Los incendios que han marcado a Saltillo

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Coahuila
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Desde 1669 hasta nuestros días, el fuego ha destruido archivos, palacios, teatros y fábricas en la ciudad. Algunos siniestros borraron documentos que nunca se recuperaron; otros alimentaron leyendas que tampoco desaparecieron

La villa de Santiago del Saltillo cumplía casi un siglo de existencia cuando un incendio borró buena parte de su historia. No era una villa grande. En comparación con Zacatecas o San Luis Potosí, era un enclave de recursos modestos, importante por su posición en las rutas hacia el interior del virreinato y por su papel en el abasto de las minas cercanas, pero pequeño y construido en gran medida con materiales perecederos: adobe, madera, carrizo.

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En el costado poniente de la Plaza Principal se encontraban las Casas Consistoriales, también conocidas como Casas Reales. Ahí sesionaba el ayuntamiento, se guardaban las varas de justicia, se custodiaban los sellos oficiales y, sobre todo, se conservaba el archivo de la villa: los documentos que acreditaban su existencia legal, las mercedes de tierra, los títulos, las actas de cabildo, los padrones de vecinos. El más importante era el acta de fundación, fechada en 1575 o 1577 según las fuentes disponibles. El edificio no era monumental. Era la versión austera de una institución que en la Ciudad de México o en Guadalajara tenía sedes de cantera. En Saltillo, el cabildo operaba en muros de adobe con techos de morillos y cubierta de madera.

Los documentos coloniales se guardaban en cajones de madera, dentro de armarios de madera, en un edificio cuyas vigas y techos eran también de madera. En 1669, bastó una chispa, el derrame de una lámpara o una vela para provocar un incendio.

No existe una crónica contemporánea del siniestro, y esto no es casualidad: el fuego consumió los papeles que habrían podido narrar lo ocurrido. Lo que se sabe proviene de referencias posteriores que mencionan el desastre como hecho consumado, como punto de quiebre a partir del cual ya nada pudo verificarse igual. Quienes escribieron sobre ello décadas después sabían exactamente qué se había perdido.

El fuego no fue solo una catástrofe material. Fue una catástrofe jurídica. En el sistema legal de la monarquía española, un asentamiento existía porque tenía documentos que lo acreditaban. La fundación de una villa era un acto escrito: necesitaba su acta. Los derechos de los vecinos sobre sus solares no dependían de la posesión sino del título. La jurisdicción del cabildo requería las mercedes y confirmaciones reales que la sustentaban. Al desaparecer el archivo, Saltillo quedó en una posición vulnerable: técnicamente no podía probar que era una villa, ni cuándo había sido fundada, ni los títulos de propiedad de sus vecinos más antiguos.

Algunos documentos se salvaron porque se encontraban en repositorios de otras instituciones. Las autoridades los buscaron, recogieron también testimonios de vecinos ancianos y rastrearon referencias en expedientes de otras jurisdicciones. De esa búsqueda salieron papeles fechados hacia 1591 que, aunque no eran el acta de fundación, demostraban que el asentamiento existía desde tiempos tempranos. Con eso se trabajó.

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Una consecuencia inmediata del incendio fue el desorden en la propiedad urbana. Sin los títulos que acreditaban los linderos de cada solar, los vecinos reconstruyeron sus fincas de la manera más conveniente: avanzando sobre la calle, corriendo un muro hacia el solar del vecino, ocupando esquinas de uso común. La reconstrucción fue espontánea y, por tanto, irregular.

El expediente de 1680, conservado en el Archivo Municipal de Saltillo, caja 3, expediente 37, documento 7 del fondo Presidencia Municipal, registra de manera clara el problema. Once años después del incendio, el cabildo ya enfrentaba reclamaciones de vecinos que acusaban a otros de haberse apropiado de más terreno del que les correspondía. Las autoridades ordenaron un proceso de alineación: medir de nuevo los solares, fijar los límites de las calles y regularizar lo construido durante los años de confusión. Este proceso afectó especialmente al callejón sin nombre que corría entre el solar del ayuntamiento reconstruido y el atrio de la parroquia —hoy calle Juárez—, que marcaba el límite entre el poder civil y el eclesiástico. Su traza exacta tenía implicaciones no solo urbanísticas sino políticas.

Vito Alessio Robles, el investigador coahuilense que dedicó décadas al estudio de la historia del noreste novohispano, buscó el acta de fundación de Saltillo en archivos de México, España y otros repositorios. No la encontró. La fecha de fundación, 1575 o 1577 según las fuentes, sigue siendo objeto de debate. Sin el acta, que quizá nunca aparezca, no hay certeza absoluta.

El incendio de 1669 fue el primero, pero no el último que dejó huella en la ciudad.

El 8 de noviembre de 1856, el Palacio Municipal, misma sede de las antiguas Casas Consistoriales, fue destruido por una explosión de pólvora almacenada por las fuerzas de los generales Darío Garza y Vicente Rosas Landa. La reconstrucción no comenzó sino hasta 1862. Dieciséis años después, el 22 de agosto de 1872, ardió la sala de sesiones del Congreso. La bóveda de madera y alquitrán se volvió incontrolable pese a los esfuerzos de militares y ciudadanos. La causa probable fue un descuido de operarios que soldaban la coraza de plomo de la cúpula.

El 15 de septiembre de 1891, la fábrica textil La Aurora, propiedad de Francisco Arizpe Ramos, fue consumida en tres horas. Se perdió todo el algodón almacenado y la maquinaria.

La ciudad guarda también una coincidencia que con el tiempo se convirtió en leyenda. En 1902, el Teatro Acuña ardió el día anterior a la presentación de la obra El loco Dios. Dieciséis años después, el 3 de septiembre de 1918, el Teatro García Carrillo anunciaba la misma pieza en cartelera cuando un incendio estalló a las siete y media de la tarde y destruyó el recinto. Dos teatros distintos, la misma obra anunciada, dos incendios. La repetición bastó para que la pieza quedara marcada.

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$!El devastador incendio de 1914 acabó con varios negocios en la primera cuadra de la calle Zaragoza.

En plena época revolucionaria, un incendio destruyó el edificio de la Ferretería Sieber y se extendió a las oficinas de la Mazapil Copper Company y negocios aledaños como la Librería de Fornés. En las oficinas de la compañía minera, cuatro personas murieron intentando sofocar las llamas. El seguro contratado por los dueños de la Sieber se pagó en bilimbiques, el papel moneda de escasa confianza que circulaba durante el conflicto armado, con la consiguiente pérdida para los afectados.

Entre 1899 y 1901 se registraron seis incendios en dos años, frecuencia que obligó al Ayuntamiento a considerar la modernización de su equipo de respuesta. Llegaron ofertas para adquirir bombas de vapor desde Nueva York y Londres.

El 12 de junio de 1925, el Molino de Arteaga fue destruido por un incendio. El siniestro dejó versiones encontradas: circuló la idea de que el fuego había sido provocado, que alguien fue contratado para infiltrarse en el molino tras su inauguración. Sin respaldo documental, la versión persistió.

En el Cañón de San Lorenzo y en la sierra de Arteaga, los incendios forestales han sido una constante. El de 1998 fue uno de los más extensos documentados y duró tres días. La causa de estos siniestros rara vez es un misterio: cada Semana Santa, a pesar de las campañas de concientización y de los filtros que instalan coordinadamente los tres órdenes de gobierno en los caminos hacia la sierra, donde se confisca carbón y leña, hay quienes encienden fogatas de todas formas. El pretexto suele ser una carnita asada entre compadres, o cualquier otro motivo que en el momento parece suficiente. Las consecuencias no distinguen entre pretextos: el fuego se extiende, el daño es real y los árboles que se pierden tardan décadas en recuperarse. Las autoridades repiten el operativo cada año con los mismos resultados parciales, porque el problema no es de información sino de decisiones que algunas personas siguen tomando a sabiendas de lo que puede pasar.

El 18 de julio de 2019, la casona del gobernador Ignacio Cepeda Dávila, el famoso chalet de la Alameda que había funcionado como residencia oficial, quedó reducida a cenizas por negligencia de sus inquilinos. Un edificio que había sobrevivido más de un siglo desapareció en pocas horas.

La historia de los incendios en Saltillo también es, en parte, la historia de cómo la ciudad aprendió a enfrentarlos. Hacia los años setenta del siglo pasado, los únicos cuerpos de bomberos que existían pertenecían a dos empresas privadas: la compañía International Harvester y el Grupo Industrial Saltillo. Sus equipos estaban destinados a proteger las propias instalaciones, pero por voluntad de sus integrantes —sin obligación formal, sin pago adicional— extendían ese servicio al resto de la ciudad cuando había un siniestro. Era labor voluntaria en el sentido más literal: puro compromiso sin más recompensa que el hecho de haber ayudado.

Con el tiempo, ciudadanos y autoridades impulsaron la formación de un cuerpo de bomberos especializado y profesional. El proceso fue gradual. Hoy Saltillo cuenta con varias estaciones distribuidas a lo largo de la ciudad, y es común ver camiones cisterna de última generación cruzar las calles a toda velocidad, con las sirenas encendidas, respondiendo a los llamados de la población. Muchas de esas alarmas resultan ser falsas. Pero la ciudad que en 1669 vio arder su archivo sin poder hacer gran cosa, y que durante siglos dependió de la buena voluntad de unos cuantos, para apagar sus fuegos, al menos ya no enfrenta esos momentos sin preparación.

$!Ruinas del edificio de la Mazapil Cooper Company después del incendio en 1914. Calle Zaragoza, entre Ocampo y Aldama.
https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/saltillo-historia-de-la-ciudad-contada-desde-sus-callejones-HN19270700

El fuego se lleva cosas que no tienen reemplazo. Un acta, una fecha, el único papel que probaba que algo había existido. Un teatro, una fábrica, una casona que alguien levantó sin imaginar que no duraría. Cada vez que eso ocurrió en Saltillo, se perdió también lo que esos lugares guardaban: nombres, historias, memoria que no estaba escrita en ningún otro lado. La fecha de fundación de la ciudad sigue en disputa porque el documento que la resolvía no sobrevivió. Una obra de teatro quedó marcada para siempre por dos incendios que nadie supo explicar. Familias enteras reconstruyeron sus casas sin títulos, a ojo, dejando torcido lo que antes tenía un orden. El fuego no hace distinciones. Se lleva lo importante y lo ordinario con la misma facilidad, y lo que queda después es solo el espacio vacío donde algo estuvo.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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