Cultura y Pop: Imitadores
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Para un grupo cuyo último concierto fue hace decenios, y que nunca tocará de nuevo, impersonators como estos son una bendición
Una de las cosas que he aprendido cocinando como voluntario en una sala de conciertos pop es que los tributos son un gran negocio. Es sabido que, si uno no tiene cuidado, levanta una piedra y sale un imitador de Elvis. Pero hoy en día hay imitadores de cualquier artista o grupo que se precie, y una masa de público que, a) quizá nunca pudo ver al artista original, o b) no tiene ganas de verlo en un concierto junto con otras cincuenta mil personas, o c) simplemente quiere pasar un buen rato escuchando sus canciones en vivo, y está dispuesta a pagar un boleto por ver a un imitador interpretarlas.
Ahora bien, imitadores, los hay mejores y peores. Esto lo aprendí the hard way. Hace un par de años fui a ver un tributo a Queen donde el guitarrista parecía estudiante de prepa, el baterista contador, y el bajista andar bien fumado. Pero lo peor era (gulp) el tipo que pretendía hacer de Freddy Mercury: el problema no es que fuera calvo, sino que no se molestó en ponerse peluca; llevaba ropa de tienda de souvenirs; se pasó la mitad del tiempo haciendo como que cantaba y la otra mitad pidiendo al público que cantara; y en algún momento exigió que compráramos la merch de su grupo.
No supe qué canción vino después, porque me salí.
La semana pasada, sin embargo, fui a ver a un grupo de ingleses —no voy a decir el nombre para que esto no parezca comercial— que dan conciertos por todo el mundo haciendo de ‘Los Beatles.’
Por algo se ganan la vida así. El show estaba montado con esmero. Los músicos, además de profesionales, iban maquillados, peluqueados, y vestidos como los originales. Se llamaban unos a otros con los nombres de los originales, y un dejo de ironía que a la vez remarcaba y mantenía la ficción. Se permitieron bromas efectivas pero respetuosas, y comenzaron con el look trajeado y con corte de cabello de cazuela de los Beatles pre-1967, para en algún momento desaparecer y volver al escenario en la versión psicodélica, haciéndonos comprender visceralmente la evolución artística e intelectual de los originales.
Pero lo mejor fue la música. Y la música era de The Beatles.
Aquí, el grupo no se permitió bromas: se esforzaron por hacer sonar las canciones tan semejantes a las versiones originales, que el efecto fue fantástico. Me olvidé de que si John contra Paul, de que si Yoko contra todos, y de todos los comerciales capitalistas, películas cursis, covers horrendos, y familiares obsesionados que me hicieron aborrecer a The Beatles.
Para un grupo cuyo último concierto fue hace decenios, y que nunca tocará de nuevo, impersonators como estos son una bendición. Al escuchar sus canciones en vivo e interpretadas a ese nivel, me hicieron pensar, “Qué buenos fueron, y con razón son tan importantes.”