La Gran Feria del Saltillo

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Coahuila
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Durante casi dos siglos, la Feria fue un punto clave para el comercio y la vida social del noreste, hasta que el ferrocarril y los mercados permanentes transformaron la ciudad

En septiembre de 1885, quien llegara de visita a Saltillo podía pedir un buggy (coche tirado por caballos), escuchar a la Banda del Estado en la Plaza de la Independencia, ver zarzuela en el Teatro Acuña y cenar en los merenderos de la Plaza del Comercio, antes llamada de Tlaxcala. Era la feria de la ciudad, que para entonces llevaba casi dos siglos celebrándose. En sus mejores años había sido el principal punto de encuentro comercial del noreste novohispano, y se mencionaba junto a las de Jalapa, Acapulco y San Juan de los Lagos. Su historia va de la segunda mitad del siglo XVII a las últimas décadas del XIX, cuando el ferrocarril y los mercados permanentes cambiaron la manera de comprar y vender en la región.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/el-precio-de-moverse-de-los-caballos-mulas-y-burros-de-1814-a-los-automoviles-de-hoy-DC23743918

La puerta de Tierra Adentro

Echemos un vistazo al viejo mapa colonial. La villa de Santiago del Saltillo estaba situada justo donde el Camino Real, que subía desde el centro del virreinato, conducía hacia el norte: Coahuila y, más allá, Texas, el Nuevo Reino de León y, más tarde, el norte del Nuevo Santander, hoy Tamaulipas. Por eso Saltillo era conocido como la puerta de Tierra Adentro. Hacia la segunda mitad del siglo XVII, ese camino con mucha vocación comercial dio pie a la esperada reunión de comerciantes que se repetía cada año entre finales de septiembre y los primeros días de octubre.

El periodo de mayor auge fue de 1777 a 1815. En esas semanas la población de la villa llegaba a duplicarse por la cantidad de forasteros llegados de todos lados. Por el Camino Real del Sur entraban caravanas desde Zacatecas, San Luis Potosí, el Bajío, Guadalajara y la Ciudad de México, cargadas de mercancías traídas de Europa y Asia: telas finas, loza, especias, aceite, perfumes. Los productores del norte ofrecían lana, cueros, sebo, carne, mulas, trigo y otros alimentos. De todo lo que se vendía, lo más buscado acabó siendo el sarape tejido en el pueblo tlaxcalteca de San Esteban, pieza indispensable de la indumentaria del chinaco, que con el tiempo se convertiría en un símbolo nacional como parte del traje típico del charro mexicano.

La Plaza de Tlaxcala y la Calle de las Cocinas

La feria se concentraba en la antigua Plaza de Tlaxcala, un espacio que hoy ocupan la Plaza Acuña, el Mercado Juárez y parte de la calle Allende. Ahí se levantaban barracas, toldos de lona, cajones de madera y puestos tendidos al ras del suelo.

La actual calle de Melchor Ocampo recibió en el siglo XVIII el nombre popular de Calle de las Cocinas, o de la Feria. En sus banquetas se encendían decenas de fogones, y las chimoleras y atoleras ponían sus puestos temporales para dar de comer a miles de forasteros: enchiladas, tamales, caldos, asados, antojitos. El nombre de chimoleras viene del chimol, una salsa parecida al pico de gallo que servía para aderezar los diferentes platillos. No siempre fue sencillo de administrar. En 1805, el arrendatario Benedicto Ramos y los comisionados del Cabildo tuvieron que intervenir para ordenar la instalación de las cocinas y resolver deudas pendientes con el pueblo de San Esteban.

Toros, gallos y pólvora

Junto al comercio estaban las diversiones públicas. Mucho antes de que existiera una plaza de toros fija, los vecinos, arrieros y comerciantes tenían la obligación de cercar la plaza principal con madera para las corridas y armar balcones, lumbreras y palcos; en 1786, por ejemplo, la tarea quedó a cargo de Ygnacio Carrillo. Había peleas de gallos, funciones de maroma, comediantes ambulantes y carreras de caballos, que terminaron por darle nombre a la antigua Calle de las Carreras, hoy calle Cuauhtémoc. Las noches importantes cerraban con la quema de castillos de pólvora en el atrio de la parroquia de Santiago.

$!Vendedora de antojitos. Imagen coloreada por IA.
https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/los-viejos-barrios-del-saltillo-y-san-esteban-JM23586087

Anecdotario: la recua de Santos Rojo

En Saltillo se sigue contando una historia que une la devoción de la villa con el comercio. Según la tradición, en 1607 Santos Rojo, uno de los primeros vecinos de la villa, salió con una recua de mulas rumbo a la feria de Jalapa a vender y comprar mercancías. A su regreso trajo la imagen del Santo Cristo de la Capilla, cuya fiesta, el 6 de agosto, entró desde entonces en el calendario festivo de Saltillo, fecha que llegó para quedarse y no ha sido superada por ninguna otra festividad.

Las fechas no coinciden del todo, pero eso no importa: la fe de los saltillenses supera cualquier cosa. La feria de Jalapa se volvió una feria formal hasta la década de 1720, cuando empezó a recibir las mercancías de las flotas que llegaban de España, más de un siglo después del supuesto viaje de Rojo. Es probable que Santos Rojo haya ido a comerciar a algún mercado del sur y que, con el tiempo, la memoria popular le diera a ese viaje el nombre de la feria más famosa del Golfo. La imagen sí está y la devoción también. Lo que no se sabe con certeza es de dónde vino, pero, insisto, eso es lo de menos.

La feria de 1810

El domingo 23 de septiembre de 1810 la feria abrió como cualquier otro año, con la plaza llena. A los pocos días, unos arrieros que venían del Bajío y de Guanajuato trajeron la noticia de que un cura llamado Miguel Hidalgo se había levantado en armas. En Saltillo coincidían en ese momento comerciantes de todo el septentrión, muchos de ellos de Texas, y al regresar a sus lugares llevaron la noticia por todo el norte novohispano mucho más rápido de lo que habría llegado por cualquier otra vía.

Suspensión, regreso y cambio (1815–1883)

La guerra de Independencia terminó por alcanzar a la feria. En 1815, el jefe realista Joaquín de Arredondo la suspendió y ordenó trasladarla a Monterrey. Regresó a Saltillo en 1826, y durante las décadas de 1830 y 1840 el Ayuntamiento siguió rematando en pregón público los derechos sobre pisos, puestos y cocinas.

El cambio de fondo llegó con el Ferrocarril Nacional en 1883 y con los mercados permanentes, como el antiguo Parián y la Marqueta. La feria dejó de ser la única ocasión para surtirse de mercancías que venían de lejos. Durante el Porfiriato se fue reorganizando alrededor de exposiciones agrícolas e industriales y muestras de artesanías, y poco a poco se volvió un evento más recreativo e importante para la ciudad.

La feria de 1885

De esos años de transición se conserva el programa impreso de la feria de 1885, uno de los últimos intentos de organizarla en grande. Lo que sigue está tomado de ese anuncio.

La feria comenzó el viernes 25 de septiembre de 1885, hace ciento cuarenta y un años, durante el segundo periodo presidencial de Porfirio Díaz, y duró quince días, hasta el 9 de octubre. La organizaron el Gobierno del Estado de Coahuila y el Ayuntamiento de la capital, con el apoyo del gobernador provisional, general Julio M. Cervantes, y del alcalde de Saltillo, Francisco de la Peña Fuentes. El programa salió de la Tipografía del Gobierno, que funcionaba en el Palacio, y anunciaba a vecinos y viajeros un calendario de música, teatro, paseos y comercio.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/diversiones-entretenimiento-y-juegos-de-antano-en-saltillo-HC23300744

El centro de la fiesta era la Plaza de la Independencia, que acababa de recibir farolas traídas desde Nueva York. Como era tradición en tiempos de feria, los jueves y domingos, de seis a ocho y media de la tarde, la Banda de Música del Estado, dirigida por el profesor Tiburcio Ramírez, tocaba desde el kiosco valses, polkas y oberturas. Hacia las nueve empezaba el paseo de costumbre: la gente daba vueltas alrededor del kiosco, las familias se saludaban y los jóvenes aprovechaban para dejarse ver. Los domingos, a las diez de la noche, había fuegos artificiales y quema de pólvora frente al atrio de la parroquia de Santiago.

La parte más formal ocurría en el Teatro Acuña, al que el programa llamaba el Gran Coliseo de la Cultura de la calle del Teatro, hoy calle Abbott. La Compañía de Zarzuela de la empresa Arcaráz Hermanos preparó una temporada para las dos semanas, con tres funciones principales. La primera, el sábado 26 de septiembre, fue la de gala: una ópera de Verdi con las señoras Goizueta y Monjardín y las señoritas Peralta y Padilla, ante lo que el anuncio describía como el público ilustrado de la ciudad. El viernes 2 de octubre se estrenó La Pasionaria, acompañada de la comedia No matéis al alcalde. El ciclo cerró el miércoles 7 de octubre con Carmen, anunciada como zarzuela de estreno en verso y música, dos días antes del final de la feria.

El precio dependía del lugar. Un palco de honor con ocho entradas costaba dos pesos setenta y cinco centavos, una suma al alcance solo de las familias con más recursos. La luneta y la platea costaban cincuenta centavos; la galería numerada, veinticinco, y la entrada general, dieciocho. La misma función podía verse desde un palco propio o desde lo alto de la sala por una fracción del costo.

Fuera del centro, los paseos de la feria llegaban hasta la Alameda Zaragoza, en la parte sur de lo que entonces se conocía como Parque Porfirio Díaz. Ahí se había inaugurado poco antes la Fuente de los Querubines, fundida en Nueva York por la casa J. W. Fiske & Co., y caminar por sus andadores, con lo que el programa llamaba un aire sumamente agradable, era uno de los atractivos de la temporada.

Para moverse por la ciudad había buggies y coches de sitio estacionados en el lado norte de la Plaza de la Independencia, de las seis de la mañana a las once de la noche. El servicio se pedía en la oficina del sitio. Un buggy de un caballo costaba un peso la hora o cincuenta centavos la media hora; un coche de dos caballos, dos pesos la hora. Después de las nueve de la noche se cobraban setenta y cinco centavos más.

El comercio popular seguía en su sitio de siempre: la Plaza de Tlaxcala y el Parián, en la parte de atrás del templo de San Esteban. El Ayuntamiento autorizó los tendajos, cocinas y merenderos que atendían a los forasteros, con las contribuciones que marcaba el Plan de Arbitrios. Los vendedores ambulantes de pulque curado, de almendra y de piñón pagaban doce centavos y medio diarios. Los puestos de comida, dulces y fruta, entre ellos los de cajeta, rayados y suaderos de tradición tlaxcalteca, pagaban su derecho de piso conforme a las ordenanzas municipales.

El programa también ponía reglas a las reuniones particulares. Una tertulia o baile en casa necesitaba una licencia de un peso y solo podía durar hasta las diez de la noche. Los bailes de máscaras en lugares públicos pagaban cinco pesos.

Así pasaron esas dos semanas: música y paseo en la plaza los jueves y domingos, funciones espaciadas en el Teatro Acuña, coches que iban y venían entre el centro y la Alameda, y los merenderos y puestos de comida de la Plaza de Tlaxcala, donde probablemente se juntaba la mayor parte de la gente que no subía a los palcos ni pagaba un buggy por hora. El viernes 9 de octubre de 1885 la feria concluyó oficialmente.

$!La antigua Plaza de Tlaxcala, después del Comercio, fue el escenario de la famosa feria del Saltillo por muchos años. Imagen coloreada por IA
https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/el-quehacer-de-la-historia-colegio-coahuilense-de-investigaciones-historicas-FF22416223

Con aquella feria de 1885 se cerraba un ciclo de casi doscientos años. El tren traía mercancías todo el año y los comercios del centro tenían surtido permanente. Ya no hacía falta esperar a septiembre para conseguir una tela fina o vender una cobija de lana. La feria se siguió haciendo, pero por otras razones.

La de hoy es algo muy distinto. Sus pisos ya no se rematan en pregón público, pero sigue reuniendo a miles de personas, sobre todo cuando se presentan intérpretes de música popular, grupera y de banda. Ahora ellos ocupan el lugar que en 1885 tenían la zarzuela del Teatro Acuña y los valses de la Banda del Estado. Vaya cosa, ¿no?

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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