La rebelión del “feísmo”: la generación Z contra los “influencers perfectos”
A pesar de que el mercado de “influencers” creados por Inteligencia Artificial superará los 1,500 millones de dólares, muchos usuarios sienten rechazo por este tipo de contenidos
¿Qué es la belleza? Cánones, normatividad, tendencias... Cambian según la época, pero, en plena revolución digital, el concepto de lo que es o no atractivo se encuentra en un punto de inflexión. Basta con deslizar el dedo por la pantalla para chocar con dos mundos opuestos.
En un lado del “feed”, la Inteligencia Artificial despliega su magia: avatares de una perfección casi insultante, con pieles de porcelana y sonrisas de catálogo, disfrutan de vacaciones infinitas en yates digitales. Y los humanos reales que se entrecruzan al seguir deslizando llevan filtros que imitan una belleza imposible de lograr fuera de cámara.
Pero, al siguiente “scroll”, la escena cambia radicalmente. Una chica joven aparece sentada en el suelo de su cuarto, entre montañas de ropa sin doblar y con el rostro salpicado por un brote de acné. Sin filtros y sin rodeos, comparte su último desengaño amoroso, sus apuros económicos o el agobio de una jornada agotadora.
Lo curioso es que las cifras no mienten: es ella quien cosecha millones de visualizaciones. En una época donde cualquiera puede fabricar belleza impecable con un click, la verdadera exclusividad ha pasado a ser algo tan sencillo, y a la vez tan difícil, como atreverse a mostrar nuestras imperfecciones humanas.
EL COLAPSO DE LOS “INFLUENCERS” VIRTUALES
Adiós a la dictadura del filtro. Estamos presenciando el ocaso de los “influencers perfectos” frente al ascenso del “feísmo” y la autenticidad sin matices. Para los más jóvenes, la perfección absoluta no solo ha dejado de ser una aspiración vital, sino que ahora provoca en algunos casos saturación y aburrimiento.
Y es que, si durante la última década las redes sociales funcionaron como un escaparate con el que soñar con vidas inalcanzables, hoy ese modelo podría estar tocando techo. Es lo que los expertos denominan la “fatiga del influencer”, y hay datos que giran en torno a esta teoría.
Por ejemplo, según el informe ‘A Brand’s Guide to Influencers in 2026’, de Morning Consult, aunque los usuarios siguen a cientos de perfiles en sus cuentas, más de la mitad de los adultos considera que, sencillamente, hay demasiados “influencers” en el mercado.
La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) ha sido uno de los detonantes de este colapso. El éxito de perfiles como el de la modelo Aitana López, creada digitalmente, dejó claro que se puede ser famoso y generar ingresos sin necesidad de existir en el mundo real.
Y las previsiones apuntan a un crecimiento imparable: según un informe de Business Insider, se estima que el mercado de estos “influencers” virtuales superará los 1.500 millones de dólares para el año 2030.
Se trata de un idilio corporativo en el que las empresas han encontrado en estos avatares al embajador ideal: no cumplen años, no se cansan y, sobre todo, nunca protagonizarán un escándalo que haga peligrar la reputación de una marca.
LA CONFIANZA DE LA IMPRESIÓN
Sin embargo, la industria pasó por alto un factor humano fundamental: la empatía. De acuerdo con un estudio de Meltwater, el 47% de los consumidores admite sentir fatiga ante unos contenidos que perciben como repetitivos, y tienden a desconectar en cuanto detectan que están ante una campaña orquestada.
El caso de Lil Miquela, una “influencer” generada por ordenador, sirve como ejemplo: cuando apareció llorando ante la cámara tras una ruptura sentimental ficticia, hubo una reacción negativa en la que algunos seguidores acusaron a las marcas de manipular con una fantasía vendida como autenticidad.
En esta línea, las cifras de Influencer Marketing Hub muestran que la tasa media de interacción en Instagram ha sufrido una lenta caída, cayendo del 2.18% que registraba en 2012 a un discreto 1.59% en 2024.
Porque, para que exista confianza, tiene que haber espacio para la vulnerabilidad real: de acuerdo con Socialnomics, un 72% de los consumidores de la generación Z prefiere fiarse de una persona de carne y hueso antes que confiar en los contenidos generados por IA. Y, aunque pueda resultar irónico, la capacidad de equivocarnos es parte de la explicación.
Datos publicados en un dossier de The Campus Agency muestran que la confianza en una marca mejora cuando hay una persona real al frente y que esto ocurre, en parte, porque asumimos que podría cometer errores: ese momento en el que alguien falla y pide perdón de manera sincera, genera una conexión real.
Pero esta batalla contra la perfección artificial se libra, sobre todo, en la piel. El estreno de filtros hiperrealistas como el célebre Bold Glamour fue el detonante, al provocar una oleada de críticas de usuarios que ven en estos retoques digitales una condena para quienes no tienen un cutis perfecto y son influenciables por estos referentes.
LA DEMANDA DE UNA ERA SIN FILTROS
Como respuesta a la moda del “Clean Girl Aesthetic”, ese canon de pieles de cristal, maquillaje que aparenta no serlo y rutinas de belleza inmaculadas, ha surgido el “Messy Girl Aesthetic”. Una corriente en la que las imperfecciones ya no son un problema que ocultar, sino una parte fundamental de la identidad y el estilo propios.
Ahora, el cabello revuelto, el delineador corrido y las rojeces naturales de la piel son tendencia. Y mostrar una montaña de ropa sin recoger o un par de tazas de café a medio terminar es, en el fondo, una declaración de intenciones.
De este modo, grabarse con el rostro lleno de acné o cicatrices ha dejado de ser un tabú. El público busca espejos reales donde mirarse y las cifras de TikTok lo reflejan: etiquetas como #acnepositivism ya superan los 1,200 millones de visualizaciones, mientras que #acceptyourself suma más de 116 millones.
Y, ante este nuevo escenario, algunos gigantes del sector han apostado por la honestidad. Por ejemplo, la campaña ‘#myskinandme’, de Massage Envy, mostró vídeos de acné real sin un solo filtro. ¿El resultado? Superaron los 5,700 millones de visualizaciones.
A su vez, la marca Starface ha logrado millones de visitas en sus contenidos gracias a mostrar parches que, lejos de ocultar los granos hasta que sanen, invitan a decorarlos con llamativas estrellas amarillas, haciendo las veces de tratamiento y complemento estético.
Así es como esta sed de realidad está reescribiendo las reglas del marketing: ahora el éxito no se mide en filtros, sino en conexión, autenticidad y contenidos que nacen de la propia comunidad. Aquellos que se atreven a mostrarse vulnerables están logrando un impacto en redes que antes solo conseguían quienes aparentaban una perfección irreal.
Porque, en un mundo donde la tecnología es capaz de fabricar una belleza impecable en cuestión de segundos, la humanidad, con sus defectos, se ha convertido en un bien escaso. Y quizá el mayor acto de rebeldía hoy no radique en luchar por alcanzar un estándar imposible, sino tener la valentía de mostrarnos como lo que somos: un perfecto desastre.
DESTACADOS:
- El 72% de los “centennials” confían más en contenidos creados por humanos que en aquellos generados con Inteligencia Artificial.
- Las etiquetas relativas a aceptar el acné y mostrarlo en redes acumulan más de mil millones de visitas.
- El 47% de los consumidores siente fatiga ante tantos contenidos repetitivos.
Por Nora Cifuentes EFE-Reportajes.