De cuando Miguel Hidalgo, el hombre sin rostro (oficial), se escondió en Saltillo
Llega marzo y con él los recuerdos, porque marzo en Saltillo es un mes que respira historia, uno en el que los ecos del pasado se entrelazan con el presente en una danza de acontecimientos singulares.
Este es el mes en el que Juárez firmó decretos cruciales en 1864; este es el mes en el que Juan Landín, en 1767, sentó los modestos pilares de lo que llegaría a ser el Archivo Municipal; es el mes en el que el Cabildo de la Villa de Santiago del Saltillo, en 1864, decidió proteger el ojo de agua principal de las inmundicias que le arrojaban y el mes en el que en 1943 nuestra ciudad vio aparecer un planta de Coca Cola, la bebida que había nacido 57 años antes en Atlanta, Georgia.
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Sí, marzo acoge hechos importantes sucedidos en Saltillo y es quizá el vivido por nuestro personaje de hoy el más importante, porque en este mes, en 1811, Miguel Hidalgo pasó los mejores 11 días de sus últimos cuatro meses de vida.
Y A TODO ESTO, ¿CÓMO ERA HIDALGO?
De Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor se saben menos cosas de lo que se cree y hay algunos equívocos, empezando por su aspecto.
Todos hemos visto al “Padre de la Patria” en pinturas, murales y estatuas: calvo de la coronilla, canoso a los lados, moreno, con sotana. Hasta en los festivales escolares alguien se disfraza así para gritar el ¡Viva México! Pero, ¿era realmente así?
A diferencia de Morelos o Iturbide, Hidalgo no tenía tiempo ni dinero para posar ante un pintor. Siempre andaba a la carrera, huyendo o encabezando la insurrección. Además, tras su ejecución en 1811, su imagen fue prohibida durante más de una década.
El primer retrato apareció en 1823, pero con un Hidalgo que parecía más Napoleón que insurgente. Fue hasta 1826 que su imagen empezó a asemejarse a la que conocemos hoy. Sin embargo, la mejor descripción física la dejó el historiador Lucas Alamán, que asegura, “era un hombre moreno, de mediana estatura, encorvado, ojos verdes vivos, cabeza inclinada, calvo, canoso y con el mismo atuendo de cualquier cura de pueblo”.
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¿Y entonces por qué hay tantas versiones de su rostro? Porque cada artista lo imaginó como quiso: bondadoso, furioso, reflexivo o exaltado. Su imagen más popular es la de Joaquín Ramírez en 1865, pero, en realidad, el verdadero rostro de Hidalgo sigue siendo un misterio.
En otras palabras, nos han vendido un mito con pincel.
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DE CUANDO VINO A SALTILLO Y DE LA CASA MISTERIOSA
Por décadas, dos placas —una de mármol y otra de bronce— contaban la misma historia: Miguel Hidalgo, el Padre de la Patria, se hospedó en una casa en la esquina de Hidalgo y Aldama durante su paso por Saltillo en 1811. Pero la verdad, como un susurro entre los muros derrumbados, era otra.
La historia comenzó cuando Hidalgo, tras proclamar la independencia, llegó a Saltillo el 5 de marzo de 1811. Sin saberlo, se hospedó en la casa del tesorero Manuel Royuela, quien había huido cuando los insurgentes entraron triunfantes a la ciudad.
Casi un siglo después, en 1910, un error desvió la historia: el organizador de los festejos del Centenario, Lorenzo Ildefonso Blanco, aseguró que Hidalgo había dormido en una casa que, casualmente, pertenecía a su familia. Así nació una verdad alternativa, sellada con una placa de mármol.
El mito se reforzó en 1953 con otra placa, esta vez de bronce, que inmortalizaba la supuesta casa de Hidalgo. Pero el destino tenía otros planes. Décadas más tarde, la casa fue demolida para construir Muebles Modernos de Saltillo y, entre los escombros, la placa quedó abandonada en la banqueta. Un testigo inesperado, Enrique Martínez, dueño de una funeraria en la acera de enfrente, rescató el objeto histórico y lo colocó en la fachada de su negocio. La gente comenzó a dudar. ¿Se había cometido un error o la historia siempre había estado mal contada?
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El misterio fue desvelado por documentos antiguos: el verdadero sitio donde Hidalgo se hospedó es la que está justo en la acera de enfrente de la reconocida funeraria, sobre la calle de Hidalgo.
SU ESTADÍA EN SALTILLO, LO ÚLTIMO QUE DISFRUTÓ

Miguel Hidalgo llegó a Saltillo huyendo de una derrota y tratando de recomponerse. Fue la madrugada del 5 de marzo de 1811 que “con el mayor silencio”, y acompañado de Fray Gregorio de la Concepción, entró a la villa, a hospedarse en la casa del actual cruce de Hidalgo y Aldama.
Venía Hidalgo de las derrotas insurgentes en Aculco y Guanajuato, y del desastre en el que acabó la batalla del Puente de Calderón, cerca de Guadalajara, Jalisco, el 17 de enero de 1811.
Su intención era llegar a Texas, buscando alivio y armas pero no lo logró, ya que la cita que tenía en Monclova con un aliado, acabó mal.
La traición en Acatita de Baján fue un golpe maestro de Ignacio Elizondo, motivado por el resentimiento y el soborno. Fingiendo lealtad, atrajo a Hidalgo, Allende y compañía a una emboscada. Con la ruta bloqueada y sin agua, los insurgentes avanzaban lentamente cuando, el 21 de marzo de 1811, fueron sorprendidos.
Elizondo, con 350 hombres, dejó pasar la vanguardia y, oculto tras una curva del camino, capturó a los líderes uno por uno. Allende intentó resistir, disparó contra el traidor y vio morir a su hijo en la refriega. Hidalgo, rezagado, también fue apresado, mientras los indios lipanes masacraban a la artillería insurgente.
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El botín de la traición: mil 300 prisioneros, 24 cañones y más de un millón de pesos. Encadenados y vejados, los caudillos fueron llevados a Monclova entre festejos realistas. De ahí, su destino final fue Chihuahua, donde el paredón esperaba.
FUE UN HOMBRE DE CLAROSCUROS

En “Hidalgo. La Otra Historia”, Eugenio Trueba baja al cura de su pedestal y lo muestra con sus humanas flaquezas y bajo la mirada de Ignacio Allende, con quien inició la lucha independentista y quien incluso llegó a pensar en matarlo.
Por la investigación que Trueba realizó para el libro, descubrió que Allende llamaba a Hidalgo “el cura bribón”, y eso le bastó para ahondar en su relación, que era la de dos líderes que terminaron odiándose. Y, en lugar de endulzar la historia, el autor se lanza de cabeza a la sátira, mostrando a un Hidalgo mujeriego, fiestero y hasta torero.
Además, desmonta la idea de que siempre fue visto como un héroe impecable: en su tiempo, hasta los independentistas hablaban mal de él, aunque fue Porfirio Díaz quien lo convirtió en un santo patriótico de bronce.
Eso sí, aunque Trueba reconstruye la vida y época de Hidalgo, y en su libro, asegura, hay verdad histórica, reconoce que también usó la imaginación.
Otro historiador, el colimense Noé Guerra, cuestiona que Miguel Hidalgo sea el verdadero “Padre de la Patria”, ya que nunca proclamó la independencia y su movimiento solo duró cuatro meses.
Destaca que la independencia se consolidó con el Plan de Iguala liderado por Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide, a quien considera el verdadero artífice del México independiente. Además, señala que la imagen de Hidalgo que conocemos fue creada durante el imperio de Maximiliano de Habsburgo, cuando se buscaba reforzar la identidad nacional.
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Hay otros historiadores que reconocen su brillantez teológica, su encanto popular y su prestigio intelectual, que hizo a otros caudillos entrar al movimiento por el respeto que inspiraba.
Al final lo que queda es una figura de claroscuros, porque como dicen, no existe la historia, solo las interpretaciones.
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