Del villano al poder: redefinir el acoso escolar desde la pertenencia
Ante el acoso o la exclusión, la sobreprotección y la vigilancia no sustituyen la enseñanza de límites firmes, el consentimiento y el empoderamiento sano desde el hogar
Seguro te ha pasado. Llega una mamá o un papá con esa cara de preocupación y una pregunta que no tiene respuesta fácil: “Mi hija dice que la excluyen otra vez, pero ¿será que ella lo está provocando?”. Esta semana me llegaron tres familias con algo muy parecido, y te confieso que la reacción natural de todos es buscar culpables. Te invito a algo distinto: dejar de preguntar quién es el malo y empezar a preguntar qué le está pasando a cada uno de nuestros hijos.
Antes que nada, hay que ponerle nombre a lo que vive tu hijo. Hablamos de bullying cuando hay una diferencia de poder, un daño y repetición a lo largo del tiempo. Si fue algo aislado, no es bullying, pero tampoco está bien y merece atención. Esa distinción nos ayuda a no exagerar ni a minimizar.
Ahora, algo que cuesta trabajo aceptar: quien molesta casi nunca es un niño malvado. Muchas veces está buscando pertenecer, sentirse seguro o probar que tiene poder, porque por dentro se siente pequeño. Quien es molestado vive con miedo y con la sensación de que nadie lo puede detener. Son dos niños en lugares distintos, pero con la misma necesidad de encontrar su lugar en el grupo. Por eso no basta con castigar al agresor ni con proteger a la víctima. Hay que trabajar con los dos.
Aquí entra la sobreprotección. Lo digo con mucho cariño, porque todos la ejercemos desde el amor: cuando tratamos a nuestro hijo como si fuera de cristal, le transmitimos que es frágil. Y un niño que se siente frágil aprende a esperar que alguien lo rescate, o busca engrandecerse a costa de otros para no sentirse tan chiquito. Proteger no es lo mismo que fortalecer.
Y ojo con la frase “defiéndete”. Dicha sin más, muchos niños la entienden como «pégale», y eso puede traerles consecuencias. Lo que sí podemos enseñar es a poner límites. Poner límites es decir «esto no me gusta» y sostenerlo con calma; es más poderoso que pelear. Piensa en la portera de fútbol: no puede evitar que le tiren el balón, pero sí decide cuál entra. Eso es lo que queremos para nuestros hijos: que decidan qué les afecta y qué no.
El primer lugar para entrenar ese poder es la casa. Involúcralos. Pídeles propuestas cuando haya un problema, aunque no siempre las uses, y reconoce su opinión. Un hijo que siente que su palabra pesa en casa no necesita demostrarlo a gritos en el grupo.
El consentimiento también es parte de esto. Enseñar que cuando alguien dice “ya no” hay que respetarlo —con el hermano que dice “no me digas gorda” o con el juego que ya no le divierte a alguien— es una base muy importante. Y nosotros también tenemos que respetar el “no” de nuestros hijos cuando nos piden espacio. Así aprenden a respetar el de otros y a sostener el suyo.
No podemos olvidar al espectador. Muchas agresiones pasan en chats, en Instagram o en los rincones de la escuela. Hay que hablar con nuestros hijos sobre no ser cómplices en silencio y sobre pedir ayuda sin miedo a ser exhibidos. Pero aumentar la vigilancia no resuelve el problema por sí sola, porque los niños aprenden muy pronto a esconderse de los adultos. La seguridad se construye con una cultura de cuidado y con adultos que escuchan.
Cuando tu hijo te cuente algo, antes de dar consejos, de escribir en el chat de mamás o de ir a la escuela, pregúntale: ¿qué pasó?, ¿qué sentiste?, ¿dónde lo sentiste?, ¿qué hiciste?, ¿harías algo diferente? Y no asumas cuánto le duele. Pregúntale. En mi experiencia, la mayoría de los niños no quiere que sus papás intervengan. Necesitan que los ayudemos a encontrar su poder, no que peleemos por ellos.
Y no pierdas de vista la denuncia. Es necesaria, y la escuela debe actuar. Pero si toda nuestra energía se va en encontrar al culpable, perdemos tiempo que podríamos usar para fortalecer a nuestros hijos todos los días, no solo en los momentos de crisis.
Así que te invito a esto: pregunta antes de intervenir, escucha lo que tu hijo siente y convierte cada conflicto en una oportunidad para ejercer un poder sano. No necesitamos hijos que nunca sufran. Necesitamos hijos que sepan qué hacer con lo que sienten.