Cuando el mal humor es sobreestimulación
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Ruido, cansancio, hambre y demasiados estímulos pueden llevar a niños y adultos al límite. Reconocer la sobreestimulación permite comprender lo que ocurre y aprender nuevas formas de recuperar la calma
¿Alguna vez has sentido una desesperación profunda ante cualquier ruido? Necesitas silencio, que nadie hable o que todo esté en orden. Quizá también lo has observado en uno de tus hijos o alumnos: de pronto se muestra irritable, contesta mal, busca pleito o intenta controlar lo que ocurre a su alrededor.
Pon atención, porque puede no ser solamente mal humor, chiflazón o mala conducta. Podría tratarse de sobreestimulación.
Imagina que el sistema nervioso funciona como un foco que recibe energía. Cuando hay cambios repentinos en la corriente, la luz parpadea; si la carga es demasiado fuerte, el foco explota o se apaga.
Nuestro sistema nervioso también recibe información constantemente a través de los sentidos: sonidos, olores, sabores, texturas, luces, movimientos y todo lo que observamos. El cerebro intenta registrar, seleccionar y organizar esos estímulos para decidir cuáles requieren nuestra atención y cuáles puede dejar en segundo plano.
Sin embargo, para algunas personas altamente sensibles, neurodivergentes o con dificultades en el procesamiento sensorial, ese filtro puede funcionar de manera distinta. Los estímulos entran con mayor intensidad o todos parecen exigir atención al mismo tiempo. Entonces, el sistema se sobrecarga y, como el foco, puede explotar o apagarse.
Explotar puede verse como irritabilidad, enojo, llanto, intolerancia, necesidad de controlar o una reacción que parece desproporcionada. Apagarse puede sentirse como un cansancio brutal, sueño, desconexión, dificultad para pensar o necesidad de aislarse.
Imagina que estás en un restaurante. La música está muy fuerte, intentas escuchar la conversación, tienes hambre, hace calor, el pantalón te molesta, alguien come haciendo ruido, estás preocupada porque no recuerdas si dejaste algo encendido y, además, la persona de la mesa de al lado no deja de mirarte. Probablemente terminarás de muy mal humor, aunque ninguno de esos estímulos, por separado, parezca tan grave.
En los niños puede suceder después de una jornada con demasiado ruido, movimiento, convivencia, instrucciones y esfuerzo para concentrarse. Si además llegan a casa cansados, con hambre o sueño, su capacidad para regularse puede estar completamente agotada.
Hoy, en terapia, una niña de 11 años me decía con lágrimas en los ojos que su mamá no la entendía. La regañaba porque siempre quería que las cosas se hicieran como ella decía: le ordenaba a su hermano pequeño que apagara la música y al mayor que recogiera el cuarto. La consideraban mandona y controladora.
Ella me explicó: “No quiero mandar. Empiezo a estresarme porque uno tiene la Alexa a todo volumen, el otro escucha música con sus audífonos, la casa está tirada y yo me desespero. Entonces comienzo a dar órdenes y, al final, me regañan a mí”.
Comprender la sobreestimulación no significa justificar que alguien grite, ofenda o controle a los demás. Significa reconocer que, antes de pedirle que modifique su conducta, quizá necesite ayuda para regular su sistema nervioso.
Podemos enseñarle a alejarse unos minutos del ruido, lavarse las manos, hacer una exhalación más larga, utilizar audífonos, caminar, escuchar ruido verde o practicar el abrazo de la mariposa. A algunos niños les ayuda observar las líneas de sus manos y recorrerlas lentamente con un dedo. También pueden deslizar sus dedos desde la palma hacia afuera, como si dejaran salir por ellos la energía acumulada.
Mientras lo hacen, pueden repetirse con cariño: “Estoy a salvo. Todo está bien. Esto va a pasar”. No se trata de controlar todo lo que ocurre alrededor para encontrar tranquilidad, sino de aprender a regresar poco a poco a la calma, incluso cuando el entorno no es perfecto.
Después de regularse llegará el momento de reparar, hablar sobre lo sucedido, poner límites y buscar una manera más respetuosa de expresar lo que necesitan.
Si descubres que tú también estás saturado por cansancio, ruido o exceso de estímulos, regálate al menos cinco minutos para descansar. No esperes a explotar o apagarte. Escuchar a tu sistema nervioso no es una debilidad; es una forma de cuidarte para poder ofrecer lo mejor de ti.
Estoy segura de que estás dando el 100 por ciento que puedes dar desde tus circunstancias. Y recuerda: eres un todavía, una persona que sigue aprendiendo a comprenderse y a regularse.