Jesús González Ortega: Ganó la guerra. Perdió la paz
El general liberal que derrotó a los conservadores y resistió el sitio de Puebla terminó sus días en el exilio silencioso de Saltillo, lejos del poder y del reconocimiento nacional
En la madrugada del 28 de febrero de 1881, en la casa de la calle Hidalgo esquina con Juárez, en pleno corazón del centro de Saltillo, murió un hombre que había comandado 30 mil soldados, resistido sesenta y dos días de sitio contra el ejército francés y por mandato constitucional, tenía derecho a la Presidencia de México. Su nombre era el general Jesús González Ortega. Para el momento de su muerte, pocos recordaban quién fue este hombre tan importante para México.
Jesús González Ortega nació el 20 de enero de 1822 en la Hacienda de San Mateo, en Valparaíso, Zacatecas. Su familia de escasos recursos administraba la hacienda. Los padres lograron mandarlo a estudiar leyes a Guadalajara, donde ingresó al Seminario Conciliar. Por cuestiones económicas abandonó la carrera antes de terminarla.
De vuelta en Zacatecas, consiguió un trabajo menor en el Ayuntamiento de Teul. Ahí sus adversarios políticos empezaron a llamarlo “el tinterillo”, una burla que lo perseguiría durante años. A mediados de los años 1850 viajaba por las rancherías vendiendo libros que llegaban desde la Ciudad de México, gestionaba catálogos de ciudades como Guadalajara y Aguascalientes y mantuvo un sistema de contactos con sus clientes a través de cartas. En Zacatecas fundó una librería, mientras que su acervo personal alcanzó un número considerable de libros; como hombre culto, se dedicó también a escribir poesía. Era, antes que cualquier otra cosa, un hombre de letras.
Su vida cambió definitivamente con la política. En 1852 ya se había levantado en armas contra Santa Anna durante el Plan del Hospicio, y junto con José María Sánchez Román derrotó a las tropas del general en Tlaltenango, Zacatecas. Al triunfo del Plan de Ayutla en 1855 lo nombraron jefe político. Un año después fue diputado al Congreso Constituyente que redactó la Constitución de 1857. Tenía el hábito de escribir los debates, característica que lo diferenciaba de la mayoría de los caudillos de su época.
Cuando estalló la Guerra de Reforma tras el golpe conservador, lo designaron gobernador de Zacatecas. Desde ese cargo levantó su propio ejército. Los sueldos, el equipo y los gastos corrían por cuenta de la administración zacatecana. González Ortega no tenía ninguna formación militar, pero resultó ser un estratega natural.
Durante esos años le ganó varias veces al general conservador Miguel Miramón, el más capaz del bando contrario. Sin embargo, lo que más lo define en ese período no es una victoria en campo abierto, sino un episodio que lo marcó profundamente: uno de sus comandantes ejecutó a 119 soldados conservadores prisioneros. González Ortega quedó horrorizado. Poco después, en la batalla de Peñuelas, derrotó nuevamente a Miramón y le propuso un intercambio de prisioneros para evitar más muertes. Miramón no solo rechazó la propuesta: fusiló a los liberales que tenía en su poder. La respuesta de González Ortega fue liberar a todos los conservadores capturados y darles dinero de su propio bolsillo para que pudieran regresar con sus familias. En plena guerra civil, ese gesto le valió el respeto de los dos bandos.
Su mayor victoria llegó el 22 de diciembre de 1860, en Calpulalpan. Comandó al ejército liberal en la batalla que decidió la Guerra de Reforma; el 1 de enero de 1861 entró triunfante a la Ciudad de México al frente de 30 mil soldados. Diez días después llegó Juárez a la capital. Antes de que terminara marzo, González Ortega era gobernador constitucional de Zacatecas y ministro de Guerra. Renunció al ministerio por diferencias con el gabinete, pero siguió al mando de la división zacatecana.
El Congreso lo nombró presidente de la Suprema Corte de Justicia, cargo que según la Constitución de 1857 implicaba automáticamente la vicepresidencia de la república.
Cuando llegaron los franceses en 1862, el Ejército de Oriente quedó a cargo de Ignacio Zaragoza, quien defendió Puebla el 5 de mayo. González Ortega llegó al día siguiente. Tras la muerte de Zaragoza por fiebre tifoidea en septiembre, Juárez lo nombró para sustituirlo como jefe del Ejército de Oriente y ministro de Guerra. Su misión era defender Puebla del ejército francés comandado por el general Forey.
El sitio comenzó el 16 de marzo de 1863 y duró sesenta y dos días. Los mexicanos pelearon hasta que se acabaron la comida y la pólvora. El 17 de mayo González Ortega le escribió a Forey explicando que, al no poder seguir defendiendo la plaza, había disuelto el ejército y ordenado romper todas las armas, incluida la artillería. Cayó prisionero. Forey le pidió que firmara una promesa de no volver a combatir; González Ortega se negó. Forey ordenó enviarlo preso a Francia. Durante el traslado hacia Veracruz logró escapar y, con ayuda de Manuel Doblado, llegó a San Luis Potosí y se reincorporó al gobierno liberal.
La ruptura con Juárez llegó en enero de 1864, en Saltillo. La situación militar era desesperada para los republicanos y el gobierno itinerante apenas sobrevivía. González Ortega y Manuel Doblado enviaron a sus representantes a pedirle a Juárez que renunciara, argumentando que su permanencia era el principal obstáculo para negociar con los franceses. Juárez respondió con firmeza y dejó claro que no pensaba abandonar su cargo. Nunca perdonaría a González Ortega por esa petición.
Las cosas se complicaron en 1864. Fue derrotado en Durango y luego en Zacatecas, donde perdió la mayor parte de sus hombres. Aun así, continuó activo dentro del gobierno republicano.
En 1865 llegó el asunto que terminaría por destruir su carrera política. El mandato de Juárez expiraba el 30 de noviembre. Con el país ocupado en gran parte por los franceses y el Imperio de Maximiliano, era imposible convocar a elecciones. González Ortega argumentó que la Constitución era clara: le correspondía a él asumir la presidencia como titular de la Suprema Corte. Era exactamente el mismo mecanismo que había permitido a Juárez asumir el poder en 1858, cuando Ignacio Comonfort abandonó el país.
Juárez contrarrestó emitiendo un decreto: en tiempos de guerra era imposible celebrar elecciones, por lo que su mandato quedaba prorrogado hasta que la situación del país se normalizara. Además, le retiró a González Ortega todos sus cargos.
González Ortega no se rebeló. Salió del país en abril de 1865 hacia Washington. Regresó en agosto para presentar una protesta formal contra el decreto de prórroga, pero no encontró apoyo entre los liberales ni entre los gobernadores. El gobierno abrió un proceso por traición que fue sobreseído en abril de 1866. Se fue nuevamente a Estados Unidos, donde en noviembre las autoridades del gobierno de Andrew Johnson lo arrestaron, acusándolo de conspirar contra un país amigo. Lo liberaron dos meses después.
En enero de 1867 llegó a Zacatecas y pronunció un manifiesto contra Juárez. El gobernador Miguel Auza Arrenechea lo reconoció como presidente sustituto de la República. Juárez, que pasaba por la ciudad en su recorrido triunfal hacia la capital después de la caída del Imperio, lo mandó arrestar junto con el gobernador.
González Ortega fue trasladado a Saltillo y luego a Monterrey. Pasó 18 meses preso, sin que se le levantara ningún cargo formal. En julio de 1868 fue puesto en libertad por perdón presidencial.
Poco después pronunció un último manifiesto: esta vez de reconocimiento al gobierno de Juárez. Se retiró de la política y de la vida militar, y eligió Saltillo para establecerse. Vivió sus últimos catorce años en la vieja casona de la calle Hidalgo número 19, acompañado únicamente por un ayudante y un perro San Bernardo. No hay registros de que su esposa Mercedes Mercado ni sus hijos hayan vivido a su lado. Ejerció como abogado y siguió escribiendo, aunque en el anonimato. El asesinato de su amigo el general José María Patoni, uno de sus compañeros más cercanos, lo afectó profundamente. González Ortega vivió sus últimos años convencido de que a él le podía ocurrir lo mismo.
El 28 de febrero de 1881, a las cuatro y media de la mañana, murió en su casa. El acta de defunción fue firmada por el juez Timoteo Valdés. Como testigos estuvieron el doctor José María Barrera y el coronel Joaquín González Ortega, hermano del fallecido. La causa de muerte fue “reblandecimiento del cerebro y de la médula”, lo que hoy se conoce como un accidente cerebrovascular. Tenía tan solo 59 años.
Ese mismo día, su hijo Lauro escribió una carta a los editores del Periódico Oficial de Coahuila. Describía que su padre había encontrado en Saltillo “una gran familia que endulzara sus horas de amargura” y le permitiera “el aislamiento que él juzgó necesario para su tranquilidad”. Agradeció a quienes lo habían acompañado durante la larga enfermedad y a quienes le habían guardado sus “pequeños intereses”.
Las autoridades de Coahuila, el gobierno federal y el municipio de Saltillo rindieron honores oficiales el 2 de marzo. En la ceremonia, el licenciado Antonio García Carrillo recordó los 62 días del sitio de Puebla y el momento en que González Ortega, sin municiones ni víveres, mandó romper las armas antes de entregarse, con lágrimas en los ojos, al ejército francés. La necrología del Periódico Oficial fue breve: “La República acaba de perder a uno de los más esforzados y valerosos campeones de la Reforma.”
En abril de 1881 trasladaron sus restos a la Ciudad de México, donde fueron depositados en la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón de Dolores. En Calpulalpan existe una estatua suya. Los peregrinos que van a la Basílica de Guadalupe se detienen ahí y le dejan flores. Muchos lo confunden con un santo.
¿Por qué eligió residir en Saltillo? No hay una respuesta documentada, pero los hechos permiten una lectura razonable. La ciudad era tranquila, alejada de la capital y sus intrigas, y guardaba para él algo parecido a un testigo: aquí había ocurrido, en enero de 1864, uno de los momentos más decisivos de su vida. Quizás simplemente encontró lo que ya no podía encontrar en ningún otro sitio: una vida sin sobresaltos, gente que no le exigía nada y el silencio necesario para seguir escribiendo. Después de todo lo que vivió, eso no era poco.
Durante años, en la esquina de las calles Juárez e Hidalgo, una placa de mármol recordaba que en ese lugar había vivido y muerto el general Jesús González Ortega. Como suele ocurrir en las remodelaciones que priorizan la fachada sobre la memoria, la placa desapareció sin explicación y sin que nadie rindiera cuentas. El sitio sigue en pie. El olvido, también.
Las autoridades no han mostrado interés en restituirla, así que un grupo de ciudadanos comprometidos con la memoria del general ha decidido hacerlo por su cuenta. La placa debe volver al mismo lugar donde estuvo. Si te interesa sumarte, el momento es ahora.