De pavanas y filisteos, melancolía y rebeldía
El filisteísmo fue para Schumann el antiintelectualismo musical, y contra éste llevó a cabo una cruzada constante para elevar el ideal y nivel de creación artística
2026 arriba pletórico de efemérides musicales, tanto de natalicios como de conmemoraciones luctuosas. Recordar al autor y su obra, así como al músico intérprete, nos permite aquilatar los procesos históricos, filosóficos y estéticos circunscritos en las obras musicales creadas a lo largo de los siglos. Abre la lista el compositor inglés John Dowland (1563-1626), del que se conmemoran 400 años de su muerte el próximo 20 de febrero. Compositor, laudista y figura central del Renacimiento tardío; el poeta isabelino Richard Barnfield (1574-1620) escribió sobre Dowland “que su celeste tañer del laúd arrebataba el sentido”. Hombre culto, de formación universitaria, Dowland pasó la mayor parte de su vida en las casas de varios nobles ingleses o en empleos temporales, pero muy bien pagados, en diversas cortes del continente. Autor de una recopilación de pavane appasionate para viola y laúd titulada Lachrimae (1604), y de la frase “Semper Dowland, semper dolens” (Siempre Dowland, siempre doliente), en cuyo título juega con la asonancia de la pronunciación anglo-latina, y en ella también refleja la obsesión de la época isabelina por la melancolía como símbolo de profundidad intelectual y artística. De singular personalidad y de vida un tanto escandalosa, dublinés de nacimiento, creció en el seno de la religión protestante si bien en París no tuvo inconveniente en convertirse al catolicismo. De vuelta a Inglaterra, estimó que el catolicismo “no tendía a otra cosa que a la destrucción” y se hizo nuevamente protestante. La curia romana, haciendo la vista gorda, intentó incorporarlo a sus servicios musicales. Vagabundo, inquieto, impenitente y disoluto, estuvo ocho años al servicio de la corte de Dinamarca, de la que fue despedido por sus extravagancias. En su estancia en la península itálica conoció a Lucca Marenzio, Giovanni Croce, y a otros grandes polifonistas. En sus andanzas y vagabundeos, se impregnó de la rara melancolía que empezaba a recorrer a Europa al margen de los rigores de la Contrarreforma y se expresaba musicalmente con páginas un tanto lacrimosas. De la noble cadencia de sus célebres pavanas trasciende la expresión angustiada del alma irlandesa, que trescientos años después tendría en la figura de James Joyce a su más insigne intérprete. Dowland murió a los 63 años, posiblemente de disentería.
El espacio de este Atril no da para mencionar y comentar el centenar de músicos de variada catadura que celebran y conmemoran su nacimiento y muerte este año, por lo que en las siguientes entregas de esta columna comentaré la vida y obra de algunos de ellos. Hace 170 años murió uno de los icónicos compositores del Romanticismo musical. No, no es Paganini- que, de hecho, es la figura más representativa del romanticismo decimonónico-, ni Chopin ni Liszt; es Robert Schumann (1810-1856), compositor de frustrada carrera pianística, poeta del sonido que volcó sus febriles lecturas en consumados ciclos de lieder, miniaturista de aforísticas estructuras para piano, autor de cuatro bellas sinfonías y señeras obras de cámara, escritor avezado y crítico mordaz, actividad esta última en la que se muestra apasionado, exasperado y combativo. Se convierte en un férreo y entusiasta impulsor de los nuevos derroteros del arte musical. En 1834 cofundó junto a su maestro de piano y suegro, Friedrich Wieck, la Neue Zeitschrift für Musik (Nueva Revista de Música), desde la que escribió encendidas críticas contra los “filisteos” de la música (músicos y música superficiales, mediocre y conservadora, de acuerdo a los gustos de Schumann y sus seguidores, que se autodenominaron “Liga de los Hermanos de David”; entre estos filisteos estaban nada más y nada menos que Rossini y Czerny, éste último discípulo de Beethoven), y defendía a los nuevos valores musicales como Chopin, Mendelssohn y Brahms, entre otros.
El filisteísmo fue para Schumann el antiintelectualismo musical, y contra éste llevó a cabo una cruzada constante para elevar el ideal y nivel de creación artística. Murió a los 46 años, víctima de las secuelas de una sífilis mal tratada, adquirida en su juventud.
CODA
“Flow, my tears, fall from your springs”. (Fluyan mis lágrimas, caigan de sus manantiales). John Dowland