Eloy Cerecero, el artista que amó a los mexicanos
El pintor y muralista coahuilense falleció la madrugada de este viernes. Su obra permanece no sólo como un legado pictórico, sino como la huella de su preocupación por el bienestar de la humanidad y de sus compatriotas
La principal fuerza de la obra de Eloy Cerecero proviene de su dibujo. El propio artista contaba que se comprometió a no adentrarse en la pintura hasta no tener dominado primero el trazo con el lápiz, la figura humana, la forma.
Con su partida el arte coahuilense y de todo México dice adiós a un prolífico creador que es heredero director de los llamados “Tres grandes” del muralismo mexicano, influencia que se ve reflejada en todas su obras, a las que a su vez imprimió una esencia propia que hoy se convierte en su legado.
La línea precisa y el escorzo enérgico son, más allá del pincel, las verdaderas herramientas de su obra pictórica, gracias a las cuales representó sobre el lienzo y sobre el muro, en las ocasiones que llegó a crear piezas de grandes dimensiones para la posteridad –como el que se encuentra en la Casa de Coahuila en la Ciudad de México y del Ayuntamiento de Arteaga–, su preocupación por el bienestar de la raza humana y de los mexicanos en particular.

Desde las obras que realizó durante la pandemia, en las que plasmó las aristas de la crisis que se estaba viviendo, hasta aquellas donde hace referencia a las carencias e injusticias que sufren trabajadores como los mineros, sin mencionar metáforas más globales, Cerecero siempre plasmó con sentido crítico sus observaciones sobre el avance de la humanidad.
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Esto lo hizo sin reducir sus expresiones a un solo lenguaje, abordando cada obra desde el realismo casi literal, pasando por composiciones más metafóricas hasta llegar a propuestas que rayaban en el surrealismo, con un tratamiento ya fuera naturalista o que se codeaba con la abstracción, siempre respaldado por la pulcritud de su técnica y las décadas de experiencia.

Desde su obra se puede apreciar un optimismo crítico ante las crisis sociales y espirituales de los mexicanos, producto del amor por su raza que lo acompañó, al igual que cada trazo, hasta el final.
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