Cultura y pop: ‘Trainspotting’

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La cinta de Danny Boyle permanece como una de las películas que marcaron a toda una generación y que demostraron que una segunda parte sí puede estar a la altura

Hace treinta años llegó el rumor de que había una película inglesa independiente, Trainspotting, que había que ver a toda costa.

Por entonces, en Monterrey estaban los cines Gemelos Plaza, en Constitución y Venustiano Carranza. Vistos a la distancia, eran una especie de aberración positiva: por razones que desconozco, ponían películas europeas y de cineclub que era imposible ver en ninguna otra parte. No recuerdo ninguna función que tuviera más de veinte espectadores, pero lo común era que no tuvieran más de diez y, a veces, tan solo cinco o seis.

Pues bien, un promotor cultural local consiguió una copia de Trainspotting y la programó ahí.

Confiado porque los Plaza nunca se llenaban, cuando llegué a comprar un boleto me sorprendió que las tres funciones estuvieran vendidas. No fui el único fuera de lugar: afuera había un gentío decepcionado y quejoso que tampoco había conseguido boleto. Pero el promotor cultural salió para decirnos que había programado una función extra. Que nos fuéramos a cenar tranquilos y volviéramos a medianoche.

Debió darme mala espina que no nos vendiera los boletos ahí mismo. Cuando volví, el cine estaba vacío y apagado.

Para quien creció en la época de Netflix y similares, lo que voy a decir seguramente parecerá una exageración: pasarían varios años antes de que finalmente pudiera ver Trainspotting.

La espera valió la pena. La película retrata las andanzas de Renton, Sick Boy, Spud y Begbie, un grupo de junkies en el Edimburgo de los años 80, asediado por el desempleo y las drogas.

Está basada en una novela del escritor escocés de culto Irvine Welsh. Sus novelas son difíciles de leer y casi imposibles de traducir: están llenas de slang. El primer acierto de Danny Boyle y John Hodge, el director y escritor, fue hacer la historia accesible. El segundo, no transformarla en drama, sino mantenerla como comedia negra. El tercero, escoger a un grupo carismático de actores.

Su cuarto acierto fue la creatividad. Después de ver Trainspotting, es difícil olvidar las escenas del baño más sucio de Escocia, las pesadillas de Renton cuando intenta dejar las drogas, el ataúd que forma el piso cuando le da una sobredosis o la secuencia en la que una chica lo invita a subir a un taxi. Imposible de olvidar también la mañana en que Spud despierta en casa de su novia, o la escena en que Begbie arroja un tarro de cerveza al azar en un bar.

Estrenada hace treinta años, Trainspotting fue el tipo de película que marca a una generación, pero definitivamente no es para los que prefieren películas de superhéroes. Años más tarde, Boyle y Hodge escribieron una secuela. En general, las segundas partes nunca fueron buenas. Trainspotting 2 es una excepción. La próxima semana escribiré por qué.

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Doctor en Literatura por la Universidad de Salamanca. Vive en Europa desde el 2000, donde ha viajado extensamente. Ha sido guionista y locutor de radio, y escritor de libros, museos, arte, viajes, conciertos, y películas. Actualmente es profesor en la Universidad de Ciencias Aplicadas Zuyd en Maastricht (Países Bajos), donde imparte clases de Lengua y Cultura Española, Comunicación Intercultural, Presentation Skills y Storytelling. En sus noches libres cocina para rockeros y poperos en la sala de conciertos Muziekgieterij.

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