Cultura y Pop: Hokusai y Wall

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Artes
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La relación entre una estampa de Katsushika Hokusai y una obra fotográfica de Jeff Wall sirve para reflexionar sobre el proceso creativo, la herencia artística y el valor del trabajo detrás de una gran obra

Alrededor de 1831, el artista japonés Katsushika Hokusai, inmerso en lo que se convertiría en su hiperfamosa serie “36 vistas del monte Fuji”, realizó “Estación Yejiri, provincia de Suruga”.

Al fondo de la escena se observa el monte Fuji, impasible ante lo que sucede delante: los viajeros que recorren un sendero sinuoso en la carretera Tōkaidō se han visto sorprendidos por un súbito ventarrón. Uno pierde su sombrero; otro tiene el rostro cubierto por su ropa; otros avanzan a duras penas. Papeles vuelan, los árboles se mecen y las hojas se dispersan por el cielo.

La escena es cotidiana y humorística. Nos recuerda esas veces en que un ventarrón nos ha hecho perder el estilo. Hokusai consigue dos cosas brillantes: que un dibujo, por naturaleza estático, transmita, sin embargo, movimiento; y que el espectador vea algo que no ocurrió.

Es lo que hacen los artistas. Crean cosas que no sucedieron y las hacen reales.

Al igual que los escritores imaginan historias y los músicos crean letras, sonidos y arreglos, Hokusai imaginó esta escena. Probablemente se basó en cosas que vio, pero que no ocurrieron exactamente así ni al mismo tiempo. Como todo artista, observó, interpretó y construyó con una idea en mente.

El espectador, sin embargo, ve el dibujo final y, a menos que se detenga a pensar, da por hecho que lo que tiene enfrente es exactamente lo mismo que tenía el artista delante al realizar la obra. A menos que indague un poco, jamás imaginará las decisiones, la síntesis y el proceso que hay detrás.

Ciento sesenta y tres años después, el artista canadiense Jeff Wall realizó “A Sudden Gust of Wind (After Hokusai)” (1993), una obra que recrea la escena, pero en las afueras de Vancouver, con actores y a través de fotografías. Nótese el plural: fotografías. El espectador solo ve la imagen final y, si no sabe nada sobre esta obra, da por descontado que Wall orquestó todo para capturarla en un solo momento.

Error.

Obtener esa pieza en una sola toma habría sido imposible, porque nunca existió como tal. Wall tomó más de cien fotografías a lo largo de cuatro meses, las cuales fue ensamblando digitalmente para conseguir algo lo más cercano posible a la idea que tenía en mente desde el principio: reproducir la esencia del dibujo de Hokusai.

Esta pieza me fascina porque me recuerda varias cosas.

La primera, que hay que agradecer a quienes vinieron antes que nosotros y hicieron avanzar nuestro oficio, permitiéndonos empezar donde ellos terminaron.

La segunda, que vivimos en un mundo donde las lavadoras y ChatGPT nos han liberado de lavar ropa y de escribir tediosos reportes de oficina, pero que debemos utilizar ese tiempo recuperado para hacer cosas exigentes y relevantes, no para ver publicaciones en Instagram y X.

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Por último, la obra de Wall me recuerda a un escritor obsesionado con escribir todos los días sin excepción, a quien escuché justificarlo así: “Si trabajas lo suficiente, tu libro es mejor que tú”.

António Lobo Antunes murió el pasado 5 de marzo. La próxima semana escribiré sobre él.

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Doctor en Literatura por la Universidad de Salamanca. Vive en Europa desde el 2000, donde ha viajado extensamente. Ha sido guionista y locutor de radio, y escritor de libros, museos, arte, viajes, conciertos, y películas. Actualmente es profesor en la Universidad de Ciencias Aplicadas Zuyd en Maastricht (Países Bajos), donde imparte clases de Lengua y Cultura Española, Comunicación Intercultural, Presentation Skills y Storytelling. En sus noches libres cocina para rockeros y poperos en la sala de conciertos Muziekgieterij.

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