Hoy quiero hablarle a los maestros
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Regresar a clases también implica volver a una carga emocional invisible.
A los maestros que vienen regresando de vacaciones y que, de alguna manera, lograron descansar, pero que hoy regresan a su vida real: la escuela. Regresan a enfrentarse a la rutina y a una carga que no es solo física ni solo de planeaciones, sino también mental y emocional.
Cuando hablo de carga mental, me refiero a todos esos pensamientos que generan emociones como frustración, angustia, nervio o tristeza. Pensamientos que te hacen sentir insuficiente, que no te va a dar el tiempo, que todo el tiempo te están juzgando. Y cuando hablo de carga emocional es porque, precisamente, esos pensamientos detonan emociones muy difíciles de conciliar.
Muchas veces tratamos de meterlas en una bolsa, como para no hacerles caso y seguir funcionando. Pero las emociones salen, tarde o temprano. Ya he escrito antes sobre qué pasa cuando no permitimos que las emociones salgan: pueden explotar o transformarse en otra emoción distinta.
Maestros, para cuidarse del burnout, para cuidarse del agotamiento crónico, quiero invitarlos a poner en práctica algunas recomendaciones. Aunque me dirijo a los maestros, estas sugerencias aplican para cualquier persona que se sienta en un agotamiento brutal.
Primero, identifica si estás perdiendo energía, el gusto por las cosas; si te sientes muy cansado, si ya no disfrutas lo que antes disfrutabas, si prefieres aislarte. Incluso si te sientes despersonalizado, un poco despiadado o despiadada con la gente: con tus alumnos, tus clientes, tus hijos... incluso con los animalitos. Esto habla de que tu cuerpo y tu mente están ahorrando energía porque la están utilizando de más en algo que los mantiene en modo supervivencia.
Aquí van algunas cosas que puedes hacer para mejorar tu estado.
Primero: lo físico. Sal a caminar. Intenta caminar de 10 a 20 minutos diarios. Activar las endorfinas es importantísimo y vas a ver cómo la perspectiva cambia. Empezamos trabajando con el cuerpo. Aumenta el consumo de agua e intenta mejorar tu sueño. Sé que quizá no estás durmiendo bien, pero tus hábitos importan. Regálate quitar el celular 30 minutos antes de dormir y descansar lo más posible. Levántate a la primera, no te vuelvas a acostar; eso lastima mucho tu energía vital y provoca que tu fuerza de voluntad tenga que hacer un doble esfuerzo, mucho más cansado.
Intenta reducir alimentos que no son saludables o aumentar los que sí lo son. No se trata de hacer dieta, sino de ayudar a tu cuerpo para que tu mente esté mejor nutrida y pueda cambiar la perspectiva. Caminar también te ayuda a contactar con la naturaleza, a escuchar lo que está pasando. Trata de no salir con música, a menos que sea de meditación. Regálate ese espacio.
Número dos. Regálate de tres a cinco minutos de meditación. Puedes poner música de meditación en Spotify o en YouTube y simplemente sentarte a contactar con tu presente. Si te interesa que te comparta meditaciones guiadas, tengo varias; puedes escribirme a mi correo o a mi Instagram.
Número tres .Antes de dormir, escribe todo lo que pasó en tu día. Deja ahí todo lo que no quieras llevarte al sueño, para que tu cuerpo sienta que ya lo sacaste. Y por la mañana escribe algo que recomiendo mucho: el vaciado de conciencia. Vacía tu mente para empezar el día concentrado, enfocado y con la creatividad lista para salir adelante.
Y, por último, intenta consentir mucho a tu niño o a tu niña interior. Cuídalos, no solo les exijas. No les pidas que se vuelvan adultos. Deja que el adulto los cuide. Ese adulto que puede decir:“Ya sé que estás cansado y que quisieras hacer un berrinche espantoso. Sé que te gustaría que te pusieran más atención. Déjame, yo te pongo atención”.
Haz cosas que te gusten, que te alegren, que te descansen. No solo te exijas: ponte atención. Porque, generalmente, en estos momentos, es tu niño o tu niña interior quien más lo necesita.
Y recuerda: somos un todavía.