lichtenstein, Rodin o Brancusi, son algunos de los artistas del siglo XX que han representado el amor en todas sus etapas, desde lo romántico con amantes fundidos en un tórrido beso, hasta aquellos que fracasaron en el intento, inmortalizándose en el despecho y el dolor de un corazón roto.

Artes
/ febrero 13, 2021 - 05:45

De acuerdo con la Real Academia Española, el amor es un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Es curioso que este sentimiento que es tan natural, también genere tantas emociones, desde alegría y diversión, hasta dolor y enojo. De hecho, el amor tiene tantas aristas que ha sido plasmado a través de las artes desde hace siglos, ya sea pintura, literatura, escultura y hasta el cine, muchos han tratado de explicar este sentimiento, aunque a ciencia cierta, nadie sabe bien lo que se siente.

Una de las más representadas escenas de la mitología sobre los estragos que deja la pasión no correspondida, la representa Tiziano en “Venus y Adonis” (1520) con una audaz composición en la que el maestro veneciano muestra a una mujer cegada por el amor y que se lanza desesperada tras su amado, pero Adonis la rechaza.

Un tema del que hizo varias versiones, como la realizada para Felipe II con pequeños cambios para que no resultara demasiado atrevida. Una mujer desnuda de espaldas al espectador mostrado en un primer plano su trasero, la parte precisamente del desnudo femenino más erótico para la época, una provocación a la que añade otra de gran audacia: presentarla además tomando la iniciativa en el ruego amoroso, en un airado pero estéril, último intento de por retener al amado, escena que recrearon también Carracci y Veronés.

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TRES  BESOS DE PINTURA : HAYEZ, KLIMT Y MUNCH

Uno de los cuadros románticos más populares, “El beso” (1859) del veneciano, Francesco Hayez, aporta a una sencilla escena amorosa,  simbólico del romanticismo y que sirvió para representar a Italia en la Exposición Universal de París. Vino a ser una alegoría de la alianza franco-italiana, precisamente cuando Italia apoyó ese mismo año a Napoleón III en su guerra con el imperio austrohúngaro, gesto por lo que recibió la ayuda francesa, decisiva para la unificación de Italia.

Existen varias versiones, donde se modifican los colores. En una, el joven viste de verde y rojo que, junto con el blanco de otra tela, refieren la bandera italiana, mientras que el azul y el blanco del vestido de la chica, combina con el rojo de las medias de su amado, dando los colores de la enseña francesa. El amor patriótico, el romanticismo con sus ansias de independencia, servido en el beso de dos enamorados.

Pero para besos famosos en pintura, el del austriaco Gustav Klimt. A caballo entre el simbolismo y el art nouveau, en “El beso” (1907-1908), los cuerpos de los amantes, profusamente decorados, parecen fundirse en uno solo. Él besa a la joven en la mejilla, que sujeta con ambas manos. Un cuadro y un pintor que llegó a ser tachado de casi pornográfico en la Viena a finales del XIX. 

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Puede que se trate del propio Klimt junto a su cuñada Emilie, y su musa, no se sabe con certeza si  amantes, pero si la mujer más importante de su vida. Tuvo un taller de modas que le decoró el propio Klimt. Klimt pintó decenas de desnudos de mujeres, cambiando de modelo constantemente. Para captar el amor usa sus amarillos y dorados brillantes, hasta entonces exclusivos de lo religioso, como el  dulce y dorado  universo donde habitan los amantes cuando se funden en su abrazo.

La mujer, idealizada o no, es protagonista también de la obra de Edward Munch. Santas, vírgenes o por el contrario seductoras y perversas, esa mujer fatal que gusta de tentar y seducir al hombre para luego traicionarlo.  “Es entonces cuando el hombre se convierte en el sexo débil”, escribe Munch. Un hombre sumiso, vencido, al que la mujer envuelve con su roja cabellera hasta que “le enmaraña el corazón” para atraparle. Así sus amantes se funden en imágenes cada vez más abstractas. Su mala experiencia con las mujeres, quizás porque tampoco encontró el amor, ni tuvo hijos, algo que le atormentó siempre, hizo plasmar ese lado frustrante del amor: el desengaño, algo así como “la gloria a las puertas del infierno” cervantina.

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DEL BESO DEL SURREALISMO AL POP ART

Uno de los grandes del surrealismo fue le belga René Magritte,  agudo e irónico, de personalidad tan controvertido como subversivo, creó un universo fantástico, mágico donde lograba que fuera de noche y de día al mismo tiempo, unos magnéticos cielos azul intenso cubiertos de nubes. Su personalísimo mundo está plagado de imágenes tan sugerentes como inquietantes, como en “Los amantes” (1928) donde los rostros tapados por telas blancas se besan de perfil. Una obra enigmática que ha despertado siempre preguntas y no solo las identidades ocultas de los protagonistas.

Los paños blancos y húmedos cubriendo totalmente las cabezas pueden referirse al trauma del autor quien, en plena adolescencia, vivió el suicidio de su madre que, tras tirarse al río una noche, fue hallado su cadáver con la cabeza enredada por el camisón. Otro de los grandes del surrealismo, Marc Chagall, judío francés de origen bielorruso, se autorretrata en “El cumpleaños” (1915) flotando mientras besa a su mujer, Bella, el amor de su vida, con quien se acababa de casar ese mismo año. En aquel momento solo se tenían el uno al otro, pero daba igual, poco importaba la austeridad, lo tenían todo.

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Chagall empleó literalmente la metáfora del “sentirse flotando” del enamorado, así expresó su estado de ánimo “volando como un globo” con su ramo de flores para desinflarse después ante su amada. Llegamos al “Kiss” neoyorquino, Roy Lichtenstein (1923-1997), representante del pop art, y artista que, junto a Warhol, popularizó lo cotidiano en el arte. Sus icónicos dibujos parecen salidos de un cómic con colores fuertes y planos son sus señas de identidad.  En su versión de 1963 se apropiaba de la estética de los dibujos animados, pero su estilo, que parecía sencillo, parte de unos planteamientos complejos que él simplificaba.

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DEL NEOCLASICISMO A LA FUERZA EXPRESIVA

“Cupido y Psique”, del escultor neoclásico, Antonio Cánova, es otra escena de la mitología clásica inmortalizada en la que todo es reposo y dulzura, hasta sus últimas consecuencias. Cupido rodea con su brazo el torso y el pecho desnudo de la delicada Psique, mientras ésta coge la cabeza y le mira entregada; ella, en  éxtasis amoroso, alza sus brazos rozando su pelo… pero la frialdad del mármol los deja congelados a un suspiro del beso. ¡Oh, amor imposible!

“El beso”, de Auguste Rodin (1840-1917), autor de “El Pensador”, resulta tan majestuoso como real.  Fue encargado por el estado francés y expuesto en el Salón de París de 1898. La pareja de amantes hacen referencia a Paolo y Francesca, los personajes de «La Divina Comedia» de Dante. El marido de Francesca, sorprende a su mujer en adulterio, besándose con su amante, que resulta ser Paolo, su hermano, y en un ataque de cólera mata a la pareja, todo un drama tratado con toda la fuerza emocional como compositiva.

En las varias versiones de “El beso” del artista rumano Constantin Brancusi (1876-1957), acaba siendo una escultura abstracta. Destaca la simplicidad y economía de formas donde no se distinguen ningún atributo masculino o femenino y ambas figuras se fusionan simbólicamente en una sola. "La simplicidad es la complejidad resuelta", decía el artista, que trabajó escaso tiempo para su maestro, Rodin, antes de emprender su camino.

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AMOR IMPOSIBLE, AMORES LÉSBICOS

Especialista en temáticas históricas y bíblicas, el británico Frederic Leighton en “El pescador y la sirena” representa una escena de amor imposible muy al gusto finales de siglo XIX. El rostro del joven medio soñando, aventura su trágico final, mientras la sirena se afana en abrazarlo por el cuello, para besarlo y arrastrar a su amor a las profundidades del mar. La cola de la sirena se enrosca en la pierna del pescador que nublada toda voluntad parece rendirse. De nuevo el certero y cruel del verso cervantino, “el amor tiene su gloria a las puertas del infierno”.

“El sueño” (1886) de Gustave Courbet, el autor que impactó muchos años antes con “El origen del mundo”, pinta una escena subida de tono por encargo de un coleccionista de arte erótico, una escena de amor entre dos mujeres desnudas sobre su cama. Mientras los desnudos de las diosas aparecían idealizas, estas dos jóvenes son de carne y hueso, totalmente relajadas con sus cuerpos entrelazados y con los símbolos tradicionales: los jarrones  los relaciona con el sexo femenino y el collar de perlas roto con la pasión que precedió a ese momento, un cuadro que evidentemente solo era para uso privado.

Un siglo antes, el pintor rococó Louis-François Lagrenée, en “Las dos amigas” (1749), da su versión de Pigmalión y Galatea, que permite a este especialista en mitos griegos y pasajes bíblicos dibujar cuerpos desnudos. Más que dos amigas, se trata de una escena erótica entre dos jóvenes que, tras el orgasmo, una mira tiernamente a su pareja que todavía parece ausente. El erotismo está muy en boga en la alta burguesía francesa del XVIII. Abundan los escritos eróticos y era habitual que vinieran ilustrados con grabados muy explícitos, por lo que estas pinturas y temática lograron gran calidad estética.

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Muy similar en temática es “En la cama” (1892) de Toulouse-Lautrec, una de las pinturas eróticas que hacía por encargo y que pintó para decorar un prostíbulo parisino en los que pasó media vida huyendo de la soledad más afectiva. Dos mujeres se funden  en un abrazo que, más que pasión, lo que transmite es ternura. Se trata de dos de sus muchas amigas bailarinas del barrio de Montmartre donde, pese a no encontrar nunca quien le amara, si encontró la inspiración y la paz para sobrevivir.

Afectado por sus limitaciones físicas, Toulose-Lautrtec fue rechazado por su padre, un aristócrata engreído, que le privó de su amor y le traumatizó. Se identificaba con los personajes marginados de París y murió sin conocer el amor, salvo el de su madre que  siempre le cuidó y protegió. Su infortunio da cuenta el premio nobel francés y autor de “La peste”, Albert Camus: "No ser amado no es más que una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar”. Con información de EFE

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