El precio de moverse: de los caballos, mulas y burros de 1814 a los automóviles de hoy

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Coahuila
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De las recuas de mulas que cruzaban el Saltillo de 1814 a los cientos de miles de autos actuales, la ciudad ha cambiado su forma de moverse, pero no de lidiar con los residuos y problemas ambientales que genera

Quienes vivimos en Saltillo sabemos lo tardado que es cruzar la ciudad de un lado a otro, casi a cualquier hora. Hace no mucho, cualquier traslado tomaba quince minutos, cuando mucho. Hoy basta una lluvia para que un bulevar se colapse durante varias horas. Las calles del centro son las mismas que se trazaron hace más de cuatro siglos, pero ahora tienen que dar paso a cientos de miles de automóviles. A eso se suman los horarios de entrada y salida de las escuelas, cuando los padres se estacionan en doble y hasta en triple fila para dejar y recoger a sus hijos en la puerta. Las calles principales también se cierran a menudo, ya sea por una reparación de la red de servicios o por un desfile, una marcha, un mitin o una carrera, y muchas veces sin aviso.

Según datos del INEGI publicados a principios de este año, entre 2015 y 2024 el número de vehículos por cada cien mil habitantes creció en Saltillo casi 47 por ciento. La ciudad no para de crecer, y los coches tampoco.

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$!Animales de carga.

Los problemas de movilidad no son nuevos. Hace poco más de doscientos años, la villa del Saltillo también tenía los suyos. Solo que, en lugar de automóviles, lo que llenaba las calles eran mulas.

UNA VILLA DE ARRIEROS

Saltillo era entonces una villa de vocación comercial. Su ubicación la convertía en paso obligado entre el centro del virreinato y las provincias del norte. De aquí salían miles de costales de harina, además de trigo, lana y sarapes, y entraban telas, herramientas, azúcar, chocolate y todo lo que llegaba del sur para venderse en la tradicional Feria del Saltillo, que se celebraba en septiembre.

Todo eso se movía a lomo de mula. Las recuas entraban y salían por los caminos que llevaban a Monterrey, Monclova, Zacatecas o puntos más lejanos, como San Antonio de Béjar. Los arrieros descargaban en los mesones y en los patios de las casas comerciales, y los animales esperaban en las calles o en los corrales mientras se hacían los tratos. En temporada de feria, la villa se llenaba de recuas venidas de fuera. Era el tráfico de la época.

UN CENSO EN PLENA GUERRA DE INDEPENDENCIA

Sabemos cuántas mulas había gracias a un documento. En septiembre de 1814, las autoridades municipales levantaron un Censo de Arrieros y Propietarios de Mulas y Caballos, que se conserva en el Archivo Municipal de Saltillo, en el fondo Presidencia Municipal. Registra a cada vecino con los animales que tenía, separados en dos categorías: mulas de carga y mulas de silla.

El censo tenía un propósito militar. Apenas tres años antes, en marzo de 1811, Miguel Hidalgo y los jefes insurgentes habían pasado por Saltillo rumbo a los Estados Unidos, pero fueron capturados en Acatita de Baján. La región estaba bajo control realista, aunque la amenaza insurgente no había desaparecido del todo, y el gobierno quería tener listas las mulas para llevar víveres y municiones a las tropas del rey.

La lista incluye a 53 propietarios. Entre todos suman 2,332 mulas: 1,769 de carga y 563 de silla. Las primeras serían el equivalente a los vehículos de trabajo de hoy; las segundas, a los automóviles particulares. Tres de cada cuatro animales se destinaban a transportar mercancías o a otras faenas.

La propiedad estaba muy concentrada. A la cabeza aparece don Manuel Carrillo, con 120 mulas; lo siguen don Francisco de Aguirre y Paz, con 108; don Mauricio Alcocer, de la hacienda de Santa María, con 104, y don Vicente Valero, con 101. Esos cuatro hombres reunían casi una de cada cinco mulas de la villa. Hay que recordar que la mula era más cara que el caballo, debido a su resistencia para el trabajo.

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Los diez primeros suman 812 mulas, más de la tercera parte del total. En la lista aparecen las familias que durante generaciones controlaron la tierra y el comercio de la región: los Valdés, con 270 mulas entre varios propietarios; los Aguirre, con 187; los Carrillo, con 162, y los Fuentes, con 153. Algunas anotaciones ubican a los dueños en ranchos y haciendas de los alrededores, como Palomas (hoy Arteaga) o la hacienda de San Diego, cerca de lo que hoy es Ramos Arizpe. Las mulas de Saltillo no solo estaban en la villa: se repartían por todo el valle.

LO QUE COMÍAN

Ahora bien, un parque vehicular de 2,332 mulas tenía que alimentarse. Una mula de trabajo consume entre ocho y diez kilos de forraje al día. Con un promedio de nueve kilos, las mulas del censo necesitaban alrededor de 21 toneladas diarias de pastura, rastrojo y maíz; es decir, unas 630 toneladas al mes. Ese alimento había que sembrarlo, cosecharlo, acarrearlo y almacenarlo. Buena parte del maíz y de otros cereales de las labores del valle terminaba en los corrales. Era, por así decirlo, el combustible de la época.

TODO LO QUE ENTRA TIENE QUE SALIR

Y como todo motor, la mula también tenía sus emisiones. Una mula produce, en promedio, entre 12 y 15 kilos de estiércol al día, además de varios litros de orina. Con la cifra más baja, las mulas del censo generaban unas 28 toneladas de excremento diarias; con la más alta, cerca de 35. Para una población de alrededor de quince mil habitantes, eso equivale a entre casi dos y algo más de dos kilos por persona, todos los días.

No todas las mulas estaban en la villa al mismo tiempo. Pero el censo tampoco toma en cuenta los caballos de uso diario de los vecinos, los burros, los bueyes de las carretas, las vacas de ordeña ni los cerdos que había en los corrales de muchas casas. Tampoco cuenta las recuas de fuera que llegaban a los mesones. La cantidad real de estiércol era, con seguridad, mucho mayor.

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El Saltillo de 1814 no tenía drenaje. El agua llegaba por acequias abiertas que corrían por las calles y los solares; esa misma agua servía para regar huertas, lavar ropa, abrevar animales y, en muchos casos, beber. No existía un servicio de limpia. Las calles eran de tierra; solo unas cuantas estaban empedradas.

En tiempo de secas, el estiércol se endurecía al sol, las ruedas y las pezuñas lo molían y el viento lo levantaba convertido en polvo. Esas partículas se metían a las casas, a las cocinas y a los pulmones. Cuando llovía, las calles se volvían un lodazal de tierra, orina y excremento, y lo que había en el suelo terminaba arrastrado hacia las acequias.

Las moscas eran una constante. También el olor, sobre todo en la zona oriente, en El Barrial, donde se concentraban las casas de matanza; ahí, las menudencias y la sangre se acumulaban en montones al aire libre.

En el mejor de los casos, parte del estiércol se usaba como abono. Las huertas de Saltillo, famosas por sus membrillos, duraznos y nogales, aprovechaban este fertilizante natural: lo que salía de las mulas volvía a la tierra que las alimentaba. Pero ese aprovechamiento nunca alcanzaba para todo lo que quedaba a cielo abierto.

Las diarreas, las fiebres y las infecciones que atacaban sobre todo a los niños formaban parte de la vida diaria. Nadie las relacionaba todavía con el excremento de los animales ni con el agua de las acequias. Faltaban décadas para que las ideas sobre higiene pública llegaran a los cabildos y se tradujeran en reglamentos.

$!Las mulas en el Saltillo de 1814 sumaban más de dos mil.

DOS SIGLOS DESPUÉS

Hoy Saltillo tiene más de 900 mil habitantes, sesenta veces más que en 1814. Las mulas desaparecieron de las calles hace mucho, y con ellas el estiércol y las moscas de los corrales. Tenemos drenaje y calles pavimentadas. El lodo, en temporada de lluvias, sigue apareciendo.

Donde antes había corrales y mesones, ahora hay estacionamientos. Las recuas se convirtieron en filas de autos frente a las escuelas. El forraje se cambió por gasolina y diésel, y el polvo de estiércol que flotaba en el aire de la villa, por las partículas y los gases que salen de los escapes. Esa contaminación ya no se pisa ni se huele como antes: se respira.

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Las mulas no eran lo único que ensuciaba la villa, y los coches tampoco son lo único que ensucia la ciudad. Una ciudad de este tamaño produce otros desechos que tampoco sabe bien dónde poner. Cada habitante genera entre un kilo y kilo y medio de residuos sólidos al día. En una ciudad de novecientos mil habitantes, eso significa entre 900 y 1,350 toneladas diarias; con un promedio de kilo y cuarto por persona, unas 1,125 toneladas. De esa cantidad, solo se dispone adecuadamente de entre el 60 y el 70 por ciento. El resto, alrededor de 400 toneladas cada día, termina en calles, terrenos baldíos y arroyos. Son catorce veces más que todo el estiércol que producían a diario las mulas del censo de 1814.

En 1814, Saltillo se movía a lomo de mula y pagaba el precio en estiércol, lodo y moscas. Hoy se mueve en automóvil y paga con horas de tráfico, humo y basura. Los problemas cambiaron de forma, pero la ciudad sigue buscando dónde poner lo que deja su manera de moverse y de vivir.

Los problemas cambiaron de forma. Con el tiempo, lo que llamamos progreso trajo otros, a veces más complejos y dañinos para la salud. Si no hacemos algo, es probable que los problemas ambientales nos rebasen, si es que no lo han hecho ya y no queremos verlo.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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